
El próximo 14 de noviembre tendrán lugar las elecciones legislativas de medio termino y cualquiera que sea el resultado el gobierno no cambia, y tiene por delante 25 meses más de mandato, dividido en su conducción y hasta el presente sin plan para ejecutar ni consensuar.
Las alternativas desde luego son tres, con sus posibles y probables efectos:
1. Gana el oficialismo: radicalizará las medidas populistas que solo acelerarán la crisis económica financiera, social y la situación externa;
2. El resultado es parejo: la gobernabilidad será un tira y afloja que conducirá a la inacción, la incertidumbre y aceleración del derrumbe de la actividad agregada y deterioro de las principales variables macroeconómicas; y
3. Gana la oposición: se radicalizará Cristina Fernández de Kirchner y apelará a todo lo que la ley le permite y a lo que no para mantener el poder y evitar las responsabilidades penales que le puedan corresponder por las denuncias de ilícitos en los que está involucrada y procesada.
No voy a reiterar las gravísimas condiciones que el país atraviesa en todos los órdenes, se conocen y padecen, pero sí y al azar se observan algunos hechos y actitudes que ejemplifican el estado de extravío e irresponsabilidad de quienes gobiernan; la carencia de programas; y la indefensión general, con los peligrosos riesgos que esto implica. Porque:
1. Durante casi 2 años de negociaciones con organismos internacionales el Gobierno continúa conduciéndose en el absurdo, temeroso y resbaladizo camino de la indefinición y contradicción con el principal acreedor el FMI. Tan alocada es el manejo del presidente Alberto Fernández que en momentos en que el ministro de Economía, Martín Guzmán, junto al presidente del Banco Central, Miguel Pesce, trataban en Washington de negociar con técnicos del organismo la deuda por USD 44.000 millones, se embarca con destino a Washington el Jefe de Gabinete, Juan Mansur, para sumarse a la misión argentina y reunirse con inversores; y el Presidente, en un acto público en Tucumán declara: “No a la deuda”.

De ahí que se sumen las dudas entre los agentes económicos, se agrave el malestar en el sector empresario, y también entre los trabajadores, y se afirme el índice de Riesgo País por arriba de los 1.600 puntos básicos -una sobre tasa de 16% anual en dólares sobre el rendimiento de los Bonos del Tesoro de los EEUU-. No se comprende el significado y las consecuencias de no arreglar con el FMI un nuevo perfil de vencimientos.
Y de continuar así se corre el riesgo de caer en un nuevo default de la deuda externa de la Argentina, el décimo de su historia, cuyo resultado, a no dudar será la hiperinflación, y el nivel de la actividad económica provocará daños a todos los sectores de la población llevándonos a más pobreza e indigencia.
2. El Banco Central preocupado por el valor del dólar por motivos políticos y electorales pierde diariamente reservas para mantener el valor del peso, continua con la descontrolada emisión monetaria y, al igual que el Tesoro, emite deuda que no podrá pagar, y por tanto recaerá sobre las espaldas de todos los argentinos, pese a que estatutariamente tiene por fin “la estabilidad monetaria, la estabilidad financiera, el empleo y el desarrollo económico con equidad social”.
3. El mercado de capitales hace ya muchos años que dejó prácticamente de existir, o está en su mínima expresión, ya que de las 669 empresas cotizantes en las pizarras de la Bolsa de Comercio de Buenos Aires en 1962, hoy, 59 años después, solo lo hacen casi un centenar. Por su parte es un mercado sumamente volátil por su dimensión, igual suerte corren los papeles que simultáneamente cotizan en Wall Street, porque son dependientes de otras plazas y sujetos a las oscilaciones de los mercados mundiales, sumando desde luego que están expuestos a la extrema imprevisibilidad local y debilidad macroeconómica).

4. Persiste el festival de regalos, dádivas, planes sociales que no llegan a sus verdaderos y necesitados destinatarios, total “Pagadiós”.
5. Continúan los subsidios al consumo de servicios públicos, que solo beneficia a los funcionarios y empresarios que acuerdan las tarifas, porque de forma indirecta pagan todos los argentinos.
6. La educación en la Provincia de Buenos Aires está sujeta a los intereses políticos y conveniencias personales del sindicalista Roberto Baradel, la antítesis de Domingo Sarmiento, ya que es quien más daño infringió e infringe.
7. La seguridad es un sofisma que solo es inseguridad institucionalizada y bandas mafiosas de narcotraficantes que dominan y controlan ciudades que nos recuerdan al Chicago de los años 20 y 30 de los EE.UU.
La lista puede seguir, pero es claramente descriptiva de la realidad. En esta instancia atípica del desequilibrado sistema de poder existente en la Argentina, las internas cruzadas entre el Presidente y la vicepresidente son de extrema tensión y mutua desconfianza.
Todas estas políticas erradas, desconcertantes e imprudentes solo acrecientan las desigualdades económicas y sociales entre los ciudadanos, profundizan las quiebras de pyme, pero fundamentalmente agravan las desigualdades y diferencias regionales castigando con más dureza a las provincias más pobres.
No quiero seguir sumando pálidas a las ya expuestas, pero esto requiere de una reflexión y análisis sensato, serio y coherente, y la pregunta es ¿Pensamos continuar con este desgobierno y anomia? ¿Qué pensamos hacer? El voto es la oportunidad de generar el cambio.
Habría que exigir a quienes se postulan en las elecciones que expongan sus planes de gobierno con precisiones y no generalidades que nada dicen y a nada se comprometen.
Hay que votar por la democracia y la república recordando al estadista e historiador francés Adolphe Thiers, autor de la valiosa “Historia de la Revolución Francesa”. Decía: “La república es la forma de gobierno que menos nos divide”.
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