
Hace 100 años, un 12 de octubre, asumía la presidencia de la nación Marcelo T. de Alvear. Cabrá a los historiadores hacer en estos días el racconto de su presidencia. Desde mi condición de radical formado en un ambiente juvenil del radicalismo decididamente yrigoyenista y crítico de Alvear, quiero compartir mi visión de la misma. Hago la salvedad de que mi padre siempre me dijo que Marcelo T. de Alvear había sido el mejor presidente argentino del siglo XX.
Con el tiempo fui sacando mis propias conclusiones y me permito afirmar que la presidencia de Alvear fue efectivamente la mejor y que esto se debió no solo a sus condiciones de estadista, sino al contexto histórico en que tuvo lugar, al partido al que perteneció y a la relación excepcionalmente responsable y virtuosa con el gran líder político de su época, Hipólito Yrigoyen.
El gran mérito del radicalismo fue darle continuidad a los 30 años de progreso económico de la generación del 80, completando su carencia principal y tal vez la razón de su agotamiento, con un cambio fundamental, la apertura democrática a la participación popular.
En efecto, la generación del 80 había logrado, un país pujante, con altos niveles de crecimiento y un ingreso medio de sus habitantes en el nivel de los países más ricos del mundo. El impacto de la Primera Guerra Mundial con el crecimiento del costo de los fletes, la suspensión del flujo de los fondos comerciales y de las fuentes del financiamiento externo, implicaron una recesión de una magnitud sin precedentes y contribuyeron a un cambio que no pudieron manejar, lo que le dio la gran oportunidad del triunfo electoral al radicalismo.
Liderado por Yrigoyen, el radicalismo por primera vez en el gobierno supo sortear la crisis generada por la guerra que entre 1914 y 1918 tuvo un fuerte impacto negativo sobre nuestro país, muy relacionado e integrado en lo comercial al mundo por ese entonces. Los primeros años de Yrigoyen fueron muy difíciles, pero a partir de 1918 hasta el 1922 en que asumió Alvear comenzó una rápida recuperación, reestableciendo los desequilibrios que había ocasionado la guerra.
Hablamos de Yrigoyen porque sin él no se puede entender la presidencia de Alvear. El radicalismo contenía en su seno diversas miradas que se habían ido cristalizando en el sector personalista que lo apoyaba y el antipersonalista que lo desafiaba y pretendía reemplazarlo. Alvear, que había sido secretario privado de Leandro Alem, participado en las revoluciones del Parque en 1890 y la de 1905, a pesar de estar cerca de Yrigoyen de quien era embajador en Francia, tenía buenas relaciones con los dirigentes anti personalistas.
Fue una genialidad política procurar superar la división eligiendo como candidato a quien, como Alvear, pudiera superar estos enfrentamientos que se habían demostrado como una restricción al momento de gobernar. Su presidencia superó todas las expectativas.
Le cupo a Alvear hacerse cargo del gobierno en un gran momento, la feliz combinación de un contexto favorable y un gran liderazgo resultaron en esa gran presidencia que fue la suya.
Alvear integró su gobierno con ambos sectores de radicalismo y algunos ministros que se podría decir venían del mundo conservador.
Su gobierno pudo administrar las dificultades propias de una transición compleja caracterizada por la diversificación productiva, la creciente participación de la industria y los servicios en el producto y sobre todo con un cambio en el origen de las inversiones extranjeras directas pasando de ser principalmente británicas a estadounidenses. Este nuevo esquema productivo determinó un gran crecimiento del salario real y del consumo interno como factor creciente en la demanda agregada completando y enriqueciendo al hasta entonces agregado principal, del comercio exterior.
El aumento del empleo, del nivel de los salarios, una mayor distribución del ingreso y un salto en las inversiones públicas, que las restricciones financieras del primer gobierno de Yrigoyen no le habían permitido realizar, fueron la base de su popularidad y del éxito de la gestión que le permitió a mismo Yrigoyen sucederlo en una elección que fue considerada un plebiscito, al alcanzar casi el 70 % de los votos.
La Argentina democrática también surgió de la conjunción de factores: las luchas impulsadas por el radicalismo en pos del sufragio, de los socialistas y anarquistas por las mejoras en las condiciones laborales en un país que empezaba una fuerte industrialización, agregadas a la lúcida mirada de los reformistas del roquismo que como Sáenz Peña dieron paso a los comicios libres.
A 100 años de este momento, me parece importante resaltar desde lo político, esa capacidad de cambiar sin romper, de distinguirse sin demonizar al adversario, de aceptar los distintos puntos de vista y sobre todo de ver la integración de la Argentina al mundo y su propia integración social como el mejor modelo de crecimiento.
Estas ideas fueran la clave de su éxito y son todavía ideas fuerza necesaria para el desarrollo y progreso de la Argentina de hoy.
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