
Nací en un país donde los poderes económicos necesitaban dar golpes de Estado para derrocar la democracia, vivo donde los partidos políticos son administrados por los intereses y las ideas que los cuestionan carecen de estructuras donde expresarse. Debemos retornar a los tiempos donde la integración social era el centro de las propuestas políticas y el ciudadano, más importante que el dinero. La verdadera riqueza es la de todos, la de pocos es siempre la contracara de la miseria del resto.
El triunfo de Milei sería la consumación del golpe de Videla y Martínez de Hoz, de ese liberalismo que achica al Estado para permitir el crecimiento desmesurado de los capitales privados y de puro cipayos prioriza a los extranjeros. El verdadero liberalismo necesita de un Estado eficiente que incite a la producción mientras que el injertado con anarquismo y egoísmo solo genera miseria y enfrentamiento.
Crecí en una sociedad que admiraba el talento y el esfuerzo, sufro la decadencia del triunfo de la riqueza y de la viveza sobre la virtud. En el pasado cercano no había ni subsidiados, ni deuda externa ni inseguridad. La miseria se inició en el año 1976 y hasta ahora no se detiene. La concentración del poder económico impone un crecimiento de la deuda y los caídos, el resto son sólo variantes de la simulación. Fui peronista durante los años de la resistencia y luego tuve el honor de ser diputado nacional con el General Perón. Vino el exilio y los retornos, volví a ser diputado con Luder. Con el paso del tiempo y sustituyendo a los hijos de la rebeldía, surgieron los obedientes y los operadores que, lamentablemente, eran sólo intermediarios con los negocios privados. Luego opté por Menem contra Cafiero y de la gestión nacida de esa interna duré dos años porque había nacido con el sueño de los revolucionarios, podía enamorarme del reformismo pero los negocios desde los cargos y acomodar parientes no era lo mío. Con Cafiero nunca me sentí cercano, en mis tiempos, con los duros, no estaba bien visto, el General tampoco lo quería y por supuesto mucho menos nosotros. Estuve con la CGT de Ongaro y aparecí en La hora de los hornos de Pino Solanas. Acompañé a Néstor durante cuatro años, en una relación de afecto que se fue desgastando y terminó al llegar Cristina.
Nunca acepté simular admiración por conveniencia de quien no la merece, verdaderamente pienso que Alfonsín fue el mejor presidente de la democracia y Menem, el peor. Era el que pensaba parecido a Milei, alcahuete de los fuertes sobre los necesitados, al resto no tenemos ni siquiera que tenerlos en cuenta. La naciente democracia intentó recuperar el poder del Estado pero no lo logró, luego Menem regaló las propiedades de la sociedad a sus amigos, y terminamos pagando por servicios que eran nuestros.
Patria o colonia, la eterna disyuntiva de nuestro pueblo. El cuento era la inversión, privatizar lo hecho siempre se llamará robar. El resultado es que pasamos de fabricar aviones a importar durmientes, eso se llama “menemismo en estado puro”. Néstor no fue mejor, solo convocó a retazos de izquierdas gorilas para que le den a su gobierno un tinte de progresista con marxistas de universidad y derechos humanos limitados sólo a los guerrilleros. Voté a Macri, hasta que tome conciencia que no superaba el estado de discípulo de Duran Barba, un vendedor de buzones de la era de internet. Alfonsín fue el último intento esencialmente político, por ahora no se ven candidatos con vocación de estadistas.
Salió un grupo de economistas a firmar un documento cuestionando el delirio de la dolarización, la respuesta del acusado fue tan necia como todas sus conductas. También se manifestó un conjunto de intelectuales expresando que de la mediocridad no se puede salir por el camino de la furia. Hay dos opciones democráticas y una degradación de la política que no puede ser justificada por odios o pequeñeces. El resentimiento del fracaso de los gobiernos explica a los votantes, nada justifica aceptar las miserias del candidato que nos instala sin duda como una vergüenza en el mundo. No es casual, poderosos intereses se beneficiarían de su triunfo e invierten en consecuencia.
Cuando los empresarios impulsan el crecimiento de su país son patriotas, cuando parasitan su destrucción son tan solo una lacra de entreguistas. Brasil genera envidia, tiene Gobierno y destino, también tiene política exterior, burguesía nacional y además ocupa un importante lugar en el mundo. Nosotros llevamos años hiriendo a la sociedad, imponiendo un sistema de valores donde sólo la codicia se justifica como razón para vivir. La riqueza del dinero engendra la pobreza de los espíritus, Milei es el más puro ejemplo de dicha degradación.
Con tristeza pienso que somos un país que involuciona, que pocos periodistas reflexionan promoviendo cambios y que casi todos los políticos -y ni hablar de los empresarios- son lo más patético de nuestra devastada sociedad. El patriotismo exige un capitalismo con distribución de la riqueza y hasta ahora los que gobiernan solo se ocuparon de parasitar el Estado y los que se oponen tienen un modelo económico basado en la peor visión del egoísmo empresarial. Penosamente de la patria y del conjunto de la sociedad no se ocupa nadie. Un indigno Milei nos ofrece su pobreza mental y espiritual como salida, aceptar eso simplemente implicaría renunciar a la voluntad de ser nación para que un grupo de grandes ricos nos pueda despojar como colonia.
Recibí educación en una sociedad integrada, solo espero que el ganador sea uno de los cuerdos, que evitemos dar paso a la degradación y que el vencedor sea consciente de su obligación de convocar a la unidad nacional para recuperar el destino perdido. Apuesto a la mediocridad que sobrevive y a evitar la amenaza del desvarío de los peores. No es mucho, pero es lo hoy ofrece esta triste realidad.
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