
¿Y ahora? ¿Qué hacemos?
Se suponía que desde esta cumbre veríamos las praderas de Chile, el valle en donde pedir ayuda.
Pero lo único que hay son montañas nevadas. Un infinito cordón montañoso que se pierde en el horizonte. Montañas, nieve, nubes. Nada más.
Es el final.
¿Para qué habremos peleado tanto 60 días en el medio de la cordillera, sin alimentos ni abrigos? ¿Por qué no nos habremos entregado para ir con nuestros familiares y amigos? ¿Para qué subimos a este maldito cerro en el que apenas se puede respirar, si al final seguimos sin encontrar la salida, y solo confirmamos que no existe?
La cara de mi compañero lo dice todo. Como seguramente será la mía. Es una calavera con piel y barba. Su mirada, que cuando empezamos esta expedición para ser los salvadores del grupo tenía brillo, se apagó. Game over.
Me siento sobre una piedra grande y me quedo mirando ese horizonte lleno de montañas. Extraño privilegio el de poder observar el lugar a donde voy a morir.
Me cuesta respirar, deben ser más de 4.000 metros de altura y por eso me falta el oxígeno.
Vienen a mi mente estos dos meses que llevamos acá. La alegría que teníamos al salir, las turbulencias del vuelo, la pérdida de altura del avión, el impacto contra las montañas, las roturas del fuselaje, los ruidos, los gritos, los golpes.
El silencio, el polvo, el humo, las voces, los gemidos.
Dicen que me dieron por muerto y que por eso me dejaron tres días afuera de los restos del avión. Que quizás ese frío tremendo fue el antinflamatorio que necesitaba mi cerebro para salir del estado de coma que debo haber tenido.
Cuando recuperé la conciencia me contaron que mi madre había muerto. Y que mi hermana parecía gravísima. Pocos días después ella también se apagó en mis brazos. ¿Sobreviví a todo este infierno para venir a morirme acá?
Me acuerdo cuando a los pocos días de haberme despertado escuchamos por la radio que suspendían la búsqueda porque nos daban por muertos. La mayoría se derrumbó. Unos pocos seguimos creyendo que encontraríamos una salida.
También la contradicción que sentimos al alimentarnos de los cuerpos de nuestros compañeros, como única forma de seguir vivos. ¿Para qué lo hicimos?
Ni hablar de la fatídica noche en que una avalancha nos tapó de nieve, nos mantuvo sepultados durante tres días y mató a más compañeros. Toda una ironía del destino que esos nuevos cadáveres fueran el alimento extra que necesitábamos porque ya no quedaban más del accidente inicial. ¿Para qué pasó todo esto? ¿Para venir a morir así?

Vuelvo a mirar a Roberto y está entregado. Seguramente yo esté igual que él, aunque me cuesta aceptarlo.
Los tres jeans, tres sweaters, y los cuatro pares de medias que tengo puestos me sirvieron para subir esta maldita montaña pero no resisten una caminata de días, quizás semanas, hacia no sé dónde. Ni hablar de los pedacitos de carne que trajimos. En el mejor de los casos alcanzarán para dos o tres días. ¿Y después?
Pienso en volver al fuselaje del avión. Al menos podré estar con mis compañeros, abrazarnos, llorar, contarnos historias, rezar, y sobre todo, acompañarnos hasta el final.
No quiero morir.
Mi cabeza sigue buscando alternativas que la realidad desparrama desde hace dos meses.
-¿Qué pensás, Roberto?
-Que lo único que podemos elegir es como morir.
Lo miré sin entender.
-Si queremos morir esperando, en el fuselaje del avión, compartiendo nuestros últimos momentos con los compañeros, o si preferimos morir caminando.
Solo se escucha el viento.
Observé el piso unos instantes y después las montañas.
Me paré, y mirándolo a los ojos le dije:
-Yo quiero morir caminando.
Y eso fue lo que hicimos. Nos pusimos en marcha, una vez más.
..............................
¿Y vos? ¿Cómo querés vivir? ¿Esperando, o caminando?
Juan Tonelli es escritor y speaker https://linktr.ee/juan.tonelli
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