
Fueron necesarios más de 36 años, 13 entrenadores y cientos de jugadores para volver a coronarnos como la mejor selección de fútbol masculina del mundo. Pasaron por el camino grandes futbolistas, goles memorables, procesos virtuosos y otros marcados por la desilusión. Más allá del brillo y la seducción que irradia el trofeo, es necesario preguntarnos ¿qué hay detrás de esta copa?
En una sociedad que carece de referentes a los cuales mirar y presenta distorsiones sobre los valores que enmarcan nuestras conductas, la selección comandada por Lionel Scaloni y liderada por Lionel Messi se nos presenta como un camino a replicar. Tantas veces sucumbidos por el “sálvese quien pueda” y el individualismo, el combinado albiceleste nos demostró que es posible construir una comunidad trabajando colaborativamente, dejando de lado los egos para poder mirar a los otros, reconociendo las necesidades de los demás y los valiosos recursos internos para brindar y compartir con el resto.
Nos enseñó que no es necesario ejercer poder para movilizar a otros, sino la puesta en práctica de la autoridad moral que se desprende de la autenticidad del líder que ilumina con su ejemplo, manifestando su búsqueda de sentido con pasión, llevando a que el otro se conecte y apropie con su propia vitalidad para poder ejercerla.
En un medio donde reinan la exigencia y la presión, y se juega “con el cuchillo entre los dientes”, el equipo argentino nos aclaró que también es posible complementar esta mirada con alegría y disfrute, volviendo a otorgarle al trabajo su componente lúdico, dándole un sentido valioso y personal.
En un fútbol “sin lugar para los débiles”, Ángel Di María marca uno de los mejores goles colectivos de la historia de las finales en mundiales. Grita. Corre. Rompe en llanto. Las lágrimas de “Fideo” nos ayudaron a tomar consciencia de la importancia de integrar nuestra vulnerabilidad y sentirnos más relajados ejerciendo nuestra labor como simples seres humanos.
En un mundo instalado tantas veces en la “victimización” de las injusticias acontecidas en el pasado, la selección argentina demostró resiliencia, decidiendo cómo responder desde el presente asumiendo una posición responsable frente a las circunstancias del entorno.
En un deporte donde reinan las cábalas, los trucos e ilusiones, nos topamos con Messi, el “mago sin magia”. Una persona ordinaria que, a través de trabajo y dedicación, ha logrado desplegar el don encomendado para realizar proezas extraordinarias.
“La Scaloneta” nos presenta una forma esclarecedora para caminar por la vida, amplificando las virtudes, integrando los defectos, fomentando los vínculos familiares, construyendo un clima de trabajo distendido, prestando atención a los detalles. Necesitamos más líderes en nuestros trabajos, nuestras escuelas y nuestras familias, que den lugar a las emociones, que dejen de lado sus egos para disponerse al encuentro del otro, que pongan en palabra los conflictos, que sepan pedir disculpas, que se acerquen afectivamente, que integren sus fallas, que se muestren como personas accesibles y humanas.
No en vano este equipo ha conquistado el mayor de los logros: presentarnos una oportunidad de cambio. De la Argentina del estancamiento a la Argentina de la ilusión. Si 26 pudieron inspirarnos y emocionarnos, 45 millones podemos emprender el camino que nos mostraron: trabajo en equipo, esfuerzo, alegría y humildad.
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