
Estamos acostumbrados a escuchar hablar de filosofía en la vida adulta, cuando el pensamiento llega a su pleno desarrollo, cuando podemos interpretar ideas abstractas y estudiar sistemas de pensamiento de grandes autores.
Sin embargo, la filosofía está al alcance de la mano, cuando nos cuestionamos, cuando nos planteamos temas que nos preocupan de la vida cotidiana, cuando nos interrogamos o reflexionamos sobre lo que nos sucede a diario. ¿Estoy enamorado/a? ¿Estoy actuando bien? ¿Qué es vivir? ¿Hay forma de morir dignamente? ¿Existe Dios? Estas son sólo algunas preguntas que algunos se han hecho alguna vez por el solo hecho de ser humanos y que cada uno tendrá una forma especial de responderse.
¿Para qué sirve la Filosofía para niños?
La filosofía para niños busca fomentar la actitud que tienen en común los filósofos con la infancia, es decir, la curiosidad por todo lo que les rodea. Las comúnmente “molestas” preguntas de los chicos, por qué y para qué, propias de una determinada etapa del desarrollo del niño, son el modo de vida de los filósofos, quienes nos ayudan a entender el mundo. Sin embargo, dicha actitud infantil generalmente es cercenada por los adultos, haciéndoles creer que no es bueno hacer tantas preguntas.
La filosofía en la infancia puede ayudar a desarrollar habilidades de pensamiento, o sea, habilidades cognitivas, comunicacionales, sociales y emocionales. A través de ella, lo niños podrán interpretar por sí solos algunas ideas, podrán desplegar su creatividad, podrán buscar nuevas respuestas a las ya planteadas por otros, podrán pensar si es buena o mala tal acción o si es bello el cuerpo ideal que muestran las revistas de moda. Es decir, podrán ir encontrando sus propias respuestas y no las que los otros tienen pensada para ellos.
Fomentar una actitud de búsqueda constante es el gran objetivo de una filosofía para los primeros años. Y se puede lograr con un conjunto de relatos filosóficos sencillos, acordes con la edad, los cuales sirven como textos de lectura y como disparadores para la discusión filosófica.
“Si queremos adultos que piensen por sí mismos, debemos educar a los niños para que piensen por sí mismos”, señala Matthew Lipman, un investigador en la temática. Sus libros infantiles son un clásico para abordar la filosofía con los más pequeños. Pixi, por ejemplo, es un extraño personaje, en la novela homónima de este autor, quien se preocupa por el lenguaje y la relación con los otros y reflexiona en torno a la amistad. El planteo de Lipman es tomar temas tradicionales de la historia de la filosofía y, mediante un conjunto de pautas metodológicas, cuidadosamente planificadas y experimentadas, rescatar la curiosidad y el asombro de los niños. El gran objetivo es ser capaces de entender el punto de vista de los demás y esforzarse por descubrir el sentido del mundo.
La empatía, la solidaridad, el compromiso, el respeto a la vida propia y de los demás, entre otras tantas habilidades sociales, se aprenden, pero para eso deben ser enseñadas. La escuela podrá ser el lugar donde, desde el Nivel inicial, se hable de estos y otros tantos temas que nos preocupan como sociedad. La convivencia en la vida adulta no es producto de un milagro, es el resultado del diálogo y de la reflexión para lograr la tan mentada construcción ciudadana.
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