
La Cumbre Biden-Putin, en Ginebra como sede neutral, reviste importancia estratégica al restablecer el diálogo diplomático y en particular sentar bases en el campo de la seguridad internacional. Mientras Vladimir Putin se estrenó con Bill Clinton en la Casa Blanca y mantuvo encuentros con cuatro presidentes norteamericanos en las dos décadas en el poder, Joe Biden, como senador o vicepresidente de Obama, fue durante el mismo tiempo parte del ejercicio diplomático de la Casa Blanca respecto al Kremlin. Por lo tanto, ha sido una reunión entre dos personas que conocen bien los agravios y entredichos bilaterales. También saben lo que significa China para uno u otro.
El encuentro, con una coreografía meticulosamente preparada, no parece haber tenido imprevistos. Ninguno mostró interés por mantener relaciones personales cálidas. Tampoco ocultaron desconfianza ni transmitieron coincidencias en múltiples temas delicados de política exterior. Sin embargo, el encuentro rebaja la tensión y dejaría como resultado, además del regreso de los respectivos embajadores (retirados en abril), una agenda de temas a considerar por las Cancillerías entre los que se destaca, el reconocimiento de la necesidad de una reducción cuantitativa de los respectivos arsenales nucleares para eventualmente concluir un nuevo tratado de armas estratégicas que de actualidad al START, prorrogado hasta 2026. La ciberseguridad fue otro punto en el que acordaron negociar para pactar 16 infraestructuras intocables y de importancia vital (se ha usado el término “off limits”), y que en ningún caso pueden ser objeto de ciberataques.
El presidente Joe Biden ha enfrentado al presidente Vladimir Putin con la ventaja de haber reordenado las relaciones trasatlánticas en Cornualles. Putin lo hace tras haber conversado con Xi Jinping. En ese marco, las cartas estaban echadas en planteos de estabilidad estratégica como en lo relativo a desencuentros sobre Ucrania, Europa Central, el Báltico y áreas críticas como Irán, Siria y Afganistán e incluso Venezuela o Nicaragua. Respecto al Ártico las diferencias parecen mantenerse. Biden habría enfatizado que debe ser una zona libre y sin trabas a la navegación.
La conferencia de prensa individual de ambos mandatarios permite presumir la vocación de deshielo a través de un mayor pragmatismo mutuo. El presidente Biden puso de relieve que el futuro de la relación dependerá del comportamiento de Rusia en términos de valores democráticos y respeto por los derechos humanos. En un giro notable con relación a su predecesor, transmitió que las líneas rojas con el Kremlin están marcadas por las cuestiones que refleja la Declaración de Carbis Bay del G7.
La Cumbre ha reflejado una cierta asimetría. Para el presidente Putin el acercamiento con Estados Unidos parecería esencial para disminuir demasiados frentes abiertos, incluso económicos. Para el presidente Biden quizás tenga un alcance diferente y sea una ficha táctica para encarar la rivalidad con China. El tiempo dirá si el espíritu mostrado en Villa La Grange de Ginebra da resultados de mayor contención diplomática entre Washington y Moscú. Las próximas sesiones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y la Cumbre del G 20 en Venecia, serán escenarios a observar.
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