La crisis mundial del 30 del siglo pasado fue un punto de inflexión en el orden económico mundial. La revolución tecnológica de la primera globalización (barcos transatlánticos, trenes, telégrafo, teléfono, electricidad) había vertebrado geografías dispersas e interrelacionado el mundo promoviendo los intercambios de bienes y servicios. La división internacional del trabajo auspiciada por la derogación de la ley de granos en Inglaterra que protegía con un arancel la producción agrícola (1846), y el “patrón oro”, dominante en las transacciones financieras internacionales, habían consolidado los cimientos para una sostenida expansión del comercio mundial. La primera Guerra mundial introdujo un paréntesis y señales de alerta, pero el crack bursátil de 1929 y la depresión económica subsiguiente dinamitaron los cimientos de aquel orden global. El reacomodamiento fue traumático. Se sucedieron las devaluaciones competitivas, las barreras arancelarias y para-arancelarias, el cierre de las economías y la necesidad de sustituir importaciones en un mundo donde declinaron los flujos de intercambio financieros y comerciales.
La Segunda Guerra mundial profundizó las políticas de autarquía y las visiones nacionalistas del desarrollo. Pero pasada la guerra, con las instituciones financieras surgidas de los acuerdos de Bretton Woods y los acuerdos arancelarios en sucesivas rondas (GATT por sus siglas en inglés), el comercio mundial volvió a tener una fuerte expansión potenciada hacia finales del siglo pasado y en las primeras décadas del presente por la segunda globalización cimentada en una nueva revolución tecnológica que acerca distancias e intercomunica al instante (aviación comercial, y tecnologías de la información). Primero Japón, luego los “tigres asiáticos”, y en estas últimas décadas, China y Vietnam, entre otros, todos con un crecimiento liderado en principio por las inversiones y las exportaciones, fueron los grandes ganadores de esta nueva etapa de expansión del comercio mundial.
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Los datos estadísticos son contundentes para probar que la Argentina tuvo una inserción estratégica exitosa en aquella primera globalización, y, una inserción de errática a fallida en la segunda. A partir de la crisis del 30, y de la nefasta ruptura de la legitimidad democrática en ese año, empezamos a deambular en las relaciones internacionales, con realineamientos de ocasión y pérdida gradual de protagonismo en la escena internacional.
Según datos de las series “Dos siglos de Economía Argentina” de la Fundación Norte-Sur, la tasa de inversión bruta promedio de la Argentina entre 1857 y 1929 fue del 25%, con picos de casi el 50% en algunos años de la década del 80 del siglo 19, y del 35% en algunos años de las primeras décadas del siglo 20. La tasa de inversión bruta promedio entre 1930 y la actualidad fue del 17%, con caídas muy significativas tras las crisis del 2001 y del 2020, cuando la inversión neta fue negativa (no repusimos ni el capital desgastado). La tasa de crecimiento promedio entre 1857 y 1929 fue del 5,2%, mientras que la de 1930 a la actualidad fue del 2,4%, con muchos más interregnos de estancamiento y caída. No sólo cayó la tasa de inversión bruta, también la calidad de la inversión, como lo prueban otros datos que registran la evolución de la productividad total de los factores.
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En conclusión, se invirtió menos, y la inversión bruta en capital fijo (plantas, equipos, maquinaria, construcciones, etc.) fue de menor calidad. Suele haber una confusión entre los ideólogos del consumo orientado al mercado doméstico con exportación de saldos. Se guían por la alta participación del consumo en la demanda agregada (entre el 70 y el 80%) para subestimar la importancia de la inversión bruta y repetir programas de reactivación del consumo interno sostenido por un gasto público con financiamiento inflacionario. Pero las series largas prueban también con datos duros que en el período de mayor inversión bruta promedio hubo más consumo y más exportaciones. En efecto, el consumo doméstico en el período 1857-1929 fue en promedio del 87% del producto, contra el 82% en el período siguiente. A su vez, las exportaciones promedio en el primer período tuvieron un peso relativo del 18% en el producto, mientras que entre 1930 y la actualidad su participación promedio se redujo al 13% del producto. Sí, la Argentina que crecía a tasas promedios por año del 5,2% retroalimentaba un circuito virtuoso de más inversión, más consumo y más exportaciones. Es obvio que esa demanda agregada en crecimiento también se nutría de mayores importaciones por el lado de la oferta.
Esa fue la Argentina que atrajo capitales y radicó inmigrantes, y que en las primeras décadas del siglo pasado estuvo entre los top ten en ingreso per cápita en el mundo. La Argentina de la segunda etapa es la de la reorientación productiva al mercado doméstico, al principio forzada por las secuelas de la guerra, después motorizada en la operatividad de un capitalismo corporativo de sustitución de importaciones que truncó la viabilidad de un despegue industrial exportador. Es la Argentina del “desdesarrollo”, que expulsa capitales y recursos humanos, y que, tras sucesivas crisis, suma niveles ultrajantes de pobreza y exclusión. Es la Argentina que debe replantear su rumbo, su reinserción estratégica en las relaciones internacionales, y un modelo de desarrollo con eje en el valor agregado exportable a partir de la región. Para que la estabilidad económica vuelva a ser sostenible, para que la moneda doméstica vuelva a ser reserva de valor, y para que el ascensor social sustituya con empleo la dádiva clientelar.
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