
Escucho por tercera vez “No time to die”, la canción emblema, el sello de cada uno de los James Bond que desde el inicio me lo hicieron pasar tan bien -se hace esperar la próxima, de ese nombre-, y quedo encantado. La voz se arrastra cuando empieza, entre sexual y agónica, hasta que los instrumentos la hacen subir y subir hasta cierto estremecimiento. Se trata de Billie Eilish, la estrella mayor que gobierna la música. Personalísima, suntuosa y comercial con muchos mercados, aspecto que ha cambiado en los recientes Grammy desde el pelo verde hasta el corte de pelo que juran de moda, el shag. Millones corrieron a hacérselo, ya rubia.
A los trece compuso, cantó y reunió millones de seguidores con “Ocean eyes” y no paró más. Ahora, con 19, pone el brote de la adolescencia, pero no de manera habitual con rabia contenida, sino de un modo subterráneo, de tripa o, al revés, surgente como un geiser. Sobre todo como expresión de música a secas, aunque inaugura nuevas formas del tiempo en muchas direcciones. La pequeña Billie hace bien las cosas al punto de impulsar un claro ida y vuelta de generaciones: Billie compone y canta tal como lo hace, pongamos, Tony Bennett a los 90 -final y Alzheimer: solo recuerda las canciones aunque tal vez no su sentido-, porque se trata del poder luminoso de la música. En las dos puntas, como siempre será.
Billie Eilish tiene entre otros nombres Pirate (pirata) y el apellido es O’Connell, tronco irlandés como tantos creadores de la música, ya sin diferencias entre popular y culta: Lennon, McCartney, Ed Sheeran, Gallagher, Geldof, una infinidad. Nació en Los Ángeles la a veces soñolienta -lo parece-, párpados caídos, mejillas rellenas, chiquita Billie. No es un invento industrial -algo, sí, es probable: también es una máquina grande-, pero puede decir como dijo después de cantar en la fiesta del Oscar: “Todo eso fue una mierda, con todos los actores y eso. Lo hice mal. Prefiero estar con músicos”. Se mueve con libertad y carácter.
Ha cantado en dúos con la revolucionaria catalana y flamenca Rosalía, con Justin Bieber, con Alicia Keys. Prueba. Es una campana que llama a tiempos de refresco, pero sin abandonar la fuerza que la hace nacer con una musicalidad propia, sin canciones pegadizas ni hits premeditados. Es algo aparte.
Me cuentan que en la pobreza y la plaga se hacen planes para contratarla y a su equipo, el mínimo, y verla aquí. ¿Cuándo? No puede saberse. El precio es muy, muy alto y estamos como millones de soledades sin brújula. Alguna vez.
Yo iría.
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