
Debemos remontarnos mucho tiempo atrás para encontrar desde cuándo usamos la palabra fenómeno. En filosofía, tendríamos que ubicar a Immanuel Kant, quien planteaba que la verdadera esencia de los objetos es lo que estaba oculto. En las ciencias naturales, hay que retrotraerse a los fenómenos físicos (geológicos, meteorológicos, eléctricos, etc.) o a los químicos (electrólisis o los atómicos, entre otros).
En los fenómenos sociales, existen los económicos, asociados a la actividad de los individuos, la producción de bienes económicos, el consumo, etc. Dentro de esta categoría, el modelo de gestión K generó en todos estos años un nuevo subgrupo: el fenómeno de los trabajadores pobres. No es ni más ni menos que la consolidación de un mercado de trabajo que retribuye ingresos insuficientes. Hoy, si dos adultos que conviven perciben cada uno un salario mínimo, no llegan a cubrir la canasta básica. Es decir, están debajo de la línea de la pobreza.
Los datos ofrecidos desde el INDEC hasta junio pasado indican que el 36,5% de los argentinos son pobres, alrededor de 17,3 millones de personas, sabiendo además que las condiciones empeoraron notablemente a partir de la renuncia de Guzmán, el sábado 2 de julio, y que hay consenso en que la economía se estancará o retrocediera en el segundo semestre, con lo cual la pobreza y la indigencia empeorarán. De esta forma, quizás en el primer semestre del año 2022 observemos los mejores números de pobreza e indigencia de este Gobierno, que comparándolos con los de Cambiemos, que fue del 25,7% en el segundo semestre de 2017, queden a más de 10 puntos de la gestión anterior, que logró que sólo la cuarta parte de la población fuera pobre.
Para repasar algunos conglomerados resulta imposible obviar el conurbano bonaerense, gobernado 30 de los últimos 34 años por el peronismo, que registra un 42% de pobres, 5 puntos más que el promedio. Y la indigencia, que a nivel nacional es del 8,8% y afecta hoy a 4,2 millones de argentinos, en el conurbano trepa al 11,9%, más de 3 puntos del promedio nacional.
El otro flagelo que sigue vigente y golpea los bolsillos de cada trabajador es la inflación. En octubre, sufriremos el aumento de las prepagas (11,53%), la quita de subsidios de la electricidad (aumento promedio 49%), aumento de agua (10%), telefonía (19,8%), combustibles (6%), expensas, y alquileres: son todas malas noticias. Esta triste realidad le pone un piso a la inflación del mes de octubre que no será inferior al 6%.
El presupuesto nacional presentado para el 2023 prevé un déficit fiscal del 1,9%. Prácticamente no se propone bajar ningún impuesto, continúa la alta presión tributaria, y el ajuste del gasto recae en las partidas de Seguridad Social y los subsidios a la energía. En el primer caso, se apuesta a no repetir la cantidad de bonos y complementos otorgados en 2022, mientras que en el segundo continúa la reducción de subsidios, al tiempo que se espera que esté en funcionamiento el Gasoducto NK, lo que disminuiría las importaciones de energía.
El panorama no es muy alentador: a los guarismos y datos precitados, si bien se registra hoy una recuperación del empleo formal de 2 puntos, los asalariados informales lo hicieron en 18%, consolidando este dato esta nueva categoría inaugurada por esta gestión: los trabajadores pobres. Un empleo informal percibe, en promedio, 53% más bajo el sueldo que uno formal.
Pese a todo, hay una salida que no es Ezeiza. Porque este país es Argentina, un país rico que lo han empobrecido, un país de gente generosa que de la angustia hace esperanza. Donde hay minorías que no dejan tomar clases y mayorías silenciosas que van todos los días a la escuela. Con muchas personas que piensan en trabajar, producir y emprender para tener un presente y al mismo tiempo un futuro. Es esa gran Nación que, cada 4 años tiene la oportunidad de cambiar y pensar en un destino mejor. Solo es cuestión de pasar otra tormenta.
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