
La socialdemocracia se diferenció del marxismo, ya desde fines del siglo XIX, al aceptar el régimen capitalista y las constituciones liberales; mientras que la segunda corriente política planteó la necesidad de romper con la sociedad “burguesa” por medio de la lucha de clases y el acceso al poder en forma “revolucionaria” para construir una “dictadura del Proletariado” que diera lugar a un socialismo extremo o comunismo.
Así, el Socialismo Democratico destaca la centralidad de la intervención estatal para garantizar una distribución más equitativa del ingreso. Entiende que las fuerzas del mercado, liberadas en forma plena, conducen a la concentración de poder político y económico en unos pocos actores que perpetúan las desigualdades y las injusticias.
La llamada “Segunda Internacional Socialista”, muy desarrollada en Europa, es una de las dos fuerzas principales en la conformación del Parlamento Europeo y se basó en la asociación entre el el Partido Laborista inglés, los Partidos Socialistas francés e italiano, así como el PSOE español y la socialdemocracia alemana. Tiene, además, una sólida tradición en los países nórdicos.
En América Latina se desarrollaron partidos socialistas en la mayoría de los países, especialmente en Brasil, Uruguay, Chile, Bolivia y Perú. En la Argentina, tuvo un pequeño desarrollo, salvo en la Capital Federal y la provincia de Santa Fe.
En la segunda mitad del siglo XIX, la figura más importante del socialismo argentino fue Guillermo Estevez Boero, presidente del Partido Socialista Popular (PSP), diputado nacional y candidato presidencial, quien, en 1985 le abrio las puertas a la Union Civica Radical (UCR) conducida por Raul Alfonsin, a la Internacional Socialista.
Por otro lado, el pequeño Partido Demócrata Cristiano, cuya figura central fue el diputado nacional Horacio Sueldo, se fue constituyendo en aliado del Peronismo y, al igual que Boero con la UCR, le abrió la puerta de la Internacional Demócrata Cristiana.
La Democracia Cristiana es hija de la Encíclica Papal “Rerum Novarum” (León XIII, 1891) que sentaría las bases de la “Doctrina Social de la Iglesia”, reconociendo en “la persona” - no en el individuo o el Estado- el fundamento ético de una sociedad fuertemente arraigada en valores como, Dios, la familia y la propiedad privada y considera al comunismo y al socialismo como ideologías ateas que someten al hombre y lo esclavizan al Estado.
Esta Doctrina fue la base de la actual Centro-Derecha Liberal que, a la par del Socialismo democratico, es uno de los dos pilares fundamentales de la Unión Europea (también con partidos organizados en toda Europa, donde se alternan en el poder con los Socialistas).
Tal como lo explicara en la primera parte, ya publicada hace dos semanas, ambas fuerzas ideológicas se han ido acercando operativamente con visiones muy afines, que les han permitido cogobernar (en Alemania y Francia) en situaciones de gran gravedad económica y política.
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Juntos por el Cambio es hoy, en Argentina, la expresión de ese acercamiento, que igual, tiene matices diversos. Esos matices son los que debemos identificar, por encima de las diferencias de carácter de los dirigentes y sus cuitas personales (que incluyen la competencia electoral interna).
Mientras la UCR mantiene su membresía a la Internacional Socialista, el Partido Justicialista perdió la suya en la IDC en el 2005. Ha sido el PRO la fuerza política argentina que sustituyera al PJ en la Internacional de Centro Derecha Liberal.
El Kirchnerismo, desde que tomara control del PJ en el 2003, fue desarrollando una alianza con partidos de izquierda, en una curiosa nueva identidad (que prefiero que ellos mismos, si pueden, expliquen).
Es fundamental para la futura estabilidad del sistema político argentino que JxC pueda ocupar desde el Centro-Derecha -PRO- una fuerte alianza de unidad nacional con la Centro Izquierda -UCR- para poder ambas articular una política común con Brasil, y poder asi relanzar el proceso de integración regional sudamericano, impidiendo que las diferencias ideológicas nos dividan y debiliten.
El mundo actual, al que tenemos que abrirnos para formar parte de las cadenas de valor globales, está esperando una acción conjunta, institucional y permanente de nuestro lado.
Esa expectativa es simétrica con las necesidades mayoritarias de nuestros pueblos, que nos reclaman trabajar unidos para terminar con la pobreza, crear riqueza y garantizar un desarrollo sostenido y sustentable.
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