
En las recientes elecciones en los Estados Unidos, Donald Trump obtuvo la mayoría del voto popular con 74 millones mientras que Kamala Harris apenas superó los 70. En las elecciones de 2020 el Partido Republicano obtuvo 72 y el Demócrata 81 millones; en 2016 Hillary Clinton llegó a 66 y Trump a 63 millones. Los números señalan un grave descalabro del Partido Demócrata al no haber podido conservar ni aumentar su caudal de votos frente a un contrincante “desacreditado y próximo a ser convicto por la justicia” de Nueva York.
Todas las derrotas son el comienzo de una disputa interna para deslindar responsabilidades y dilucidar las razones del fracaso. La izquierda de los demócratas sostiene que el partido abandonó primero a la clase obrera blanca y luego a los negros y latinos. La derecha afirma, por el contrario, que la insistencia en los temas de identidad, aborto y desfinanciación de la policía pregonado por el otro extremo no estaban dentro de las prioridades del electorado. Mientras Bernie Sanders exige una radicalización, Matt Bennet de la Fundación Tercera Vía afirma que el partido deberá abandonar las posiciones extremas hacia una visión más moderada. Bennett agrega “la única forma de vencer al populismo de derecha es a través del centro.”
Los últimos años han presenciado el crecimiento del activismo de izquierda identificado con el movimiento denominado “woke” que pretende concientizar a la sociedad para involucrarla en la lucha contra la desigualdad, la segregación, la discriminación de las minorías raciales o sexuales y ahora también en defensa de Palestina. Este movimiento radical rechaza los valores occidentales porque, según afirma, se erigieron sobre la explotación del trabajo, la colonización, la esclavitud y la segregación. Estos grupos desarrollan una agresiva campaña contra las interpretaciones disidentes llegando incluso a ejercer la violencia, censurar y cancelar a todos los que intentan expresar una opinión disonante. Esta corriente, que cuenta con la adhesión de belicosos miembros del Partido Demócrata, condicionó la plataforma del Partido Demócrata.
Los argumentos de Sanders son coherentes con su posición tradicional que le ha permitido disfrutar de una larga carrera política. El martes fue reelegido senador por Vermont con el 63% de los votos y siempre ha proclamado su simpatía por el “socialismo democrático” que incluye el alza de los impuestos, extensivas mejoras en la cobertura del seguro médico y financiación de los estudiantes. Sin embargo, este razonamiento no ayuda a entender por qué “la clase trabajadora, blanca, negra o latina” en vez de girar hacia la izquierda eligió virar a la derecha. El Partido Demócrata orientó su campaña hacia las minorías negra y latina que tradicionalmente lo habían apoyado, incluso Kamala Harris por sus antecedentes y orígenes expresaba más ese electorado que al resto de la sociedad.
El Representante Ritchie Torres (D) sostuvo que “Donald Trump no ha tenido mejor aliado que la izquierda”. En sus palabras, el desmesurado protagonismo de ese sector dentro del partido sirvió para alejar a los latinos, negros, asiáticos y judíos con consignas como “desfinanciar a la policía o desde el río al mar.” En los Estados Unidos, al igual que sucede en otras partes, las movilizaciones dan a ese sector una visibilidad que luego no se refleja en las urnas. Torres, primer afrolatino gay elegido al Congreso, consiguió la reelección en Nueva York con el 76% de los votos.
Joe Biden se impuso en 2020 con un programa de centro. La candidata Kamala Harris tuvo que navegar la campaña bajo el escrutinio de la extrema izquierda para evitar una ruptura a pocos meses de las elecciones. Las reiteradas convocatorias a las minorías, las vacilantes definiciones y redundantes adjetivos contra Trump terminaron por alejar a un electorado apremiado por sus propias necesidades y ajeno a la agenda ideológica de una extrema izquierda más preocupada por ultrajar a los Estados Unidos que ganar las elecciones.
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