
Enseñamos porque queremos que los estudiantes perciban, sientan y se apropien de un campo grande de saberes que le dé sentido a la realidad, aunque -a veces- para algunos, la realidad no tenga sentido.
Enseñamos porque, más allá de la complejidad del mundo, hay cuentos, hay poesía, hay juegos, hay memoria y hay ganas de mostrarles el mundo a los niños y a las niñas.
Enseñamos porque cada día emprendemos un viaje que promueve el conocimiento, porque en cada clase le proponemos mirar de otro modo y convertirlos en turistas que se trasladan de su entorno habitual a un lugar desconocido. Y, en ese recorrido, tejemos un vínculo que ata, que da seguridad y también otorga ciertas certidumbres que ayuda a enhebrar saberes, pero, a su vez, que se abre a una plataforma para saltar a un mundo incierto y desconocido, pero con fuertes raíces que fuimos tejiendo en el aula.
Y como el flâneur de Baudelaire, ese caballero que pasea por las calles y se mezcla con el gentío de la calle, pero, a su vez, mantiene su condición de observador atento y cabal; así iniciamos el entramado para que los estudiantes se sientan parte de algo, pero, a su vez, afuera de ese algo para mirarlo y analizarlo.
Y ahí estamos con las propuestas, con la cartulina de colores, con el mapa político o con el microscopio, apostando a esas infancias tan ávidas de aprender y esas adolescencias -a veces- tan desganadas y apáticas. Y en eso consiste el desafío, en entramarlos a la escuela. Para algunos de nuestros estudiantes, la escuela es lo único que tienen, un espacio público que los abriga y los protege; para otros, ni siquiera es eso, no los incluye y mucho menos los abraza.
Sin embargo, en los días que corren, esta tarea es fundamental; quizás, en medio del desconcierto, haya que ir pensando otras formas de vivir, de organizarnos y de rearmarnos como comunidad de manera diferente.
Quizás se trate de ir cartografiando el camino, escribiendo cada uno su propio mapa y habilitando experiencias que habiliten, que rompan con viejas estructuras y sean el clivaje para nuevos modos de estar en el mundo y de pensar en un nuevo nosotros, a sabiendas de que la tarea es solitaria, aunque no desolada porque siempre habrá alguien que nos ayude a encender el fuego.
Enseñamos para que estén envueltos en un halo de afecto.
Enseñamos porque respetamos nuestras prácticas, pero especialmente a ellos y a ellas con quienes compartimos mucho más que horas de clases.
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