
“En un mundo atravesado por la desinformación y la polarización, donde pocos centros de poder controlan un volumen de datos sin precedentes, el periodismo enfrenta desafíos inéditos”. Así comienza el mensaje del papa Francisco, con motivo de la 59ª Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales y en el marco del Jubileo de los Comunicadores.
Francisco reconoce el “valiente compromiso” de los comunicadores y los invita a asumir una responsabilidad trascendental: poner en el centro de su labor al prójimo y convertirse en verdaderos “comunicadores de esperanza”. Este llamado plantea una renovación del oficio periodístico, recordándonos que, en tiempos turbulentos, la comunicación puede ser un puente hacia la verdad, la paz y la reconciliación.
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En su mensaje, el Papa Francisco comparte un anhelo profundo: “Una comunicación que no venda ilusiones ni fomente temores, sino que inspire razones para la esperanza”. Citando a Martin Luther King, recuerda que el sentido de nuestras acciones, palabras y gestos está en la capacidad de aliviar el sufrimiento del otro y llenar de sentido nuestras propias vidas. Este ideal, tan sencillo como revolucionario, interpela profundamente a quienes nos dedicamos al periodismo y a la comunicación.
En este contexto de saturación informativa, resulta urgente replantear la comunicación como un espacio para amplificar las voces de los últimos, los pobres, los marginados y los excluidos. Mientras el ruido mediático suele silenciar sus historias, el desafío es escuchar y transmitir su grito, dando visibilidad a sus luchas y esperanzas. El Papa Francisco sueña con una comunicación que nos ayude a reconocer la dignidad de cada ser humano y a cuidar juntos nuestra casa común. Estos sueños que comparte el Papa, no solo humanizan el ejercicio del periodismo, sino que se convierte en un acto de cuidado mutuo, de solidaridad con quienes más sufren. Comunicar estas realidades ayuda al mundo a ser menos sordo ante el sufrimiento, menos indiferente ante la injusticia y menos cerrado a la posibilidad de cambio y abre caminos hacia una convivencia más justa y armoniosa, enraizada en el respeto y la compasión.
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Para lograr estos sueños, Francisco llama a sanar lo que él describe como las “enfermedades del protagonismo y la autorreferencialidad”. En un tiempo donde la exposición y el impacto inmediato parecen ser la medida del éxito, el Papa advierte sobre el riesgo de discursos vacíos, diseñados más para alimentar egos que para construir comunidades. En contraste, el buen comunicador -según Francisco- es aquel que logra que su audiencia se sienta parte de lo narrado, que se reconozca en las historias y descubra la mejor versión de sí misma.
En el encuentro promovido por el Dicasterio para la Comunicación, el Papa subrayó un principio esencial: todos tenemos la responsabilidad de descubrir y narrar historias de bien que muchas veces son silenciadas porque solo parece interesar amplificar el mal. Sin caer en la ingenuidad de negar la existencia del mal, Francisco insistió en que este debe ser presentado de manera que interpele, inspire reflexión y provoque respuestas que conduzcan al cambio. En un mundo dominado por narrativas negativas y divisorias, el Pontífice exhortó a realizar un trabajo “sinfónico”, integrando a todas las voces: jóvenes y ancianos, mujeres y hombres, utilizando todos los lenguajes disponibles, desde la palabra hasta las imágenes y el arte.
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En el libro “La esperanza no defrauda nunca”, el papa Francisco, junto al periodista argentino Hernán Reyes Alcaide, utiliza la imagen de un departamento con cuatro generaciones, pero sin escalera ni ascensor, para ilustrar una gran falencia del mundo contemporáneo: la desconexión generacional. Sin medios para subir o bajar, el diálogo entre ancianos, adultos, jóvenes y niños queda truncado, evidenciando la falta de puentes que fomenten el entendimiento y el intercambio mutuo. La comunicación en “sinfonía”, a la cual llama el Papa busca precisamente superar estas barreras, unir generaciones y ser artífices de lenguajes que unan.
En línea con su llamado a esta comunicación transformadora, el papa Francisco insistió en la necesidad de desarmar una narrativa que alimente la agresividad y la violencia. En un contexto donde los discursos polarizantes y confrontativos parecen ser la norma, el Pontífice planteó una alternativa que tenga un cambio radical: una comunicación que no busque vencer al otro, sino tender puentes hacia el entendimiento y la reconciliación. La palabra puede ser un arma, pero también un bálsamo. Es tarea de los comunicadores decidir si se convierte en un instrumento de división o en una herramienta de construcción, capaz de sanar heridas y abrir caminos de paz. Este desafío no es menor, pero, como enfatizó el Papa, es un paso imprescindible para responder a las urgencias de nuestro tiempo y hacer del periodismo un verdadero servicio al bien común.
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El Jubileo en Roma, que reunió a comunicadores de todo el mundo, fue una oportunidad única para reflexionar sobre el papel transformador de nuestra labor y renovar el compromiso con una comunicación al servicio de la humanidad. Este encuentro, en el corazón de la Iglesia, no solo fue un espacio para compartir experiencias y desafíos, sino también para recordar que somos parte de una misión común: construir una comunicación que inspire esperanza, promueva la justicia y fomente el diálogo. En un tiempo donde la desconfianza y la fragmentación amenazan con imponerse, el Año Santo se presenta como un momento de gracia para fortalecer lazos y construir, juntos, un nuevo lenguaje que haga posible el entendimiento y la paz.
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