
Cuando el orden llama, un principio, es un buen comienzo. Lo que postula Abraham Lincoln (“No habrá prosperidad al despreciar la Economía” y “Es imposible ayudar al hombre haciendo lo que él podría”) sintetiza a los pilares del progreso: la Economía y el Estado.
A contramano, y dejando de lado la pirotecnia de política argentina, lo real es que la única política de estado que hemos sostenido es déficit fiscal, que acompañado de un Estado “presente” pero obsoleto, ha concluido en la erosión sistemática del contrato social, donde los representantes del pueblo administran mejor lo público, que lo propio.
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El principio básico es ordenar el Estado y la política económica. Debe cambiar la lógica de administrar decadencia, para enfocarse en la generación de riqueza con equilibrio fiscal. Es impostergable sanear las finanzas, racionalizando bienes y servicios. Impera eliminar trabas y optimizar al estado, otorgando fluidez e innovación a la producción, el trabajo y el comercio. Asimismo, no perder más tiempo y energía en la búsqueda de grandes consensos; usufructuando el mandato de cambio electoral, máxime las atribuciones constitucionalmente conferidas.
Esta complejidad nos invita a dejar de lado egos y autosuficiencias, ser permeables e inspirarnos en procesos históricos con éxito, especialmente los que inductivamente desde una reforma lograron iniciar la transformación.
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Zollverein, tenemos Prusia
La Zollverein fue una reorganización económica nacida en 1834 como unión aduanera entre Estados de la ex Confederación Germánica. La supresión de aranceles creando una zona de libre comercio, originó un mercado de 26 millones de personas, logrando armonizar sistemas comerciales y fiscales. La prosperidad devino con la liberación de verdaderas trabas para el desarrollo como la superposición de tributos y otras obligaciones; excesos de normativas y altos costos a la hora de producir y comerciar.
El primer gran efecto fue en las arcas públicas, reduciendo los altos gastos de cobro y control. Más allá de la clara importancia económica, Zollverein fue el elemento de cohesión para la constitución del Imperio Alemán en 1871 y posteriormente, el modelo para la Unión Europea.
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Hacer una traslación eliminando Ingresos Brutos, un impuesto tan complejo y distorsivo, acompañado de una armonización fiscal, simplificación tributaria y modernización de sistemas, sería una gran transformación en el mismo sentido.
Es inherente rediscutir los resultados del sistema federal impositivo, coparticipación, seguridad social y lo previsional. Se necesita mirar integralmente y en perspectiva nuestro sistema normativo, quizás recordar la Constitución, volviendo a las “bases y puntos de partida” de Alberdi.
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Sin federalismo real, seguiremos condenando a las provincias pobres y frenando a las ricas; desaprovechando potencial y facilitando feudalismos, símil reinos pre unificación alemana, donde la resolución quizás sea usar la misma lógica, creando los estímulos indicados para un ganar-ganar.
Prusia fue el estado promotor del Zollverein con el mayor potencial y quien más sufría los bloqueos, para luego despegar impulsando al conjunto. Continuando los paralelismos, las provincias de la franja media del país, podrían jugar ese mismo rol.
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Una conexión histórica fue en 1857, la firma en Paraná de un sofisticado Tratado de amistad, comercio y navegación entre la Unión Aduanera de Alemania y la Confederación Argentina.
Pactos de Moncloa, un dejavú
Los pactos de 1977, fueron acuerdos programáticos sobre la restitución y reformas de derechos económicos, jurídicos y políticos. Se firmaron con el objetivo de estabilizar el proceso de transición del Franquismo al sistema democrático. Adhirieron todos los partidos políticos con representación parlamentaria, con el debido apoyo empresarial y sindical.
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En la actualidad y analizando nuestra situación política, el abordaje no debería ser -deduzco- desde una agenda tan extensa, sobre todo en terrenos donde nos hemos empantanado continuamente.
Los grandes consensos requieren instituciones políticas que puedan legitimar y sostener el proceso. Nuestra cultura política en los últimos años no demuestra credibilidad, generosidad y respeto por los acuerdos; siquiera los de un mismo espectro ideológico, al mirar la convivencia de las últimas coaliciones gobernantes y sus resultados. Padecemos de sesgos en la política y un electoralismo permanente, fraguado en las elecciones de medio término, que conspira contra soluciones instrumentales y eficientes. Sumado a otras fragilidades, hemos perdido el carácter transformador de la política.
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Es decir, los grandes consensos ponen énfasis en la política y es ahí, donde radica nuestro problema. Sería más adecuado enfocarse técnicamente en el desorden económico y estatal, despejando temporalmente los demás conflictos.
¿Quién podrá defendernos?
El pueblo no gobierna ni delibera, sino a través de sus representantes. Es clave regenerar los liderazgos con expertise y sensibilidad social, es un acto de valentía y absoluta responsabilidad pública.
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Independientemente de los modelos, inspiraciones y herramientas, no habrá cambio auténtico sin ética dirigencial, en consonancia a las nuevas necesidades sociales y económicas.
Los servidores públicos deben otorgar visibilidad al quehacer político, rindiendo cuentas y en diálogo directo con el ciudadano, restituyendo confianza y valores. Así, fruto de los resultados; la política, la economía y el Estado, pasen “al bando” de las soluciones.
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