
En una entrevista reciente para la BBC, Svein Holsether, CEO de la multinacional Yara con base en Noruega, admite que a causa de la guerra y la consiguiente escasez del gas natural de los países en conflicto, la falta de fertilizantes químicos provocará una hambruna: “La mitad de la población mundial obtiene alimentos gracias al uso de fertilizantes... Y si eso se elimina, el rendimiento se reducirá en un 50%”. En otras palabras, los precios de los alimentos producidos a base de agroquímicos se van a disparar, creando una crisis alimentaria mundial.
Yara, el gigante de los fertilizantes químicos, es parte de la cadena agroalimentaria, un subsistema global que ha desempoderado y hecho dependientes de sus productos a millones de agricultores y campesinos en todo el mundo.
Un insumo clave para la agricultura es el nitrógeno. Es muy abundante en la atmósfera y hay mecanismos naturales que permiten capturarlo y hacerlo aprovechable para los cultivos. Estas técnicas agroecológicas están bien estudiadas, pero presentan un inconveniente: su aplicación a escala masiva no les dejaría ganancia a las megacorporaciones y eliminaría la dependencia de los agricultores.
Casi todo el nitrógeno que se usa como fertilizante se obtiene mediante el proceso de Haber-Bosch, que consume cantidades industriales de gas fósil para obtener amoníaco, la base de los fertilizantes nitrogenados, y Yara depende de grandes cantidades de gas ruso para sus plantas europeas.
En la entrevista el CEO admite que “alrededor de una cuarta parte de los nutrientes clave utilizados en la producción de alimentos en Europa proviene de Rusia”. Pero el gigante euroasiático también produce enormes cantidades de otros nutrientes, como potasa y fosfato, clave en la fabricación de los fertilizantes químicos que sustentan la cadena agroindustrial. Poco después de la entrevista, el gobierno ruso instó a sus productores a detener las exportaciones de fertilizantes.
Hoy, con esa región medular en guerra, los agronegociantes locales se frotan las manos mientras suben el precio del pan y calculan sus ingresos ante un mundo globalizado a las puertas de una crisis alimentaria terminal.
Ambientalistas y científicos lo vienen advirtiendo desde hace décadas: este sistema de producción de alimentos, lineal y petrodependiente, es inviable. Y la cadena de suministro de alimentos, que lejos de estar abastecida por las producciones locales hoy se basa en el agronegocio globalizado, es sumamente frágil y vulnerable.
A esto se suma lo dicho por el IPCC: a causa del cambio climático habrá escasez de agua, y antes de promediar este siglo, la mitad más pobre de la humanidad pagará las consecuencias con hambre y migraciones forzadas.
La Tierra ya no soporta más la carga que le impone nuestra forma de relacionarnos con ella. Esta sociedad termoindustrial, creada al calor de combustibles fósiles que eran baratos pero ahora son escasos, caros y peligrosos, no aguanta más.
La agroecología debe dejar de ser considerada sólo como una alternativa: es la forma de empezar a desandar el camino del hambre y la dependencia alimentaria y de valorar el trabajo agrícola.
Y los gobiernos deben garantizar el acceso a la tierra para quienes la habitan y la cuidan.
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