
En mi casa se habla sobre educación desde que tengo memoria. Con mi mamá, maestra jardinera, nos la pasábamos debatiendo sobre qué se podía hacer para adaptar la currícula escolar a la realidad de una escuela rural, en la que me eduqué de nivel inicial a secundaria, cómo recuperar los contenidos después de un paro docente, y lo que más nos preocupaba: cómo se podía innovar para potenciar el aprendizaje de los chicos y chicas en contextos rurales. Siempre supe que era la escuela, y solo la escuela, la que me iba a dar la oportunidad de ser quien quisiera ser, y que todas estas discusiones debíamos darlas desde el sistema educativo.
Esta semana la educación se puso en el centro del debate público, y con ella, qué sistema educativo es preferible (o deseable) para que nuestra sociedad pueda salir adelante, para que cada chica y chico pueda progresar y acceder a nuevas oportunidades.
Es un buen síntoma de nuestra sociedad que el debate de la educación esté en agenda, pero se requiere del compromiso de todos los sectores políticos para que este debate hable en serio sobre lo que significa la educación en nuestro país y no se esconda en chicanas y desencuentros que nos atrasan. Por un lado, escuchamos la propuesta de los populismos de derecha que, como dijo nuevamente Javier Milei, sugieren “voucherizar” la educación, extinguiendo la enseñanza pública a favor de un “sistema eficiente”, que en la realidad funciona sólo para profundizar las desigualdades, sin tener en cuenta el esfuerzo ni las esperanzas de un futuro con progreso. Por otro lado, el kirchnerismo, los mismos que no supieron dar respuesta a los millones de chicos y chicas que quedaron por fuera del sistema educativo en el país, con una deserción escolar récord durante la pandemia y que al día de hoy sigue siendo de 500 mil jóvenes, se llenan la boca hablando de desigualdades y pobreza, cuando ese es exactamente el gran logro de su política educativa en estos últimos dos años.
Estoy seguro de que el mayor problema no está en la distancia entre estas visiones, sino en tratar de ocultar problemas complejos detrás de soluciones simples, en dar discusiones vacías y sesgadas desde las ideologías, en vez de plantear lo que falta por hacer desde lo que ya se está haciendo para alcanzar una educación pública de excelencia. Una vez más el foco termina lejos de donde debería estar: qué se puede mejorar para que la educación siga creando nuevas y mejores oportunidades para los chicos y chicas y, como me dijo esta semana Sharon, egresada de la carrera de Derecho de la UBA y de la educación secundaria pública, para que la educación sea el mismo punto de partida para todos.
En la ciudad de Buenos Aires hace muchos años trabajamos por alcanzar un sistema educativo que actúe desde la realidad. Desde un primer momento asumimos el desafío de tomar decisiones que nos acercan a una educación de excelencia, que dé herramientas genuinas a los chicos y chicas. En la pandemia ese compromiso siguió más fuerte que nunca: buscamos a todos los alumnos y alumnas que quedaron por fuera del sistema educativo e hicimos todo lo posible para que estén donde tienen que estar: en las aulas. De 6.500 chicos y chicas que abandonaron la escuela por la pandemia, fuimos casa por casa y recuperamos al 98%. Estos son 6.370 chicos y chicas que siguen teniendo la oportunidad de elegir su futuro. El compromiso está también en el valor que tiene cada día de clases, por eso nuestras escuelas no sólo dan jornadas de apoyo los sábados para quienes las necesiten, sino que también están abiertas en el verano y somos uno de los primeros distritos en empezar las clases de todo el país, asegurando 192 días de clase por año, 12 días más del mínimo establecido por ley.
En las escuelas de la Ciudad se trabaja para que los chicos y chicas tengan oportunidades reales en un mundo con nuevos desafíos: los alumnos y alumnas aprenden a programar, a escribir software y robótica. Todos los egresados y egresadas en 2021 tuvieron inglés desde primer grado, logrando así un 37% más de posibilidades de encontrar un trabajo en comparación a un chico o chica que no sabe inglés. Este año, los alumnos y alumnas de la Ciudad también van a aprender educación financiera y, quienes estén en último año de la secundaria, podrán hacer prácticas profesionalizantes e incorporar todos los conocimientos del mundo laboral a su formación.
Así como no existe el progreso sin educación, tampoco existe la igualdad de oportunidades sin una educación pública de calidad. Mientras se siga discutiendo la idea de reformas que pretenden arrasar con el sistema de enseñanza público o reemplazarlo por uno nuevo, sacando la atención de aquellas medidas concretas y respaldadas en evidencia para mejorarla, miles y millones de alumnos y alumnas pasarán sus años en un sistema educativo que no puede darles las oportunidades que necesitan para salir adelante.
Por suerte cada vez somos más los que coincidimos no solo en la importancia de la educación pública, sino también en que es hora de dejar de perder el tiempo y trabajar en acciones concretas para que todos los chicos y chicas que están en la escuela hoy tengan derecho a un futuro y la libertad de elegir quiénes quieren ser.
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