Ese gran abogado, jurista argentino, y defensor de los derechos humanos, histórico dirigente radical, quien ha sido para el mundo mucho mas que lo que refieren sus títulos premios y reconocimientos, para quienes lo conocieron saben muy bien de lo que hablo, durante toda su vida fue proyectado como una figura relacionada al triunfo, y mucho de verdad hay en eso, ya que todo lo que hizo durante su carrera desde la diplomacia hasta la democracia argentina, y por supuesto por la lucha en el reconocimiento y transparencia del organismo que presidió durante 14 años, la Auditoria General de la Nación (AGN), fue impulsado desde el mas puro sentimiento acompañado de dedicación, responsabilidad y poniendo el corazón en cada labor que realizó así como en la formación de todos aquellos que trabajamos a su lado.
Me enorgullece enormemente haber compartido gran parte de mi carrera a su lado, y más que eso, como no tengo dudas que nos pasa a los que conocimos y compartimos con él, Leandro desde la perspectiva humana, esa persona cálida y con una sencillez que pocas veces reconocí en alguien, que todos esos valores lo definían, del mismo modo cuando los trasladaba a su profesión e identidad siempre puesta al servicio de la humanidad para una construcción de un Estado con pilares en el estado de derecho, la democracia, y los derechos humanos.
Habría muchas formas de recordar a Leandro: como el gran funcionario que dedicó su labor a dar prestigio a los lugares que ocupó, en cada espacio y en cada rol buscó reconocimiento, no para su nombre sino para el trabajo que ejercía y la importancia que le daba, siempre promulgando la justicia, la transparencia, la igualdad, y su humildad que le daba y dio en cada momento la grandeza que tenía como ser humano. Un hombre con carisma e inteligencia, un amigo cordial y campechano para quienes pasaron por su vida. Del mismo modo, podría decir o escribir muchas líneas o referirme a su basta trayectoria y cargos que ocupó. Sin embargo, prefiero detenerme en el hombre que fue y en su legado que trasciende al eximio jurista que lo definía. Su aniversario de cumpleaños me propone una mirada más íntima, más de amistad o incluso de familia, porque en eso se convirtió para quienes compartimos tantas horas de trabajo, de miradas profundas ante la adversidad y consejo sabio ante las discrepancias, supo dejarnos el ejemplo de convivir y disentir en diálogos pacíficos que siempre fueran para enriquecer, siempre con un aliento esperanzador de que todo podía y debía mejorar.
Leandro, de carácter amable pero insistente en su interminable búsqueda de justicia e igualdad, defensor incansable de los derechos humanos y emblema de la lucha contra la corrupción. Con su partida, dejó una gran marca y, sin dudas, una gran pérdida para nuestras instituciones. Doy fe que nunca dejó de tener en claro su convicción de que existe un régimen político que inevitablemente no deja de estar anclado a ciertos componentes: democracia y elecciones libres, y sobre todo limpias y transparentes, pero a su vez y no menor el componente liberal, el de los derechos civiles, económicos, políticos, sociales, individuales y colectivos.
Decía y lo cito: “Siempre tené presente y recordá, en el fondo se trata de custodiar el valor de la honestidad y la honradez de la República”. Hago nuestras esas palabras y en este homenaje decido recordarlo como el hombre que con su obra y su humanidad, hizo del mundo un mejor lugar.
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