
“Los maestros no quieren usarlos”, afirmaban resignados en la Junta de Educación de Massachusetts en 1817. “Puse frente a mis alumnos una pizarra grande negra, con superficie no reflectiva, en donde dibujé el contorno de nuestro país, con diferentes colores”, había explicado antes James Pillans, inventor del pizarrón. Hoy la mayoría de los docentes considera imprescindible al pizarrón.
La innovación siempre genera resistencia.
Allá por el año 1992, llegué a la Agencia 11 de la DGI vestido con un ochentoso traje verde cruzado. “Qué lástima que viniste así vestido, tenés que ir al sótano a ordenar declaraciones juradas por número de CUIT”, me dijo mi jefa apenas me saludó el primer día.
Estimé que habría un millón de DDJJ en ese sótano y, con un par de compañeros, empezamos a ordenar. Iba bastante rápido, lo que me generaría problemas pero, en ese momento, me daba orgullo. Era como un Excel Humano.
Esa tarea, hoy, parece denigrante. Es claramente algo que tienen que hacer las máquinas, “para eso están”. Ese trabajo no dignificaba nada.
Duré unos meses, cobrando trescientos pesos de esos convertibles, y me fui a probar a otro lugar. Ya estudiaba la licenciatura en Economía de la que, años después, me gradué. Con honores. Para no trabajar nunca más de economista.
El mundo cambia, y cada vez lo hace más rápido.
Sin embargo las carreras, todas ellas, están pensadas para un mundo más estable, en donde ordenábamos por número de CUIT a mano, con traje verde cruzado, en un sótano caluroso.
Las carreras son, hoy, demasiado largas y compartimentalizadas.
¿Cómo desarrollar jóvenes innovadores?
El mundo del futuro necesita protagonistas que no tengan miedo a equivocarse -porque es inevitable que suceda- y seguir buscando -porque es inevitable que el mundo cambie, una y otra vez.
Imaginemos que diseñamos una sociedad desde cero… Pensemos, ¿cuál es el mejor momento para que las personas elijan una carrera?
Puede ser a los cinco años; a esa edad muchos lo tienen claro. En una encuesta reciente en Linkedin a más de 1.400 personas encontré que el 35% hubiera sido “Científico loco/Astronauta”, 39% “Deportista/Artista” y, por suerte, solo 9% “Súper Héroe”. La presión podría haber sido terrible para esos niños, ¿no?
También podríamos empujar a los adultos de 45 a elegir su profesión, especialidad, a qué se van a dedicar: por lo recorrido ya lo tienen claro. Además cuentan con mucho camino por delante. La expectativa de vida al nacer sigue aumentando en la Argentina: hace 100 años era 30; hoy ya pasó a 76… Y para alguien de 45 es más cercana a 80: le quedan muchos años de trabajo.
A los 5 o a los 45 parece más fácil. Sin embargo, forzamos a los humanos a elegir en el peor momento de su vida: ¡a los 17 años! Es absurdo.
Pero es lo que es. Entonces, lo único que nos queda es ayudar a esos adolescentes a elegir y, sobre todo, reducir el costo del garantizado “fracaso”: es una etapa de experimentación en donde los estudios y el trabajo, entre tantas otras cosas, tienen que ser probadas en carne propia. No hay aquí una “Guía del Estudiante” ni una “Guía de Empresas” que acorte el camino. Y las pasantías son parte de esta experimentación: el fracaso tiene un costo muy bajo, el aprendizaje potencial es enorme. Aún cuando algunos terminemos como Excels Humanos por un tiempo.
Hay dos tipos de adultos, los que hicieron la carrera que los demás querían y los felices y exitosos.
Cada generación rechaza los pizarrones del momento y exige a la siguiente según su propio paradigma. Los que lo rompen, son los que pueden llegar a tener éxito.
En la formación de personas no hay atajos.
Fracasemos rápido, pero hagámoslo aprendiendo.
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