
En sus memorias de la Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill comparte un curioso episodio relacionado con Ucrania: en 1937, el entonces embajador alemán en Londres le pidió en privado que Gran Bretaña le diera a Alemania “libertad de acción” en Europa del Este, argumentando que el país necesitaba de aquel “espacio vital”, en el que Ucrania era una parte indispensable. Cuando Churchill respondió que tal aventura nunca sería permitida, el diplomático advirtió: “En ese caso la guerra es inevitable. No hay escapatoria. El Führer está decidido”.
Incluso sin Crimea, Ucrania conserva hoy un alto valor geoestratégico para sus vecinos. Es conocida como “el granero de Europa”, por la riqueza de su territorio, el segundo más grande del continente y con acceso al Mar Negro. Sin embargo, los protagonistas de la historia de Churchill han cambiado: ahora es Rusia quien reclama “libertad de acción” y amenaza con la guerra. ¿Estará Vladímir Putin decidido?
La diplomacia europea ha actuado con poco sentido colectivo. En efecto, los sucesivos viajes de líderes europeos a la región en las últimas semanas han formado una especie de desfile de suplicantes.
Una auténtica maniobra de distracción, así se podría describir la visita del primer ministro británico a Kiev. Boris Johnson ha intentado descaradamente desviar la atención del escándalo doméstico -las fiestas de Downing Street celebradas en pleno confinamiento- que podría incluso costarle el cargo.
La reunión de Emmanuel Macron con Putin en el Kremlin fue otro tiro al cielo. La desconfianza de París es tal que el presidente francés se negó a hacerse un test PCR de COVID-19 en Moscú por miedo a que entregara su ADN. Así, los dos líderes ni siquiera se saludaron físicamente y la conversación se dio con cada uno sentado en la cabecera de una mesa de cinco metros.
Entre Kiev y Moscú, el nuevo canciller alemán no aportó nada nuevo al proceso. Olaf Scholz agitó el arma habitual, que en los últimos años ha dañado varias economías de la Unión Europea y no ha hecho que los rusos den un sólo paso atrás: más sanciones económicas.
Por su parte, en los Estados Unidos quedó una vez más claro que la política exterior de Joe Biden dio continuidad al aislacionismo de Donald Trump: la seguridad europea hace tiempo que dejó de ser una prioridad para Washington.
El Occidente también ha decepcionado cuando, quizás debido al trauma de Afganistán, se apresuró a recomendar a sus ciudadanos que abandonen Ucrania. Asimismo, señaló que la adhesión del país a la OTAN no está en la agenda. Todo ello mientras Kiev apelaba a la calma y sostenía, con nervios de acero, que como país soberano es libre de decidir sus alianzas.
El comportamiento de las organizaciones internacionales fue igualmente decepcionante. Mientras Europa enfrentaba el riesgo del mayor conflicto armado desde la Segunda Guerra Mundial, el secretario general de la OTAN se postulaba para gobernador del banco central de Noruega. La ONU mantuvo su personal en Ucrania, pero el ya reelegido secretario general Antonio Guterres poco o nada dijo sobre el tema, toda vez que Rusia tiene poder de veto en el Consejo de Seguridad.
Habrá conseguido la Rusia de Putin alguna concesión para alejar sus tropas como se anuncia. Renunció a sus aspiraciones sobre Ucrania. Eso lo sabremos a su tiempo.
Finalmente, tenemos que mirarnos en el espejo y preguntarnos si, en este contexto, ¿fue oportuna la visita del presidente Alberto Fernández a Moscú? Ahora bien, por supuesto que no lo fue.
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