
En la reunión realizada en la Cámara de Comercio Norteamericana, el pasado 9 de mayo, el ministro de Economía, Sergio Massa, ante la pregunta de su interlocutor de si presentaría su candidatura a Presidente, respondió que dependía de las circunstancias, pero fundamentalmente de que no haya internas, pues el debate genera incertidumbre y lo que menos debe promover un gobierno es incertidumbre. ¡Sería un gravísimo error las internas!
Al día siguiente un grupo de intendentes de Cambiemos, de la provincia de Buenos Aires, le pidió a Rodríguez Larreta y a Patricia Bullrich ponerse de acuerdo y ofrecer un único candidato en la Provincia.
¿Qué significado guardan estas propuestas? Sencillo, que la gente de a pie no opine, no participe, no vote. En síntesis que los candidatos los elijan los dirigentes. Luego se enojan si les dicen que son una casta. Si el kirchnerismo algo bueno hizo en veinte años fue precisamente lo que ahora quieren desvirtuar.
La importancia de participar
En 1988 el Partido Justicialista se permitió una interna. Fue un paso decisivo en busca de orden, claridad, participación y democracia. Si en esa oportunidad la dirigencia hubiera nominado al candidato, con seguridad el elegido hubiera sido Antonio Cafiero, en virtud del control y dominio de las estructuras partidarias que tenía, pero se votó y ganó Carlos Menem. Esto nos deja una lección: cuando el pueblo habla por lo general opina distinto que la dirigencia, especialmente cuando ella se encuentra alejada de sus representados.
Esta es la situación actual. El nivel de ausentismo de las elecciones de 2021 así lo indican.
El doctor Eduardo Duhalde me contó hace unos años que en esa interna él estaba dudoso. Se inclinaba por Cafiero. Pero una tarde resolvió darse una vuelta por una barriada de Lomas de Zamora y al hablar con una referente de la zona, ella le dijo: “Me va a perdonar Doctor, pero no lo vamos a acompañar, aquí en el barrio vamos a votar a Menem”. Duhalde comprendió rápidamente por dónde pasaba la historia. Y así fue. Hay que escuchar la voz de los que no tienen voz.
Clausurar el debate es destruir la democracia. Aunque estas disputas hagan tronar el firmamento. Por estos años se ha puesto de moda no discutir, ir hacia el centro y conciliar todo con todos. Pues la discusión genera incertidumbre. Una democracia que no banca la controversia, no sirve.
En el año 2015, sin debate ni participación, Cristina Kirchner decidió que el candidato fuera Daniel Scioli. Perdió. En el 2019, sin debate ni participación, Cristina armó una fórmula que ganó pero que ha generado una inestabilidad política que se agrava día a día. Es hora de terminar con esta estafa. En Chile tenemos un magnífico ejemplo. Cuando se votó la anterior Constituyente el ausentismo fue del 60% y así le fue: un parto en el monte. Mal. Fue rechazada cuando el voto se hizo obligatorio. La nueva Constituyente ha contado con participación masiva. Esperemos ande bien.
Un Carlos Pellegrini genial
En el año 1904 concluía la Presidencia del general Roca. Los partidos de la época (no estaba aún la ley Saénz Peña) decidieron ponerse de acuerdo con una fórmula presidencial. Fue convocada, al efecto, una reunión de notables a la que asistieron 264 ciudadanos espectables. Carlos Pellegrini se negó a participar y días después declaró: “La escuela de la obediencia pasiva, armada con el poder oficial, es la que ha triunfado y se ha impuesto, pero el partido político al que pertenecíamos ha desaparecido; porque un partido político es un organismo para convertir en acción la voluntad popular, libremente expresada, con ideas y principios libremente discutidos, aspiraciones y ambiciones libremente proclamadas. En la Nación como en las provincias, se ha simplificado el mecanismo suprimiendo todos sus órganos, sustituyéndolos por una sola cabeza que piensa, una voluntad que resuelve, una voz que ordena, un elector que elige. El pueblo, desde el intelectual al analfabeto, desde el grande al pequeño ha desaparecido”.
Nos obliga a pensar todo de nuevo.
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