
Hay dos tipos de países y dos inclasificables: los capitalistas, los socialistas, Argentina y Japón. Esta era la frase que por los años 80 se usaba para explicar las economías del mundo. Si se nos permite extrapolar esta metáfora a la política de hoy, bien podría decirse que Japón quedó sola luego de las elecciones PASO de nuestro país.
Argentina reaccionó con cierta lógica desde las urnas. Se encuadró en la razonabilidad de la acción y reacción electoral. Un país con 50% de pobreza, con 50% de inflación, con la inseguridad desbordada, con 112.000 muertos por COVID enfrentado con impericia, a veces, con tozudez de cuarentenas inexplicadas y vacunas mal gestionadas, respondió castigando al Gobierno con una paliza electoral. Porque lo de este fin de semana es una paliza, sin eufemismos, ante la mala gestión gubernamental.
El peronismo tiene claro su máximo valor. No son las 20 verdades ni la movilidad social ascendente. El peronismo, ese movimiento que aspira a tener el poder por derecha o por izquierda, se cuadra frente al que gana y repulsa al perdedor. Puro instinto de conservación. Por eso hoy, Alberto verá como sus socios (?) lo niegan tres veces antes de que cante el gallo.

Desde afuera no se puede dejar de ver que los votos de castigo sacuden a Cristina Kirchner, a Sergio Massa, a Máximo Kirchner, a los sindicatos y a los movimientos sociales. Que el justicialismo lance su maquinaria para encontrar el chivo expiatorio bajo el lema de “los votos duros los conservamos. Los otros los perdió el de Olivos con sus fotos, fiestas y lengua torpe” (es un textual de alguien que entra sin llamar al Patria), es una engaña pichanga de los anticuerpos peronistas para no reconocer la derrota.
El cristinismo y sus socios jamás podrán reconocer con sinceridad el sopapo. ¿Alguien imagina a Cristina Kirchner asumiendo que sus cartas a sus fieles denunciando funcionarios que no funciona, persistiendo en la reforma judicial a su medida, cruzando a Martin Guzmán de manera pública, fueron también repudiadas este domingo? ¿Podrá Sergio Massa asumir que ya no cuenta con ese autodesignado caudal de votos para hacer imbatible al peronismo unido? ¿Tiene claro que hasta en su patria tigrense perdió la elección a concejales por 5 puntos y casi 6 a diputados? ¿Se toma nota que a la Cámpora le dieron la espalda hasta en lugares incontaminados por otro movimiento que no fuesen ellos como por ejemplo en Quilmes? ¿Los sindicatos peronistas saben que son también los padres de la derrota como los movimientos sociales?
Es verdad que pocas veces se ha visto a un Presidente que cumpliera el camino de meter la pata con tanta prolijidad como Fernández. A la soberbia le sumó la ausencia de plataforma de conocimientos y destreza para serlo. Porque un soberbio suele basarse en algún don propio para ejercer la petulancia. No es el caso. Sin embargo, sería de una injusticia universal reducir la derrota a quien temerariamente ocupa el Sillón de Rivadavia y, cómo no, destituyente. No hay ninguna posibilidad de leer en las elecciones o en el discurso opositor un intento de evitar que Alberto llegue hasta el 10 de diciembre de 2023. En todo caso, si el kirchnerismo y sus aliados quieren reducir daños señalando al Presidente, propone un callejón sin salida para él. Decir que “Alberto lo hizo” es rodearle la manzana al que apenas firma primero en la coalición que gobierna.
¿Cómo se sale de esta encerrona? Como se sale leyendo los resultados renglón por renglón, de izquierda a derecha de la hoja electoral. Sin inventar hermenéuticas estrambóticas. La mayoría del país, sin metáfora, le dijo que no a la gestión general del gobierno. Una opción es corregir, convocar a los que piensan distinto y accionar. La otra, seguirle gritando al espejo y estrellarse contra él. Hasta ahora, se escucha mucho gritón y, sí, gritona, indignados. El espejo está a la vuelta de dos meses.
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