
Alguien que conoce a Máximo Kirchner desde chiquito, me escribió ayer en el mismo momento en que su renuncia a la presidencia del bloque del Frente de Todos desataba una crisis política cuyos alcances reales aún no conocemos. La fuente me dijo textualmente: “Máximo se enoja, y se lleva la pelota”. Los Kirchner tienen esa costumbre de sentirse los dueños de la pelota, de la pelota y del estado.
Si realmente el líder de La Cámpora y todos sus seguidores están tan ofendidos y mancillados en su dignidad por el acuerdo con el Fondo ¿por qué no renuncian de verdad a sus cargos, a las cajas que tienen en el gobierno y en el caso del hijo presidencial de paso renuncia a los fueros? Y aquí se encierran muchas de las respuestas que deben abrir reparos a la hora de comprender qué está pasando realmente en el gobierno.
Es imposible que una movida de estas características no sea del conocimiento de la señora Kirchner, pero además, luego del último papelón del hijo en el Congreso -que lo llevó a silencio y a cuarteles de invierno por buen un tiempo, cuando él mismo arruinó la sesión del presupuesto para el oficialismo-, es casi impensable que la autoría intelectual de esta movida irresponsable no sea de la mamá de Máximo. El día del desaguisado en el Congreso, a Máximo le puse de apodo Mínimo, pero ahora no pasa lo mismo. En sí, esta revuelta táctica y gatopardista, de cambiar todo para que ninguna caja cambie, esconde muchos peligros. El kirchnerismo, Cristina concretamente, tiene mucha capacidad de daño. Lo sabe y lo usa.
Son Che Guevaras con Rolex de diamantes, son Trotskistas con Audis, son revolucionarios con fueros y sueldos del estado. Nunca van a dejar las cajas, cualquier cosa que hagan es para asegurárselas, para salvar su relato y por supuesto para no ir presos.
Pero analicemos lo que pasa.
El Presidente quiso amortiguar el golpe, diciendo “el Presidente soy yo”, que Máximo lo había llamado, y que Cristina tampoco estaba de acuerdo con que dejara la presidencia del bloque, como si fuera un tema casi sin trascendencia, una urticaria, cuando todos sabemos que el acuerdo con el Fondo es la cuestión más sensible y vital para el gobierno y que si no existía el entendimiento el mandatario temía una corrida de mínimo y los abismos insondables del default. Si fuera realmente, tan intrascendente la cuestión, el mandatario no habría aparecido apurado en un canal de cable para tratar de aplacar las aguas cuando debería estar haciendo las valijas para viajar a Rusia. En esa aparición también afirmó que con respecto al acuerdo Cristina tiene “matices”.
Pregunta inmediata. La mamá y el nene con sus matices y todos los diputados y senadores kirchneristas ¿van a votar el acuerdo con el Fondo? ¿O lo que buscan es una mascarada en la que preserven el capital simbólico de su relato y el Presidente deba arreglárselas con los votos de la oposición y los legisladores que respondan al peronismo federal para que ellos se hagan los giles diciendo que el ajuste es de los otros? El Fondo Monetario ya había puesto como condición un consenso político amplio con la experiencia del préstamo a Macri aún muy fresca en la historia, de cerrar un acuerdo con el gobierno pero luego enfrentar el veto de una oposición entonces voraz.
Y en este punto, por qué esta reacción táctica de Máximo pone al gobierno en problemas y hace insuficientes incluso los votos que eventualmente logre el Presidente de la oposición. Primero que la oposición ya les reclamó que se pongan de acuerdo ellos y después los llamen. Lo que pasa es que también quedan en la encerrona de no ser responsables de un default si no votan un acuerdo para evitarlo. Sin embargo, la consecuencia más compleja, es que esta reacción del hijo de Néstor y Cristina, con o sin votos de la oposición, hiere mortalmente el acuerdo en un sentido. Porque un acuerdo con el FMI implica medidas de ajuste como subas de tarifas, reducción del gasto y la emisión que deben ser ejecutadas. O sea medidas que para su ejecución requieren del kirchnerismo que ocupa sillones estratégicos. Recordemos el subsecretaria atornillado a su silla que Guzmán no pudo echar y que le arruinó la suba de tarifas que le había prometido ya entonces al Fondo cuando visitaba al Papa en el Vaticano y Kristalina tenía poder.
Pero volvamos: la herida mortal al acuerdo que inflige la puñalada de Máximo es que abre dudas sobre el cumplimiento. Y un acuerdo cuyo cumplimiento está en dudas, nace en terapia intensiva.
Esto cayó como un balde de agua fría en el Fondo que tiene una posición muy expuesta en Argentina. Una funcionaria ultra k le escribió anoche a un contacto argentino de la burocracia del FMI, “estamos en guerra”, junto a un emoji de los deditos en V. Ojalá estuvieran en guerra sólo con el Fondo. EL kirchnerismo con tal de salvarse, está en guerra con la legalidad, con la república y con el progreso.
Y, queridos amigos, no es que quiera intranquilizarlos, pero en este escenario en el que se precipitan las cosas, falta aún, la respuesta de los mercados, y como Alberto Fernández viaja a Rusia y a China, en medio de esta tormenta, queda en la Presidencia Cristina.
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