
En estos días, como cada cuatro años, se instaló el tema acerca de poder mirar los partidos de futbol en las escuelas en el marco del Mundial que se llevará a cabo en noviembre. En este sentido, el ministro de Educación nacional declaró que “es un evento deportivo, pero cultural de magnitud extraordinaria” y que “para los argentinos eso es multiplicado”. “Por lo tanto, la escuela tiene que transmitir la cultura”, justificó Perczyk, quien agregó que “los chicos en Argentina piden ver los partidos del Mundial”.
No caben dudas de que el mundial de fútbol es un evento deportivo y cultural y es vivido ansiosa y felizmente por todos los argentinos. Y es por esto que vemos, periódicamente, que el país se paraliza para ver a los jugadores y esperar el triunfo que “nos cambie la vida”.
Y, si bien el fútbol es parte de la vida cotidiana, es, a su vez, de reconocimiento público que ha sido un elemento para la construcción de la identidad nacional desde las primeras décadas del siglo pasado. Desde los años 20, según Sarlo, se fue constituyendo como un componente muy importante en la vida de los argentinos. Entre 1945 y 1955 fue un momento crucial para la incorporación de los sectores populares al deporte que, junto con la educación y la propaganda estatal, intentaba afirmar dicha identidad. Esto se debe a que las instituciones que producían nacionalidad han ido perdiendo sentido y, por tanto, el fútbol opera como aglutinante ya que es fácil, universal y televisivo.
Pablo Alabarces en su obra Peligro de gol señala que el deporte hoy es la principal mercancía massmediática, el género de mayor facturación en la industria cultural y el espectáculo de mayor audiencia de la historia de la televisión.
Por otro lado, la educación ya no es motor de ascenso social. La ilusión de “M´hijo el dotor”, plasmado en la obra de Florencio Sánchez, deja paso a otras formas legitimadas de progreso y este deporte es una de ellas. Maradona, Tevez, Messi, entre otros, son claros ejemplos de ello.
El espectáculo deportivo se volverá a inaugurar una vez más en noviembre. Un nuevo ritual nacional operará como la articulación entre el deporte y los argentinos. Aprovechar el mundial de fútbol para disfrutar de un buen espectáculo es una opción válida, pero es necesario retomar el tema para pensar qué sociedad tenemos y, a su vez, acordar qué sociedad queremos construir y debatir en torno a esto, ya que en las últimas semanas se conocieron los resultados de las pruebas Aprender 2021 y nos dejó boquiabiertos por las consecuencias que trajo la pandemia y su confinamiento. Es por esto que considero que ver el mundial en las escuelas es una medida demagógica donde los negociantes de lo público nos muestran “la zanahoria” para que vayamos en busca de la felicidad.
No creo posible que el mundial pueda valorarse pedagógicamente. Mi experiencia de varias décadas me indica que es un espacio para que los estudiantes se diviertan en la escuela, lo que no veo mal; pero no se lo planifica realmente como un espacio de aprendizaje. Entonces, plantear horas recreativas en estos tiempos feroces me parece una infamia para los sectores más vulnerados.
Perder horas escolares en ver fútbol, como podría ser tenis u otra disciplina, es desconocer las posibilidades que la escuela significa para gran parte de la población ya que es de conocimiento público que los delincuentes -comúnmente menores- son los desertores del sistema educativo, tienen escasa escolaridad, familias sin trabajo y sin vivienda, comúnmente insertos en el consumo problemático, en el marco de una pobreza que no es sólo material.
Y si bien en noviembre ya estarán finalizando las clases, fecha que no perjudicará en demasía a los estudiantes, el Estado, como garante de la educación como un derecho, debe asegurar más y mejor educación con decisiones que beneficien al conjunto de las infancias y adolescencias.
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