
Política y economía van de la mano, pero no siempre en sintonía. La razón es que la realidad va cambiando, perturbando intereses y modificando circunstancias. Ahora bien, cuando hay fenómenos altamente disruptivos, como una pandemia, y se le suma un año electoral, las interferencias son mayores y distorsionan haciendo perder perspectivas.
Los efectos del COVID-19 y la pandemia a nivel global y local no han caído en saco roto. El futuro para la Argentina se ha complicado, y al ser un país que ya venía de un proceso de deterioro importante, la distorsión se centrará en saber distinguir políticamente hablando entre crecer y recuperarse, puesto que la pandemia nos ha dejado en tal situación de deterioro, que se ha retrocedido en términos de PBI 15 o 20 años. La correcta distinción entre recuperación y crecimiento es crítica. Desde el punto de vista fáctico, hoy no es posible recuperar en tres años de gobierno el PBI per cápita pre pandémico, y si a lo sumo (y con suerte) se lo iguala, la próxima gestión estaría comenzando en cero.
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Lo anterior es un hecho, y también lo es que para crecer, primero hay que recuperarse. No se pueden hacer las dos cosas al mismo tiempo, sería como intentar ir al gimnasio estando enfermo. Este es el punto crítico que debería comprender el sector político, puesto que en un año electoral se pierde el foco y no hay margen de maniobra para agravar la situación. Al haber estado con un dólar informal rozando los $200 se generan síntomas en los que es definitorio mostrar resultados concretos. No se puede hacer “como que uno se está curando”, hay que someterse a un tratamiento progresivo y contundente para que la enfermedad no se vuelva incontrolable. Esto significa: anclar un acuerdo con el FMI, y no hacer “como que se está por hacer un acuerdo”.
La situación mundial, por la pandemia va a acompañar a que el acuerdo suceda. Sin embargo, no será como pasó con los bonistas que de alguna manera se resignaron, sino que requerirá por lo menos un “stand up” de metas que indique por lo menos un norte más explícito en el cual se sincere, o que suceda una mayor inflación, o que se realice un mayor ajuste. Es decir, brindar los mínimos elementos que les permita “justificar” la decisión que tomarán.
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Aquí está el problema, y es lo que genera las rupturas en el tablero de comando de CFK vs. Alberto. El año electoral, la inacción o el “hacer que se hace y no se hace”, genera la distorsión que mencionábamos al principio, hace que tengamos un riesgo país de 1400 puntos, que se tenga que reprimir la inflación por controles de precios, que las brechas de los dólares alternativos no se achiquen. En definitiva, el no juntar los pedacitos de la economía, lo único que gesta es que se vayan acotando las posibilidades de una recuperación viable, y hasta que algunos analistas piensen en una posible explosión.
La realidad indica que todavía no están dadas las condiciones reales para que esto suceda, pero esta situación podría cambiar si no se muestra externa e internamente una política monetaria y fiscal consistente a la situación que atraviesa el país. Las actuales medidas son coyunturales, pero no de fondo. No arreglan la herencia, ni la herencia de la herencia, y menos el exceso de emisión en el que se tuvo que incurrir por el covid-19. Para todo ello, se tuvo que emitir en el 2020 casi el 55% más de la base monetaria, con lo cual, si no se firma el acuerdo o se demora demasiado en algún momento podría generar enormes inconvenientes.
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El que la Argentina tenga falta de consensos en los diagnósticos y en la ejecución en materia económica por parte de la conducción política en general, transfiere incertidumbre al fluir de la economía. Mete ruido, genera dolarización, descreimiento del sistema bancario y todo tipo de sobrerreacción, que no hace posible los mecanismos para salir con un plan gradual. Es la dinámica planteada la que da la idea de no funcionamiento de manera estable. De hecho, todos seguimos pendientes a la más mínima variación de la brecha de las divisas financieras y alternativas, de si el BCRA queda positivo o negativo en la compra dólares diaria, de si estas variaciones son una tendencia firme o son manos amigas que las generan.
Pagar una tasa del 16% anual indica que en el proceso de mostrar resultados concretos de mejoras no se ha hecho mucho, y que con semejante precio para el riesgo país lo único que es posible son mercados de ínfimo tamaño y crecimiento. Si bien podría venir un alivio del sector externo cuando el mundo arranque a traccionar tras los efectos de las vacunas, hay muchas cosas que no se sabe cómo serán: el contexto político, su conducción, cómo influirá en las políticas macro a adoptar en función de si se atrasa o no el dólar oficial, de si efectivamente se bajará el gasto o se lo subirá, de si habrá mayor o menor presión fiscal etc. En definitiva, la tasa no es mala ni buena, es el precio que se paga por el único bien que no tiene sustituto en el mercado: la confianza.
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