
La diplomacia argentina no parece encontrarse en un buen momento. Un número de circunstancias en política exterior empiezan a erosionar intereses estratégicos. Un caso es Malvinas al haberse desatendido, entre otras cuestiones, esferas del soft power multilateral como son los organismos y federaciones deportivas. Un par de ejemplos en los últimos dos años, lo pone de manifiesto. Recientemente, las Islas Malvinas se incorporaron a la Federación Internacional de Tenis de Mesa (ITTF) como entidad independiente y utilizando la denominación colonial en lugar de la usada en Naciones Unidas desde 1966. La admisión al ITTF fue aprobada con el apoyo de 96 países, 33 en contra y 13 abstenciones. Nunca antes la Argentina había enfrentado una votación tan adversa.
Otra situación de efectos prácticos similares ocurrió en el 2020. La Falkland Islands Badminton Team participó (con ese nombre y bandera ilegal) en la edición Bádminton PanAm en Brasil con el apoyo de la Federación Mundial de Bádminton (BWF). Que ese hecho, que representa un desconocimiento de la existencia de la disputa de soberanía entre Argentina y el Reino Unido, haya tenido lugar en Salvador de Bahía, pondría en evidencia serias falencias de gestión diplomática ante Brasilia como con la BWF. El peligroso precedente ya había ocurrido en el 2012 en San Pablo en la XXVII Copa Internacional de Bádminton donde Malvinas fue aceptada como entidad autónoma.
Estas referencias plantean la reiteración de una praxis diplomática que merece reflexión y, al mismo tiempo, sugiere una ausencia de creatividad estratégica. Es desilusionante que el deporte no sea explorado como instrumento de acercamiento y reducción de diferencias. Diversos ejemplos internacionales lo muestran como herramienta útil para acercar posiciones polarizadas. El ping pong, por ejemplo, fue punto de deshielo para el establecimiento de relaciones diplomáticas entre EE.UU. y China en 1979. Las dos coreas compiten y marchan juntas en los Juegos Olímpicos bajo la bandera de la Unificación. La Copa Mundial de Rugby fue el escenario que aprovechó Nelson Mandela para construir la unidad de Sudáfrica.
Existen algunos hitos deportivos respecto a Malvinas que merecen ser recordados. En 1939, jugadores argentinos de rugby, voluntarios para defender a las Islas de un eventual ataque alemán, integraron Los Tabaris Highlanders y dieron lugar a lo que se podría considerar como la primera competencia deportiva entre Argentina y la colonia británica. En 1976, un equipo de fútbol de las islas jugó con uno de Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF). Un jugador histórico de Malvinas, James Peck, de doble nacionalidad argentina británica, fue el mayor goleador isleño. Otro, Martyn Clarke, estuvo a prueba en 1999 en Boca Juniors.
En la maratón de Puerto Argentino, certificada por la Asociación de Maratones Internacionales y Carrera de distancia, han figurado corredores argentinos incluidos ex combatientes de la guerra de 1982. Otro ejemplo, fue la competencia del Sub 16 de hockey sobre hielo con la selección isleña (llamada Stanley y no Malvinas). Más allá del resultado (6 a 1 a favor de Argentina), ambos combinados mantuvieron una relación estrecha e incluso realizaron entrenamientos conjuntos. Esa atmósfera fue ponderada por la prensa en Miami al no ser Malvinas reconocida por la Federación Internacional de Hockey.
Es hora que Argentina y el Reino Unido hagan un mejor uso de iniciativas prácticas para relanzar el proceso diplomático bilateral en torno a las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sándwich del Sur. El deporte ofrece una oportunidad. También para generar respeto mutuo y fomento de la confianza como lo hicieron Los Tabaris Highlanders. A casi 40 años del conflicto del Atlántico Sur, el tema debería merecer reflexión tanto en Buenos Aires como en Londres.
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