
Octubre 6, 1973. En el Estado de Israel y en el resto del mundo el pueblo judío celebra el Día del Perdón. La oportunidad ofrece el marco para un ataque sorpresivo de los países árabes -encabezados por Egipto- dispuestos a vengarse por la humillación sufrida en la Guerra de los Seis Días (1967), en la que el ejército israelí había lanzado un ataque relámpago destruyendo la capacidad ofensiva conjunta de los egipcios, sirios y jordanos en menos de una semana, poniendo fin, en los hechos, al proyecto panarabista del coronel Gamal Abdel Nasser.
Pero esta vez -habiendo ignorado algunos informes de inteligencia- es el gabinete de la premier Golda Meir el sorprendido por el ataque enemigo. Poniendo en riesgo la integridad del estado hebreo tan sólo un cuarto de siglo después de su fundación.
Naturalmente, el desarrollo del conflicto excede las posibilidades de ser descrito en estas breves líneas. Pero en lo esencial, la Guerra de Yom Kipur estaría llamada a tener enormes consecuencias históricas en medio de la Guerra Fría. Al punto de poner en riesgo el delicado entendimiento en torno a la “Detente” que los Estados Unidos y la Unión Soviética habían alcanzado en la primera mitad de los años setenta, en pleno auge de una política híper-realista tejida con paciencia por la Administración Nixon-Kissinger y el Kremlin de la era Brezhnev.
Lo cierto es que después de un importante esfuerzo bélico, el hasta entonces aparentemente invencible ejército de Israel logra dar vuelta la contienda. En buena medida gracias al apoyo de su mayor amigo en el mundo: los EEUU. Y si bien no obtiene una victoria apabullante como la de 1967, consigue doblegar a sus enemigos.
Pero la guerra traería consecuencias dramáticas para el mundo entero. Porque inmediatamente la OPEP dispuso un embargo petrolero contra las naciones que habían ayudado a Israel en su esfuerzo de guerra.
Una decisión que provocó un aumento exponencial del precio del barril del crudo, al extremo de cuadruplicarlo en pocas semanas, y generando una crisis energética de magnitud para las economías desarrolladas. Estas naciones se verían obligadas a políticas de racionamiento, restricción de la velocidad en las autopistas, largas filas para cargar combustible y el surgimiento de un concepto hasta entonces desconocido, la “estanflación”.
Se trató de una horrible realidad entrañada en la combinación de recesión y aumento del costo de vida, clausurando tres décadas de expansión económica que siguieron a la conclusión de la Segunda Guerra Mundial. Porque el drástico cambio de precios relativos implicó un derrumbe del PBI norteamericano y británico y una contracción de la hasta entonces ascendente economía japonesa. A la vez, condujo a una angustiante tasa de inflación de dos dígitos en la mayoría de los países del G-6. Esta situación configuró, en lo esencial, un tiempo de “malaria” que consumiría a las presidencias de Gerald Ford y Jimmy Carter, privándolos a ambos de la posibilidad de la reelección.
Todo esto dio lugar a que en la campaña de 1980 Ronald Reagan explicara magistralmente al votante norteamericano que la recesión tenía lugar cuando su vecino perdía el empleo. Mientras que la depresión se producía cuando él mismo perdía su empleo. Al tiempo que la recuperación tendría lugar cuando Carter perdiera el suyo.
Pero al mismo tiempo, el “Shock” petrolero de 1973 -al que seguiría el de 1979 como consecuencia de la crisis iraní- provocaría una alteración geopolítica de gran significación, toda vez que los países productores verían inundadas sus arcas por “petrodólares” que luego se reciclarían en el sistema financiero global. Con el corolario de que ello terminaría repercutiendo en un aumento exponencial de la deuda de los países emergentes.
Una realidad que tendría consecuencias decisivas en nuestra región. En especial por la acumulación de stocks de deudas gigantescos en la segunda mitad de los años 70. Hasta llegar a la crisis de la deuda que siguió a la cesación de pagos decretada por México en 1982, lo que a su vez daría paso a la “década perdida” que la siguió.
En la Argentina, la crisis energética de 1973/74 derivaría en el colapso del llamado “Plan Gelbard” aplicado durante el tercer gobierno peronista. Una alteración de los términos del intercambio y del contexto mundial hicieron volar por los aires los presupuestos del programa económico. La Argentina comprobaría, una vez más, el alcance de su frágil exposición a los vaivenes de la economía global. En especial porque como derivación de la recesión en el “Primer Mundo”, se redujo la demanda de los productos de exportación a la vez que aumentaron los precios de los bienes importados. Y si bien inicialmente los coletazos de la crisis no parecieron sentirse en forma inmediata, dos años después la economía argentina hizo eclosión en el denominado “Rodrigazo” del invierno de 1975.
El “shock” petrolero de 1973, producido hace exactamente cincuenta años como consecuencia de la guerra de Yom Kipur, encierra una lección fundamental para comprender hasta qué punto vivimos en un mundo profundamente interrelacionado, en el que resulta imprescindible procurar entender las grandes corrientes del mundo que nos toca vivir, que está dominado, como siempre, por las fuerzas del devenir histórico. Acaso el verdadero amo del curso de los acontecimientos.
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