
Nuestras organizaciones se comportan como el adicto que no puede dejar el cigarrillo: disfrutan de los placeres de hoy hipotecando su futuro y el de nuestra sociedad.
Las organizaciones deben cambiar sus tibias áreas de responsabilidad social por una transformación profunda de impacto. Al ser humano le llevó 496 millones de años desarrollar una primera versión temprana del neocórtex, lo que convirtió al homínido en el primer ser vivo que podía procesar pensamientos complejos, razonar a través de decisiones y hacer planes a largo plazo.
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Sin embargo, algo ha ocurrido en la era moderna que ha roto con el curso natural de nuestro proceso evolutivo. El ser humano ha demostrado a lo largo de los últimos siglos, una y otra vez, que prefiere alimentar su satisfacción, su beneficio y su éxito… en el corto plazo. Y así, en la mayoría de los casos, lo hace hipotecando el futuro y en detrimento de los objetivos de más largo plazo.
Con el correr del tiempo, el cortoplacismo nos ha transformado en sociedades miopes que no logran ver más allá de lo que tienen frente a sus narices. O peor aún, nos hemos convertido en sociedades que pueden ver lo que se avecina pero no tienen la visión para hacer algo al respecto. Tener la vista sin tener la visión nos convierte en seres bastante menos inteligentes de lo que consideramos que somos.
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Con la velocidad con la que se mueve el mundo hoy y la premura por resultados positivos, como una característica de toda persona que nació desde 1983 hasta la fecha, el corto plazo se ha vuelto cada vez más corto. El resultado es una bomba de tiempo cuya frecuencia de tic-tac se acelera de forma exponencial.
Un futuro con futuro
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Esta actitud la hemos llevado a nuestras casas, nuestros trabajos e, incluso, a nuestras actividades de esparcimiento. La dopamina que generan esos pequeños éxitos, esas gratificaciones instantáneas y esos resultados de corto plazo es adictiva y nos cuesta rechazarla tanto como aquella persona que no puede dejar el cigarrillo o las apuestas.
De hecho, las apuestas que estamos haciendo hoy como especie humana son las que nos muestran un futuro sin futuro. Pareciera ser que todos estamos inmersos y concentrados jugando dentro de un gran casino. Mientras -afuera- la ciudad está en llamas.
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Esa ruleta que va del 0 al 36 que inicialmente parecía divertida y nos hacía ganar dinero, se ha vuelto una ruleta rusa. Solo que no nos hemos dado cuenta porque el corto plazo nos nubla el largo.
Sin embargo, cada época de nuestra historia tuvo sus desafíos y nos la hemos ingeniado para sortearlos. Esos desafíos también contaron con una o una serie de personas que tuvieron la visión y las agallas para alzar su voz y alterar el status quo.
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En esta era, resalta a nuestra vista la figura de Elon Musk. Lo interesante de su figura es que no le bastó con la creación de una compañía de autos eléctricos que disrumpiera totalmente el mercado o una compañía que busca convertirnos en una especie interplanetaria, disrumpiendo la industria aeroespacial (entre otras compañías). Como tiene claro que el ser humano se mueve por el cortoplacismo del dinero, Musk acaba de lanzar un premio de USD 100.000.000 (son 8 ceros, no me sobra ninguno) junto a la fundación XPRIZE para aquel equipo que logre desarrollar la tecnología que permita extraer del aire suficiente dióxido de carbono como para sacar a la Tierra de su desastrosa trayectoria de calentamiento.
Organizaciones responsables
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La tapa de la revista Time de este mes tiene como protagonista a los 10 años que tenemos por delante para cumplir (o no) con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de las Naciones Unidas. Estamos en la década de la acción. Esta titánica responsabilidad no es solo de un hombre; es también nuestra: de cada persona y cada organización de este planeta.
Se trata de cambiar los hábitos, prácticas y comportamientos que tan arraigados están, y que venimos profundizando desde hace décadas. Alcanza tan solo con analizar la evolución del mercado de bonos CO2. Se trata de que las organizaciones cumplan con la responsabilidad a la que fueron esquivas durante décadas, que intentaron subsanar a través de la tímida creación de áreas de responsabilidad social. El imperativo en esta década de la acción nos llama a transformar nuestras organizaciones en su forma de operar, alineándolas al futuro del planeta y las personas, comprometiendo lo menos posible los recursos de generaciones futuras.
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Para ello, las organizaciones deben comprender el rol que tienen en la sociedad y el impacto que generan en ella. Así, transformarán su cultura hacia la sostenibilidad y el impacto con una clara visión y no con una corta vista. El tiempo de actuar es hoy. No hay planeta B.
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