En estos convulsionados tiempos, una “amenazante moda” son los dirigentes que impactan las opiniones públicas locales y globales con perfiles “excéntricos”, que mezclan contenidos de izquierda y derecha, con toques de nacionalismo populista y agresividades variadas contra minorías, géneros u otras particularidades variopintas.
Las grandes ideologías y los lideres con tallas de estadistas parecen condenados al pasado y los libros de historia.
Vemos a presidentes que reconocen haber arengado a sus seguidores para tomar el Capitolio y aseguran –sin pruebas que lo sustente– que le “robaron una elección”… u otro que niega el cambio climático y afirma que el COVID es una gripe; o dirigentes de Europa central que, siendo miembros de la UE, cuestionan sus valores fundacionales u otros de su riñón que la abandonan o pretenden hacerlo… una suerte de “Cambalache” donde vale lo mismo la biblia que el calefón.
Es en ese contexto que, después de 22 años en el poder, y después de lograr una casi unánime aceptación de sus modos bruscos y autoritarios, matizados con una curiosa costumbre de envenenar a sus adversarios, el presidente de la nación más grande del mundo, con el más voluminoso arsenal nuclear e inmensas reservas energéticas, minerales y alimenticias, decide lanzar una ridícula e innecesaria invasión a una nación más cercana a si misma que lo que Uruguay representa para Argentina.
Para aumentar el absurdo, lo que debía ser un paseo de 24 horas se transforma en una interminable y sangrienta guerra con millones de refugiados y desplazados y la reafirmación de una Nación Europea abrazada por sus vecinos, incluidos aquellos que hasta ayer habían preferido mantenerse “neutrales”.
Al autócrata Putin, desesperado por su derrota política y militar, solo se le ocurre amenazar a Occidente con “ataques relámpagos a los países que continúen la INJERENCIA en el conflicto”. Como si la INVASIÓN fuera justa y legal, mientras que la solidaridad con la invadida fuera la actitud violatoria de la convivencia internacional.
Las cartas están echadas. Rusia tiene que volver a la comunidad internacional desde su histórica identidad europea. Eso ocurrirá y con un refuerzo de su hasta ahora débil democracia. La “transición” iniciada en 1991, con la caída de la URRSS, entrara en una nueva y definitiva etapa.
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