
La expansión de Internet, característica del siglo que transitamos, impacta en las relaciones humanas en sentidos contrapuestos. El entorno virtual, donde hoy transcurre buena parte de nuestra cotidianeidad, es campo fértil para reconfiguraciones inclusivas, pero también para la reproducción de estructuras de desigualdad.
En ese contexto, la violencia de género digital constituye una manifestación de la posición de subordinación históricamente asignada a las mujeres y diversidades, asociada a prácticas en su contra cometidas, facilitadas, instigadas o agravadas por el uso de tecnologías.
Esta modalidad de violencia no es un fenómeno aislado, sino que está interconectada con las que se suceden en otros ámbitos. No obstante, el que se desarrolle en línea le confiere particularidades que exacerban su complejidad y exigen ser específicamente analizadas en pos de desnaturalizarla y favorecer su comprensión.
Con ese objetivo, la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires ha impulsado un estudio exploratorio destinado a recabar información sobre los rasgos distintivos de esta problemática. Su realización fue producto de un valioso proceso de colaboración con ONU Mujeres, Iniciativa Spotlight, el PNUD, el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) y el Área de Salud y Población del Instituto Gino Germani de la UBA.
Los resultados preliminares confirman algunas intuiciones: la violencia de género digital afecta más a las mujeres jóvenes y las disidencias sexuales. Dentro de esos grupos, los porcentajes de quienes manifestaron haber sufrido alguna situación durante el último año, llegaron a superar el 60% y 50% respectivamente, casi duplicando al promedio registrado.
La exposición atraviesa a todas las redes sociales y se ve favorecida por el anonimato. De hecho, la mayoría de las personas vulneradas no pudieron identificar a quien había cometido la agresión, aunque aquellas que sí lo hicieron señalaron en forma predominante a un hombre.
Conforme las respuestas obtenidas, la violencia de género digital lleva a modificar hábitos de participación en esas redes, pero no es habitual que las personas hagan público o compartan lo ocurrido. Del mismo modo, resulta poco común el reporte ante la plataforma respectiva y –más aun– la formalización de una denuncia, dado los obstáculos simbólicos y materiales que aún enfrentan las víctimas.
Sin dudas, las líneas de investigación abiertas deben profundizarse, pero en este primer relevamiento es posible rastrear elementos que precisan nuestros diagnósticos, con miras a articular una estrategia integral de prevención y erradicación. Como ejes centrales, emergen la implementación de políticas de sensibilización, la promoción de nuevas masculinidades, el fortalecimiento de los canales de denuncias, el diálogo con las plataformas para mejorar sus herramientas de seguridad, y la generación de dispositivos que prioricen la atención de mujeres jóvenes y personas LGBT+.
Las consecuencias de la violencia de género digital se expresan en daños psicológicos y emocionales, el refuerzo de estereotipos discriminatorios, la afectación de la imagen pública y la autonomía personal. También ocasiona perjuicios económicos y laborales, limita el debate democrático y puede traducirse en agresiones físicas y/o sexuales.
Lo virtual es real. Que este Día Internacional para Eliminar la Violencia contra la Mujer sirva para seguir abonando a su visibilización y tejiendo redes que son indispensables para construir una sociedad con más igualdad.
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