
América Latina vive un nuevo ciclo progresista. Gustavo Petro en Colombia, Gabriel Boric en Chile y la reciente elección de Lula da Silva en Brasil, parecen formar un tridente que, se espera, articule una fuerza transformadora que impulse a la región a tomar acción firme y concreta por el clima y el medio ambiente.
El cambio climático, las problemáticas ambientales —desde minería ilegal hasta deforestación— e incluso, en el caso de Petro, una crítica profunda al extractivismo, formaron parte de los discursos con que se impusieron en las urnas ante contrincantes que se destacaban por dejar esta agenda en un segundo plano o, lisa y llanamente, negarla como solo la ultraderecha sabe hacerlo.
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¿Cómo se concretan estos discursos? ¿Será este nuevo ciclo progresista uno “ecológico” (o por lo menos, más que el anterior)?
La última Cumbre del Clima o COP27 —realizada del 6 al 18 de noviembre, en Sharm El-Sheikh, Egipto— fue el escenario perfecto para medir qué tan incorporados tienen estos compromisos los mandatarios y sus delegaciones en la práctica.
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“Es la hora de la humanidad y no la de los mercados”, enfatizó Petro durante el encuentro, en el cual propuso un decálogo para enfrentar la crisis climática. El mandatario colombiano es, de entre los líderes latinoamericanos, quien quizá presenta la postura más radical respecto de la situación climática. Apuntando como principal responsable al mercado de los hidrocarburos, hizo un llamado claro a dejarlos atrás, reformular las Cumbres del Clima y re-pensar el multilateralismo para promover la acción climática efectiva.
Lula, por su parte, asistió como presidente electo, mostrando un claro —y, para muchos, sorpresivo— interés por instalar que “Brasil está de vuelta en el mundo” en temas ambientales. La Amazonia fue el centro. Se comprometió a detener la degradación y deforestación de este bosque tropical, la cual ha aumentado significativamente con las políticas extractivas de Bolsonaro. Incluso, haciendo un guiño a la sociedad civil brasileña, propuso que la COP30, en 2025, se realice en el país.
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Finalmente, el Chile de Boric también dio que hablar. El presidente no asistió a la conferencia para priorizar la agenda interna de un país que, post-plebiscito constituyente, vive días álgidos entre la desinformación y el populismo. A pesar de esto, la delegación encabezada por la ministra de Medio Ambiente, Maisa Rojas, tenía la misión de facilitar la discusión de alto nivel sobre el mecanismo de financiamiento para pérdidas y daños.
¿Qué sabíamos? Había un mandato claro de Boric de unirse a las demandas latinoamericanas. ¿Qué sucedió? Contra todo pronóstico y pese a ciertas críticas desde la sociedad civil, la facilitación dio frutos y se logró, gracias a la unión de la región y el Sur Global, establecer el mecanismo que los países más vulnerables venían reclamando desde hacía tiempo. El, quizás, único triunfo de esta COP27.
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En una región cuya principal actividad económica es la extracción y comercialización de materias primas al norte global, ninguna transición se puede dar de manera aislada. Se hace urgente que los gobiernos comprendan la profundidad y urgencia de esto.
Se mostró en la Cumbre del Clima: el triunfo fue posible gracias a la unión de un bloque amplio y firme, que enfrentó la ambición del norte de seguir pagando la crisis con nuestro dinero y nuestras vidas. ¿No será momento de comenzar a negociar como bloque latinoamericano?
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Los meses que vienen no serán fáciles. La agenda ambiental, al igual que la feminista, es la primera en pasar a un lado ante otros “problemas sociales más urgentes”, como la seguridad pública, la educación o la salud. El avance de la ultraderecha también es un factor a considerar, sobre todo cuando levanta discursos que apuntan a destruir la cooperación internacional, restringir derechos y profundizar una agenda desarrollista extractiva.
Estaremos en un ciclo sin fin de progresismos sin futuro si no incorporamos la agenda climática como una perspectiva que nos permita direccionar el futuro de nuestros territorios y países, re-pensar los sectores productivos, reformular nuestros sistemas sociales, culturales, energéticos y de vida. De otra manera, como dijo Petro, “estamos condenados a la extinción”.
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En la transición latinoamericana, la energía sostenible y descentralizada, los sistemas agroalimentarios y la protección de los ecosistemas son la agenda multilateral que se necesita impulsar.
Hoy, nos es válido preguntarnos si esa transición será justa para nuestros pueblos o mantendrá las dinámicas que el colonialismo y extractivismo energético nos han marcado.
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Colombia, Chile y Brasil, el tridente progresista que llena de esperanzas a muchos en la región, no puede tambalear. Los discursos deben pasar a la acción e impregnar de urgencia los espacios multilaterales. La agenda climática debe ser prioritaria, ya que es la única que nos asegura bienestar.
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