
En 2001, un ingenioso economista -Jim O’Neill, del Banco de Inversión Goldman Sachs- publicó un trabajo donde sugería la conveniencia de que un pequeño grupo de países en vía de desarrollo, que tienen gran significación, se agruparan para constituirse en los grandes interlocutores del G-7 (los grandes países occidentales) bajo la sigla BRIC (Brasil, Rusia, India y China).
Y así fue. En el 2009, sin ningún prejuicio por provenir la idea del riñón de Wall Street, esos países se reunieron en la Ciudad de Ekaterimburgo, Rusia, en la 1era Cumbre Presidencial de los BRIC. En el 2011, incorporaron a Sudáfrica, para que el continente africano también estuviera representado y adoptaron el nombre de BRICS.
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La propuesta fue un éxito. Solo cinco países, en un universo de 190, representan el 30% de la superficie total del planeta, el 43% de la población mundial, el 29% del PBI global y el 22% de las exportaciones totales.
Si bien es cierto que no son un grupo monolítico -tienen contradicciones y diferencias entre sí- lograron impactar a la opinión pública y llamar su atención respecto del “Orden Mundial” y la falta de representación de los “Paises en Desarrollo”. Además, mostraban cómo, sin ser el “riñón de Occidente” y con sistemas políticos e ideológicos diversos, habían alcanzado un nivel de desarrollo y estabilidad notables.
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Desde el primer día, Argentina sintió que debía y merecía pertenecer al grupo y “coqueteó” con la idea de su incorporación.
Dos datos modificaron en los últimos meses este panorama: 1) la invasión rusa a Ucrania 2) la pretensión de Irán de ser aceptado en los BRICS en paralelo con Argentina.
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Se modificó, también, la esencia del Grupo, al profundizarse el conflicto entre China y Estados Unidos. El “marco de cooperación internacional” emergente de la crisis del 2008-2009 -caracterizado por la estrecha cooperación de los Bancos Centrales de los países del G-7 y de los BRICS, se alteró profundamente con la pandemia y el perfil de la administración norteamericana encarnada en Donald Trump con continuidad de una definición polémica pero contundente: la definición de China como enemigo principal.
Los BRICS son, y seguirán siendo, actores muy importantes del escenario internacional, pero hoy no están dadas las condiciones para un eventual ingreso de Argentina al grupo, pese a la creciente vinculación que tenemos con varios de sus socios.
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La mayoría de los argentinos somos contestes en condenar la invasión rusa a Ucrania, cuestionar el régimen Iraní (imputado por la Justicia argentina de haber impulsado los atentados terroristas en 1992 y 1994) y objetar las dictaduras en nuestro propio continente (Venezuela, Nicaragua y Cuba).
En el contexto actual, el Gobierno, en una etapa local e internacional tan compleja como la que estamos viviendo, debería priorizar la lucha contra la inflación y la pobreza estimulando los mecanismos para crear trabajo y atraer inversiones, dejando de lado consideraciones geopolíticas que, momentáneamente, nos exceden.
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Menos aún, pretender embarcar a la Argentina en semejante debate, sin poner a consideración del Congreso tal decisión (sin lugar a duda, estamos hablando de un Tratado Internacional). Debemos agradecer el apoyo que nos brindaron China e India para nuestro ingreso al Grupo, que muestra la vigencia de nuestra contribución a la comunidad internacional.
Ya habrá tiempo -y un clima económico y político más apropiado- para que Argentina dialogue con nuestro socio estratégico más importante -Brasil- sobre este y otros temas cruciales, cuando coincidan las dos futuras administraciones en cada uno de nuestros países. Más allá de la eventual diversidad política e ideológica, con seguridad, retomaremos el eje de la integración regional y la apertura al mundo que tanto necesitamos para lograr el desarrollo que nos merecemos.
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Esperemos también alcanzar una sólida unidad nacional, fuente de toda credibilidad interna y externa.
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