
El pasado 13 de abril abrió la temporada la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires con la batuta de Zoe Zeniodi, como directora invitada y con un repertorio cuyas partituras fueron elaboradas con casi un siglo de diferencia.
Así, en la primera parte, de Arnold Schonberg, se presentó Peleas y Melisande Op.5; y en la segunda, de Ludwig von Beethoven, el Concierto para piano y orquesta en mi bemol mayor, Op 73 El Emperador. Y en esta última ocasión, a cargo del piano, estuvo Homero Francesch.
Schönberg, (Viena, 1874 - Los Ángeles, 1951) es reconocido como el inventor del dodecafonismo que es una forma concreta de música serial y atonal (no la única). Él y sus seguidores presentan una narración que acompaña la partitura. La obra fue compuesta en 1903, bajo la forma de poema sinfónico. En rigor, el poema sinfónico posee los movimientos que pide la sinfonía, esto es, un primer gran movimiento de sonata, un segundo movimiento que consta de tres episodios más breves, es decir, tres partes que se asemejan al scherzo en una escena al menos, un Adagio largo y un final estructurado como una recapitulación. La diferencia está en que el poema sinfónico descansa sobre una narrativa, un argumento literario y se despliegan sus partes en un sólo movimiento, sin solución de continuidad.
El compositor adaptó la partitura entonces, a la obra Pelleas und Melisande de Maurice Maeterlinck. Arnold Schönberg decía: “La forma del poema sinfónico me ayudó porque me ensenó a transmitir estados de ánimo y personajes en secciones configuradas con mayor precisión”. Dato de color, aunque no para desarrollar en esta ocasión pero si para conocer su personalidad, es que Schönberg se dedicó también a la pintura. En vida, sus cuadros ya habían formado parte de diez exposiciones, entre las que se cuenta la exposición El Jinete Azul, iniciada por su colega y amigo Vasili Kandinski.
Con relación Beethoven y la obra que hoy nos convoca, su regreso a Viena desde Heiligenstadt (1802) marcó un cambio en su estilo, que se suele llamar el inicio de su período “heroico”. La composición del concierto n°5 se desarrolló desde 1808 hasta febrero de 1810 (Viena) y Beethoven la dedicó al Archiduque Rodolfo de Austria que no solo era su amigo y alumno sino su mecenas más importante además de un consumado pianista. Durante el segundo movimiento (Adagio un poco mosso) el silencio de la segunda flauta, el segundo clarinete, las trompetas y los timbales, logra un clima reflexivo, casi sonador.
El estreno público de la obra se celebró el 28 de noviembre de 1811 en la Gewandhaus de Leipzig, con Friedrich Schneider a cargo del piano. La pérdida de audición de Beethoven no le impidió componer música, pero se le hizo cada vez más difícil tocar en conciertos. En sus primeros conciertos para piano Beethoven había asumido el rol de pianista virtuoso. En la primera representación de la obra en Viena en 1812 el solista fue Carl Czerny, alumno del compositor, excelente pianista y luego autor de varios estudios para el instrumento. Si bien es un concierto que se inscribe dentro del período épico del compositor, lo cierto es que el origen del título “Emperador” de esta pieza no está bien determinado y no existe consenso sobre su procedencia. A Beethoven no le habría gustado esa denominación debido a su desaprobación de la conquista de Napoleón.
Zoe Zeniodi nació en Grecia, colaboró con la Lyric Opera de Chicago, la Ópera de Nueva Zelanda, la Florida Grand Opera y la Orquesta de París entre tantas otras. Es miembro de la Academia La Maestra de la Filarmónica de París.
Homero Francesch, nacido en Uruguay, pianista, becado en 1967 para estudiar en la Escuela Superior de Música de Munich. En 1971 se hizo acreedor al Primer Premio Giesener Musiktage para jóvenes concertistas y en 1975 al Prix de Italia por su interpretación del Concierto en Sol de Ravel (concierto lleno de sutilezas y un adagio assai cautivante, lleno de emociones). Se ha presentado en el Teatro Champs Elisee de París, en el Marlindsky y de San Petersburgo, con directores de como Leonard Bernstein y Colin Davis, entre otros. Fue nombrado Profesor de la Escuela Superior de las Artes de Zurich, donde imparte clases especializadas a pianistas.
La Filarmónica lució al interpretar ambas composiciones en todos y cada uno de sus movimientos. Francesch exhibió una pulida digitación y técnica pianística, en una obra nada sencilla como la que plasmó Beethoven en el concierto nro. 5. Mostró claramente la épica en los sonidos –sin desbordes-, las veloces escalas, los trinos, los tresillos. En suma, un pianista a la altura de esta majestuosa composición.
La batuta en las manos de Zoe Zeniodi fue una perfecta conductora logrando hacer brillar el carácter de ambos compositores. Dos épocas distintas, dos estilos, dos ideas en la arquitectura musical, pero un excelente resultado al hacerlos vibrar juntos en la misma velada. La música atonal al principio, que aunque bien conocida, sigue teniendo reservas en el gusto de cierto público y el cierre con Beethoven, fue un acierto.
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