
La semana pasada se publicó en la prestigiosa revista científica Nature Scientific Reports el estudio de un grupo de científicos argentinos y españoles en el que se demuestra el vínculo entre la explotación hidrocarburífera (convencional y no convencional), la sismicidad inducida y los procesos de deformación del suelo.
Por oposición a la técnica de explotación en reservorios convencionales (tradicionales), los no convencionales consisten en la extracción de hidrocarburos por fracturamiento hidráulico, o fracking. Un procedimiento por el que se inyectan a presiones extremas y a más de tres mil metros de profundidad gigantescos volúmenes de agua, arena y fluidos con aditivos químicos para permitir la extracción del gas o el petróleo. Un solo pozo, de los miles de Vaca Muerta, puede alcanzar el consumo equivalente al agua total consumida en un día por la población de la provincia de Neuquén. Con una agravante extra: el agua utilizada para fracturar será eliminada del ciclo hidrológico.
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La sismicidad inducida (o disparada, similares, pero no iguales) consiste en la ocurrencia de terremotos por el desarrollo de alguna actividad humana. Y por deformación del suelo hacemos alusión a procesos de levantamiento o hundimiento en el orden de los pocos centímetros en superficies de escasos kilómetros cuadrados.
El trabajo observó estos procesos en las dos mayores cuencas hidrocarburíferas del país, la cuenca Neuquina y sus formaciones no convencionales (Vaca Muerta), y la cuenca de San Jorge y sus formaciones convencionales. Ambos procesos (sismicidad y deformación) fueron constatados en ambas cuencas, e introdujimos un elemento inédito a nivel global: la identificación mediante información satelital de dos sismos inducidos por la actividad hidrocarburífera. Haber sido capaces de observar con satélites las consecuencias de estos sismos (uno por cuenca), da cuenta del rigor del trabajo y de la magnitud del fenómeno desencadenado.
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Estas regiones fueron consideradas de riesgo sísmico reducido. Sus pobladores nunca sintieron sismos y el instrumental no muestra temblores para la zona en los registros históricos. Pero desde la llegada del fracking a Vaca Muerta, en cinco años son ya más de 400 los sismos registrados, y en el Golfo San Jorge, un solo sismo fue registrado, pero afectando a una de las mayores poblaciones de la zona. Y aun así, en ninguno de los dos casos las autoridades han tomado acciones concretas.
La Ley General de Ambiente establece que cuando haya peligro de daño grave, la ausencia de información o certeza científica no deberá utilizarse como razón para postergar la adopción de medidas eficaces para impedir la degradación del ambiente. A pesar de ello, la administración y la industria han desarrollado una muy intensa actividad hidrocarburífera sin considerar la cuestión sísmica y omitiendo sus consecuencias. Lo han hecho contra todo criterio científico, distrayendo la atención con eufemismos y dificultando el acceso a la información. Y ante las alertas lanzadas por la población, han exigido a esta el rigor y los trabajos científicos que ellos mismos no han realizado. Pues bien, el trabajo que hemos presentado viene a cubrir estos huecos.
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Con el fin de prevenir riesgos, los resultados obtenidos obligan a considerar la variable sísmica en la industria hidrocarburífera. Y obligan también a revisar el impacto sobre infraestructuras preexistentes y no diseñadas para escenarios sísmicos como son viviendas, vías de comunicación o incluso grandes infraestructuras hidráulicas como los embalses de Los Barreales y Mari Menuco.
Quizá sea momento de que el Estado argentino y provincial (como otros han hecho en otros confines del globo) tome el rol de control sobre los potenciales efectos ambientales de esta actividad y cumpla con todas las tareas necesarias para velar por la defensa del derecho a un ambiente sano, equilibrado y apto para el desarrollo humano como requiere la Constitución.
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