Riesgo de implosión

El 22 de octubre es el día D. El que se queda afuera desaparece por desintegración

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Patricia Bullrich durante su visita
Patricia Bullrich durante su visita con Grindetti y Santilli a Bahía Blanca (Prensa Patricia Bullrich)

Corren días de incertidumbre. Ingresamos a un octubre tempestuoso con más dudas que certezas. El país entero vive la vigilia de las elecciones generales en “estado deliberativo”. En todas las casas se discute a quién votar.

Al interior de las familias, en grupos de amigos y compañeros de trabajo, en cafés al paso y sobremesas, el debate acerca de las opciones que presenta la oferta electoral está abierto y replica nuevas versiones de la grieta. De la impronta emocional a un estado más reflexivo no exento de tensiones en orden a decidir el voto.

De la abulia que produce el hartazgo y el enojo con la dirigencia política, a la urgencia por involucrarse frente al tsunami que amenaza llevarse todo puesto. A la preocupación la desborda el miedo. La necesidad de reponerse de la angustia frente a un futuro inmediato que aparece incierto levanta discusiones y posicionamientos. Despega un hilo de esperanza.

El inesperado resultado de las PASO marcó un corte en la expectativa de la mayoría. La irrupción de la tercera fuerza rompió el escenario y disparó nuevas ansiedades. Las pocas coincidencias que arrojan encuestas y focus group solo sirven hasta aquí para aumentar el creciente nivel de incertidumbre.

Analistas y consultores no arriesgan pronósticos. No se animan. Hablan de un escenario electoral de tres tercios, dicen que la moneda está en el aire, que cualquier resultado es posible. Admiten la impotencia para predecir qué pasará. Aseguran que la definición se jugará en los bordes, en los márgenes.

El arrasador impulso ganador de Milei comenzó a ralentizarse. Está detenido. No crece. Es poco probable que se imponga en una primera vuelta. Apenas por detrás, los candidatos presidenciales del oficialismo y de Juntos por el Cambio se disputan el segundo y el tercer puesto en orden a entrar al balotaje. La diferencia entre ambos es muy finita.

Sergio Massa frente al Congreso,
Sergio Massa frente al Congreso, tras la aprobación de la eliminación de la cuarta categoría de Ganancias REUTERS/Tomas Cuesta

Crease o no, Sergio Massa es percibido como competitivo, cuenta con una ventaja en relación a Patricia Bullrich.

El ministro-candidato, que despliega sin reparos la artillería pesada que le da el poder, parece estar reteniendo los votos de Unión por la Patria, los de Grabois incluídos. Los candidatos de otras fuerzas cercanas al peronismo que quedaron afuera, tras denigrarlo por derecha y por izquierda ahora dicen que lo acompañarán. No estaría ocurriendo lo propio con Patricia Bullrich.

La interna de la coalición opositora resultó devastadora, generó daños difíciles de restañar. Los perfiles están desdibujados, las definiciones aparecen borroneadas. Cuesta remontar la confusión y perplejidad que dejó agosto. La mezquindad política de los aliados también pesa.

La encuesta de satisfacción política y opinión pública -ESPOP- que presentó esta semana la Universidad de San Andrés da cuenta de un estado de ánimo generalizado.

El 88% de los encuestados se manifiestan insatisfechos con la marcha de las cosas. Los más perturbados por esta sensación son los millennials. Entre este grupo etario el malestar alcanza al 98% de la franja. Son los que fogonean la esperanza de cambio, los que militan Tik Tok y boleta en mano, precipitando a su mayores a romper con todo lo conocido, aún a riesgo de un “salto al vacío”.

Al tope de las preocupaciones está la inflación, seguida por la inseguridad y la corrupción. Consultados por el cambio de voto, el 55% asegura que repetirá su voto, el 23% no sabe aún qué hará y el 16 % piensa cambiarlo.

Frente a un escenario de balotaje: Milei estaría imponiéndose con una leve ventaja sobre Massa pero si le toca competir con Bullrich estaría en empate técnico. Este último dato entusiasma a los bullrichistas pero llegar a noviembre no parece una tarea fácil. Los indecisos y los que no saben ni contestan definirían la segunda vuelta.

Javier Milei y Marc Stanley
Javier Milei y Marc Stanley

El 22 de octubre es el día D. El que se queda afuera desaparece por desintegración.

Si Patricia Bullrich no logra entrar al balotaje, Juntos por el Cambio implosiona. Ya hay quien están evaluando qué posibles realineamientos producirá esa detonación.

