
La batalla de Termópilas, librada en un estrecho paso de montaña cerca del mar en el norte de Grecia en el año 480 a. C, fue una de las más emblemáticas de la antigüedad.
Durante tres días, el icónico el rey Leónidas I, al mando de los trescientos afamados guerreros espartanos, junto con el aporte de efectivos procedentes de Tegea, Mantinea, Arcadia, Corinto, Fliunte, Mecenas, Tebas, Tespias y Focea resistieron al ejército a los doscientos mil soldados persas a las órdenes del Rey Jerjes.
Los persas, favorecidos por la traición de Efialtes, se alzaron con la victoria pero la heroica derrota alcanzaría proyecciones emblemáticas; ella se compacta en el epitafio de Simónides que reza “Ve y diles a los espartanos que aquí, obedientes a sus leyes, yacemos”.
Hoy se libra una nueva batalla por cierto distinta al combate “cuerpo a cuerpo” que encabezó el Rey Leonidas I. El enemigo es el antisemitismo – con Hamas, como una de las representaciones malignas más radicalizadas, aunque no la única – y todo tipo de intolerancia religiosa.
Debemos evitar que la inquisición española y Auschwitz se repitan. Es cierto que en la realidad de hogaño no se le da fisonomía – como en 1478 - al Santo Oficio, no se sanciona la bula Exigit sincerae devotionis afectus o se conduce a la hoguera al blasfemo para ahuyentar la actividad incuba o súcuba.
Tampoco se obliga a familias enteras a abordar trenes rumbo a los campos de la muerte. Por el contrario, la guerra que libran los intolerantes combina publicidad y ocultamiento: se nutre de una propaganda procaz y atacan en base a tramas ocultas, terrecidas, pretendiendo instalar lo peor de la historia: la lucha por la vanguardia étnica.
Tanto Chevallier en su obra “Los Grandes Textos Políticos” como Yuval Harari – quien luego de deleitarnos con su escrito “De animales a dioses” emitió otro ensayo titulado “Lecciones para el siglo XXI” – tienden a confluir respecto del esquema maniqueo delineado en la Alemania Nazi, todos los males provenían de los judíos. Esa inferencia antisemita, que debemos combatir, se proyecta hoy en la imaginación procaz de que los judíos controlan el mundo, o el sistema bancario, o al menos los medios de comunicación y que son los culpables de todo, desde el calentamiento global hasta los ataques del 11 de septiembre.

Es hora de tomar partido. El estatuto de las libertades tiene como estación terminal la lucha contra la intolerancia. Como el rey Leónidas I y sus guerreros, se debe librar una resistencia ensanchada contra todo tipo de discurso de odio, acción de odio o la negación de los holocaustos verificados en el Siglo XX; estos existieron, afectaron a millones de seres humanos y han proyectado sus tinieblas en la historia y el futuro de sus pueblos.
No debe confundirse los roles, sabemos quiénes son los victimarios y quienes son las víctimas. A a los primeros, el repudio en toda su amplitud; para los segundos, no más que demostrarle solidaridad puesto que si nos deslizamos por el arco del tiempo se observa que, al despedirse al ser querido de manera anticipada, declinan los sueños.
Culmino esta breve apostilla, señalando que la política de la aldea global dirigida a repudiar el antisemitismo y la intolerancia debe ser como dos hermanas siamesas, condenadas a vivir separadas, pero que volverán a juntarse espalda contra espalda; no deben declinar los esfuerzos en aras evitar que seres humanos, en razón de su raza o nacionalidad, sean masacrados o sometidos a una progresiva extinción.
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