
El próximo domingo, en la segunda vuelta, se define quién será el Presidente de nuestro gigantesco vecino. El crecimiento del voto a Jair Bolsonaro en las superpobladas San Pablo y Minas Gerais tiene tres explicaciones: la baja inflación (un total de 4,7% por los primeros nueve meses de este año), el incremento y pago en término de la ayuda a los más pobres (Auxilio Brasil) y la acusación de que Lula Da Silva “es como el presidente argentino”.
En la zona más pobre, el norte y nordeste del país, gana Lula. Salvo en Roraima, un pequeño estado vecino con Venezuela, que ha recibido a venezolanos que huyen desesperados de la dictadura de Nicolás Maduro. Además, Lula ha recibido el apoyo de los candidatos que salieron en tercera y cuarta posición: Simone Tebet y Ciro Gomes.
Pero ninguna encuesta ha registrado que el 7% del total escrutado haya engordado las proyecciones del líder del PT. Esos 8 millones y medio de brasileños habían expresado en todas las encuestas que votaban contra Lula (por corrupto) y contra Bolsonaro (porque gobierna mal). Tampoco parece haberle sumado votos a Lula el público apoyo de su histórico rival, el muy prestigioso Fernando Henrique Cardozo.
Todos sabemos que se puede esperar de un segundo mandato de Jair Bolsonaro. El próximo gobierno argentino tendrá un aliado fundamental para implementar los cambios necesarios en el campo económico y en la relación bilateral.
Corresponde entonces analizar qué ocurrirá si vuelve Lula a Planalto y sus consecuencias sobre la Argentina. La primera consecuencia es política: el kirchnerismo lo tomará como una victoria y la oposición como una derrota. Ambas conclusiones son, al menos, superficiales.
Lula no es Alberto Fernández. La alianza que construyó Lula es centrista, con un vicepresidente de derecha, como Gerardo Alkmin, y su gobierno estará limitado por un Congreso claramente volcado a la centro derecha.
En materia económica, las diferencias con los economistas de JxC son relativas: Lula cree en los superávits gemelos (fiscal y comercial), en la defensa de la moneda, en evitar la emisión descontrolada y en contener la inflación. Lo demostró en su anterior gobierno.
Su defensa del Mercosur será útil al próximo gobierno argentino y la fortaleza económica, que recibe de la actual administración, tendrá efectos benéficos sobre Brasil y en consecuencia, sobre la muy maltrecha realidad económica y social que heredará quien gobierne Argentina en 2023.
En conclusión: cualquiera que sea el resultado del próximo domingo en Brasil, la Argentina tiene poco que temer. Nuestro futuro depende de cómo elegimos nosotros, no nuestros vecinos.
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