Sergio Massa hizo un invalorable aporte a esa idea de fragmentación. La maléfica foto en la que se mostró rodeado por Gerardo Morales y Gustavo Valdez, entre otros gobernadores del Norte Grande disparó envenenadas suspicacias. Este viernes volvió a engolosinar a los despechados de la oposición con conformar un gobierno de unidad nacional en caso de llegar al poder. El hombre no da puntada sin hilo. Toda la carne al asador.

Morales aseguró ser un soldado de Patricia y jugar solo por y para ella pero respondió a los dichos de Mauricio Macri, quien afirmó que “el populismo es contagioso”, con otra frasecita que se las trae “hay un liberalismo extremo”. Cuando el río suena, agua trae.

El PRO, como espacio político, también corre riesgo de detonación.

El tibio apoyo de Mauricio Macri a la causa de su espacio y los sostenidos y amorosos guiños al mileismo en carrera están generando resquemores de los que difícilmente se pueda volver. Hay dirigentes amarillos juramentados en hacer volar todo por el aire si el ex presidente se involucra con Milei.

Si quien se queda en el andén es Sergio Massa, el peronismo entrará en proceso de disolución. En ese caso el ministro candidato no tendrá ni siquiera capacidad para liderar la oposición. Pero puede que reserve para sí un premio consuelo. Algunos lo ven gestionando un pacto Massa-Milei. Llegado el caso, podrá entretenerse desplegando su desenfadado expertise para ejercer el poder desde la sombras. Capacidad y audacia para reinventarse le sobra.

Santiago Kovadloff, lo puso en palabras. Durante una entrevista con Luis Novaresio hizo un pronóstico inquietante: “Massa y Milei pueden terminar siendo aliados porque se fortalecen respondiendo a necesidades recíprocas: estructura partidaria para Milei y presidencia de la Nación para Massa”. Según el filósofo que asesora a Patricia Bullrich el ministro de Economía podría terminar gobernando tras la figura de Milei.

Guillermo Francos, no se anduvo con vueltas: si gana Milei el sistema político estalla, aseguró. En ese caso habrá que barajar y dar de nuevo. El designado ministro del Interior de un eventual gobierno de La Libertad Avanza ya está trabajando para rescatar sobrevivientes de entre los restos humeantes de la demolición.

Milei se ausenta de todos estos asuntos. Se sabe que no le gusta la rosca política. Al menos eso sostiene Francos. Esta semana se borró generando todo tipo de sospechas. Se emprolijó el look para visitar a Marc Stanley. El embajador norteamericano no tardó en subir la selfie. No se registró el mismo apuro por parte de los libertarios para viralizar la mediática escena. Tras el encuentro, Milei dio de baja compromisos asumidos con anterioridad y desapareció de todos los radares. Ni siquiera se expresó sobre las andanzas del también desaparecido “Chocolate” Rigau, una escena que la casta le puso en bandeja y que él prefirió dejar pasar. Todo muy sugestivo.

El borrón del libertario reavivó las dudas que genera su estabilidad emocional pero lo preserva de tener que confrontar con el establishment de la política del que ahora parece va a necesitar si quiere llegar y sostenerse en el poder .

El recule a la hora de presentar como ejecutables sus más encendidas consignas de campaña y, sus revolcones con algunos conspicuos miembros de la casta, parecen estar haciendo impacto en su celestial ascenso.

“Las fuerzas del cielo” empiezan a enfrentar la cruda realidad. Entre las delicias del paraíso y las penurias de la tierra se abre un abismo insondable.

El escalofriante 40% de pobreza reportado por el INDEC atrasa un semestre. No alcanza a reflejar el estrago que la devaluación post PASO ni el estropicio, todavía difícil de ponderar, que generarán las medidas con las que, a lo Robin Hood, se despachó Massa en su desesperada carrera hacia las urnas.

El festival de bonos, devolución de gravámenes y proyectos de ley con las que el ministro hiperactivo festeja al candidato en estos días solo augura más inflación y más penurias para todos. También preludia otra implosión, la de las cuentas públicas.

A la bomba de las leliqs, los 40.000 millones de dólares que se debe a los importadores y los 16.000 por el juicio perdido por YPF se suma la emisión descontrolada que demanda la generosa repartija del ministro-candidato.

A la hora de pensar el sacrosanto voto en las generales habrá que tener en cuenta todas estas cuestiones. Frente a un panorama tan desolador no sólo se trata de decidir a quién se quiere dar una oportunidad sino también a quién se pretende desalojar para siempre del poder.