
El 13 de diciembre de 1977, la ciudad de Evansville sufrió una de las peores tragedias de su historia. Aquella noche, un avión que transportaba al equipo masculino de básquet de la Universidad de Evansville se estrelló pocos minutos después de despegar del aeropuerto local. Las 29 personas a bordo murieron en el impacto. Entre las víctimas se encontraban los 14 jugadores del equipo, el entrenador Bobby Watson, miembros del cuerpo técnico, el locutor de radio Marv Bates, personal universitario y algunos fanáticos.
El equipo, conocido como los Purple Aces, había marcado una época en la categoría universitaria estadounidense. Tras conquistar cinco títulos nacionales en la División II, la institución había ascendido a la División I, el nivel más alto de competencia en el país. Con apenas cuatro partidos disputados en su primera temporada en la élite, viajaban a Tennessee para enfrentarse a Middle Tennessee State. El vuelo representaba la ilusión de un grupo que buscaba consolidar su lugar entre los grandes del baloncesto universitario, en una universidad pequeña pero con una fuerte identidad deportiva.
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La tragedia golpeó a una comunidad que vivía el deporte con intensidad y que acompañaba a sus jugadores partido tras partido. El accidente no solo significó la pérdida de un equipo, sino también el fin de un sueño colectivo que unía a toda una ciudad.

Cómo fue el accidente de la Universidad de Evansville
El accidente ocurrió a minutos del despegue, alrededor de las 19:20 horas. El avión utilizado para el viaje era un Douglas DC-3, un modelo bimotor de hélice fabricado en 1941, que ya acumulaba varias décadas de servicio, indicó Medium. Aquella tarde, las condiciones meteorológicas eran adversas: llovía y la niebla complicaba la visibilidad. El vuelo, además, partió con un retraso de varias horas, lo que generó apuro tanto en la tripulación como en los responsables de la logística.
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Durante el proceso de embarque y preparación, se cometieron dos errores clave. El primero fue la distribución incorrecta del equipaje, que se concentró principalmente en la parte trasera del avión, lo que desplazó el centro de gravedad hacia atrás y comprometió la estabilidad de la aeronave. El segundo error, y el más determinante, fue que en la prisa por salir, no se retiraron los bloqueos de ráfaga instalados en el timón y en el alerón derecho, dispositivos que impiden el movimiento de las superficies de control cuando la aeronave está en tierra.

Cuando los capitanes iniciaron el despegue, no realizaron las comprobaciones habituales para asegurarse de que todos los controles respondieran correctamente. Al ganar velocidad, el avión despegó de manera prematura, sin alcanzar la velocidad adecuada para un ascenso seguro. Al elevarse, los pilotos se encontraron sin capacidad para maniobrar el timón ni los alerones, lo que les impidió controlar la dirección y la inclinación del aparato.
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En cuestión de segundos, el DC-3 perdió sustentación, giró bruscamente y descendió hasta impactar en una ladera cercana al aeropuerto. El accidente ocurrió en menos de 90 segundos desde el inicio del despegue, recogió Wbur. Los equipos de rescate llegaron rápidamente, pero no encontraron sobrevivientes entre los pasajeros y la tripulación.
La investigación de la Junta Nacional de Seguridad del Transporte, citada por Wbur, concluyó que la combinación de la carga mal distribuida y el olvido de retirar los bloqueos de control provocó la tragedia. Ambos errores, por separado, no habrían sido fatales, pero juntos hicieron imposible recuperar el control de la aeronave. El informe final atribuyó el accidente principalmente a un error humano, agravado por la prisa y la falta de controles adecuados antes del despegue.
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La reconstrucción y memoria de una universidad
La tragedia dejó una profunda huella en la comunidad local y en el deporte universitario estadounidense. La pérdida de las 29 personas a bordo, incluidos los 14 jugadores y el entrenador Bobby Watson, significó no solo el fin abrupto de una temporada, sino también la desaparición de una generación entera de jóvenes deportistas que representaban el orgullo de la universidad.

La ciudad de Evansville, íntimamente ligada a la trayectoria de los Purple Aces, quedó sumida en el dolor. El impacto fue tal que, según narró Patrick Wathen, reportero del Evansville Courier en 1977, la noticia “desgarró por completo el tejido de la comunidad”, según recogió Wbur. Las familias y allegados de las víctimas vivieron días de incertidumbre hasta que se identificaron los cuerpos, muchos de los cuales fueron trasladados a sus ciudades natales para ser sepultados junto a sus seres queridos.
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El único miembro del equipo que no viajó en el avión, David Furr, tampoco escapó a la tragedia. Dos semanas después del accidente, él y su hermano murieron en un accidente automovilístico, lo que sumó un capítulo aún más doloroso a la historia del equipo, agregó Medium. El nombre de Furr figura junto al de sus compañeros en el monumento conmemorativo que hoy existe en el campus universitario, compuesto por una fuente con 29 tubos que simbolizan a cada una de las víctimas.
La universidad debió reconstruir su programa de básquet desde cero. El golpe emocional y deportivo fue enorme: durante años, el equipo no logró recuperar el nivel que lo había llevado a la élite. A nivel institucional, la tragedia reforzó los lazos dentro de la comunidad educativa y dejó lecciones sobre seguridad y memoria. La historia de los Purple Aces sigue presente en la memoria colectiva de Evansville. Cada aniversario del accidente la universidad realiza actos de homenaje, recordando las palabras del entonces presidente Wallace Graves: “De la agonía de este momento nos levantaremos”. A día de hoy, la catástrofe aérea es considerada la peor en la historia del básquet universitario en Estados Unidos.
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