
La UX, o experiencia de usuario, es algo tan invisible como útil. Si bien, según la consultora Forrestrer, la inversión en UX devuelve retornos de inversión del orden del 9.900% (es decir, por cada dólar invertido se generan 100), muchos todavía no saben especificar su función o mucho menos su finalidad.
El término UX trata sobre la experiencia que tiene el usuario con un producto digital, es decir ayuda a encontrar el espacio que hay entre las necesidades que tiene el consumidor con las oportunidades que encontró el negocio y la factibilidad que hay a nivel tecnología. En definitiva, busca tener presente una interfaz amigable e intuitiva y que el producto solucione un problema. Asimismo, se encuentra la arista del modelo de negocio que sostiene la creación e implementación de dicho producto.
En este sentido, la UX adquiere un lugar relevante en las organizaciones por la simple razón que cada vez hay más competencia de productos y de servicios. De esta forma, nos encontramos con usuarios cada vez más exigentes que rápidamente se acercarán a la otras compañías si no se encuentran satisfechos. En este escenario, el usuario pasa a ser el centro de la escena.
Los cuatro pilares del UX
Lo más importante a la hora de encarar el diseño es no perder de vista que la finalidad del trabajo es resolver un problema puntual. Si el diseño no acompaña la solución, no está bien planteado.
Seguido a esto, hay otros cuatro rectores que se deben tener en cuenta a la hora de un buen diseño. Por un lado, los objetivos del negocio, qué es lo que se quiere lograr y qué problema hay que resolver. Por otro lado, conocer la industria en la cual se está queriendo incursionar, los recursos que ya existen y en dónde se puede innovar. Conocer qué recursos ya existen y a la vez ser innovador. Además, jerarquizar a las personas que utilizarán eventualmente esos productos y conocer en detalle sus necesidades. Por último, la oportunidad, es decir, encontrar el momento propicio para que un desarrollo llegue en el tiempo y espacio indicado.
Detrás de cada uno de estos pilares hay una gran responsabilidad en el trabajo del diseñador que, sin perder de vista los intereses y necesidades del usuario, debe amalgamar esto con los requerimientos y tiempos de las empresas. Es decir, no siempre la ética y los negocios van de la mano.
Desde el conocimiento, podemos decir que todo diseño debe tener cuidado en el impacto emocional que eventualmente pueda causar en los usuarios. Recientemente se abrió el debate sobre la dependencia que crean algunas apps o plataformas que pierden de vista a los consumidores, y que dejan efectos colaterales que pueden llegar a provocar, enojo, decepción, ansiedad, adicción o incluso más trabajo a la hora de resolver algo.
Otra polémica desatada sobre el trabajo de los diseñadores es la regulación. ¿Es una actividad que debería de estar reglamentada? Aunque aquí puede haber más de una opinión, lo cierto es que la misma sociedad que consume nuestros desarrollos es la que implementa esa autorregulación, no obstante, dado que debemos innovar y crear productos o servicios bajo condiciones de alta incertidumbre hasta sacarlos al mercado, debemos estar preparados para medir rápido cuál es el impacto de nuestro producto en la vida de las personas.
Quienes formamos parte de los equipos de diseño tenemos nuevas responsabilidades y nuestras decisiones sobre un producto o servicio son cada vez más importantes. Si bien la mayoría de las veces trabajamos con un objetivo comercial por detrás, hay que ser conscientes del impacto de nuestro trabajo en la sociedad.
Por todo esto, el diseñador de UX nunca debe dejar de preguntarse: ¿realmente resolvemos un problema que mejora la vida de las personas usuarias? Ese es el primer paso, antes que las formas o los colores.
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