
El Presidente augura nuestro pronto renacer. Digamos que de alguna forma nos está permitiendo soñar en lo imposible. Alberto Fernández es quién hace inútiles esfuerzos para intentar mostrarnos ese camino donde en apariencia podremos recuperar el destruido nivel educativo, donde volveremos a tener nuestros empleos, donde se reabrirán las puertas de nuestras empresas y donde renacerán aquellos emprendimientos sepultados durante la cuarentena. Incluso hasta parece que podremos gozar de más y mejor salud.
En plena campaña electoral nos enteramos a través de las palabras presidenciales que lo peor parece que ha quedado atrás. Incluso mejor aún: se vienen tiempos de goce, fiesta y disfrute. Lo que no sabemos bien es como lograremos tamañas sensaciones de placer.
Ya lo había dicho Alberto Fernández en mientras el mundo era azotado por el coronavirus, cuando estando junto al presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, le transmitió en palabras (y sin ningún reparo) que juntos cambiarían el mundo. El mundo no lo cambiaron, pero seguramente nuestro Presidente ha logrado cambiar nuestro querido país.
Detrás de la realidad fantástica que se plantea, vive e intenta expresar Fernández existe una realidad distinta, verdadera, real y por sobre todo, muy cruel. Su decreto de confinamiento eterno nos ha dejado en uno de los peores puntos de la historia del país. La pobreza se ha multiplicado en cada rincón, los locales comerciales se fueron apagando hasta finalmente bajar sus persianas, las empresas se fueron perdiendo detrás de la incomprensión oficial, los emprendimientos se fueron llenando de fracasos y tristezas, y los chicos que se hicieron de un futuro más sombrío que el que ya llevaban en sus pesadas mochilas: los dejaron de educar por un interminable período de tiempo, lo que hará con seguridad que ellos tengan que pagar las consecuencias de tamaña estupidez durante todo el resto de sus vidas.

La vida que queremos es esa vida que usted nos ha quitado señor Presidente. Nos ha dejado sin fuerzas, sin trabajo, sin empresas, sin amigos y sin miles y miles de personas que han muerto, muchas por cuestiones de la vida claro está, pero muchas otras por la negligencia, la corrupción y la desidia de su gobierno. Nos costará años recuperar nuestras actividades, profesiones, pymes, emprendimientos y empleos que sus acciones nos ha hecho perder, casi sin razón más que el propio abandono hacia todos nosotros. La economía no se recuperará en mucho tiempo: incluso usted dejará su cargo y faltará mucho por recuperar. Las vidas no las recuperaremos jamás y el recuerdo de lo que nos está dejando, tampoco podremos olvidarlo. No culpe a nadie porque quién ha tomado las decisiones ha sido usted, solo usted.
No nos engañe más, no volveremos a vivir la vida que queremos, que tuvimos o que alguna vez soñamos, o al menos no podrá ocurrir mientras usted no tome las riendas de la realidad, de nuestra realidad. No intente convencer a parte de la sociedad sobre un país que no tendremos, o al menos no lo tendremos por ahora. Ya usted nos dijo que no le importaban 10% más de pobres, y tuvo razón: no le importaron. Esa gente que hoy no tiene nada, no lo tendrá tampoco mañana ni después de las elecciones, ni seguramente tampoco mientras esté el populismo gobernando nuestras almas, ese del cual usted hoy es su líder. No confíe en nadie y solo intente ver a la Argentina con nuestros ojos: allí solo verá miseria y desolación. Y cuando con los ojos de la realidad intente buscar en ese horizonte el futuro, por desgracia no podrá encontrarlo, porque simplemente no existe tal cosa.
Reaccione Presidente, no haga que la sociedad le reclame por el resto de la eternidad el haber transformado a la Argentina en una gran villa miseria donde lo único que se le recuerde sea un dedo levantado, algún tono de voz exacerbado y se lo tengan en como aquel cruel verdugo de nuestro futuro.
Deje de lado todo lo que implique soberbia, irrealidades y por sobre todo, deje de lado la ceguedad. El país no da más, no podemos más. Necesitamos un proyecto de país en serio, donde la meritocracia, el esfuerzo, la educación y la justicia sean parte obligada del paisaje. El goce no está en sus planes sociales, ni en sus tarjetas alimentar ni menos aún en su populismo extremo, sino que el verdadero goce está en que podamos ser libres y dignos. Deje de hacer mediocre a la Argentina. Su gobierno debe comenzar a gobernar dejando de mirar hacia el pasado como lo hizo hasta ahora. Un país se lo gobierna bien solo cuando se lo hace mirando hacia el futuro.
Muchas gracias señor Presidente.
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