El impuesto a la riqueza y la vieja Argentina

El nuevo tributo solo pueden defenderlo quienes parasitan el Estado

Máximo Kirchner acompañó ayer en un acto a Carlos Heller en el hotel Bauen
Máximo Kirchner acompañó ayer en un acto a Carlos Heller en el hotel Bauen

El kirchnerismo inventa un impuesto brutal, que no se usa en ningún lugar del mundo. Lo disimulan con su típica cosmética bautismal: “solidario”, mentira evidente porque al ser obligatorio, de solidaridad no tiene nada.

Muchos escribieron y hablaron sobre la montaña de defectos, injusticias, excesos e incongruencias de este nuevo impuesto, así que no repetiré todo eso.

Veamos la parte fáctica.

Sus ideólogos son Carlos Heller, un banquero cooperativista, pleno de beneficios fiscales y Máximo Kirchner, multimillonario antes de los 40 por herencia de padres abogados en Río Gallegos durante unos pocos años y luego, funcionarios públicos desde 1987. ¿Soy claro?

Tras ellos está la única que decide: Cristina Kirchner. El resto, obedece, como se sinceró uno de sus obsecuentes.

Nadie que alguna vez haya trabajado, pagado costos, sueldos, impuestos y previsiones, puede justificar este disparatado nuevo impuesto.

Solo pueden defenderlo los que parasitan nuestros impuestos y especialmente los que cobran comisiones, pautas o dinero a escondidas de la presión fiscal, para decirlo educadamente.

Una persona común en la Argentina soporta la mayor presión tributaria del mundo, y los países bálticos, comparados con nosotros, ya son casi paraísos fiscales: recordemos que nunca incluimos en el cálculo de la presión fiscal la nada que recibimos a cambio y el consiguiente imperativo de pagar salud, educación y seguridad privadas cuando podemos hacerlo, pese a estar tributando aproximadamente el 60% de lo que ganamos.

En otras palabras: si a esos millones de trabajadores nos queda resto, pagamos Impuesto a las Ganancias, a los Ingresos Brutos, Anticipos, Renta Presunta y una miríada de otros impuestos, explícitos o disfrazados como tasas o contribuciones, nacionales, provinciales y municipales.

Si aún así queda algo y lo invertimos…¡a pagar de nuevo! por las mejoras inmuebles incluyendo las productivas y las rurales, por Bienes Personales, por Inmobiliario, por ABL, por lo que tenga en el exterior, por lo que quiera traer al país y por la recarga aduanera de casi todo lo importado que compre acá.

Pagamos impuestos por producir, por gastar, por tener, por no tener, por disfrutar y por penar.

Considerándonos amnésicos y tontos, la propaganda del gobierno de CFK nos promete un “impuesto por única vez”, mentira repetida desde hace 90 años, en los que la presión fiscal jamás ha bajado.

A algunos les puede parecer que este impuesto no los rozará y solo abarcará a pocos. Triple equivocación.

Primero, porque aunque expolie a pocos, sigue siendo inconstitucional. La Constitución y las leyes son precisamente para impedir la prepotencia y el abuso de cualquiera, mayorías incluidas.

Segundo, porque los $200.000.000 que parecen inalcanzables, son otra burla, al no admitir gradualismo, escalas, deducciones y compensaciones.

Y tercero porque esos $200.000.000 no serán actualizados, como el Estado abusa desde hace años con las escalas de Ganancias. En breve, con esta inflación astronómica, lo pagará muchísima gente, como hoy pagan Ganancias y Bienes Personales que antes no los alcanzaban.

Salvo los que viven en negro o aparentemente de prestado, claro.

Un extranjero distraído nos consolaría diciendo que no nos preocupemos, que los diputados no lo votarán porque responden al pueblo, injustamente exprimido por la casta política que vive de ellos y sabrán defenderlo para poder ser reelectos.

Falso: muchísimos responden a sus gobernadores, que armaron la lista-mortaja que los depositó en el Congreso, y los que no, tienen ese inexplicable terror a Cristina Kirchner, la persona con mayor capacidad para provocar pavor y obediencia. Su reelección depende de esos jefes políticos, no de la gente, condenada a elegir entre Guatemala y Guatepeor, como decían las abuelas.

Todos ellos –además- cobran sus sueldos, asesores, viajes y demás, de los impuestos que les conviene subir, no bajar.

Ante estos argumentos, ese optimista extranjero distraído retrucaría que aunque se aprobase la ley, es tan inconstitucional que la Justicia la invalidará.

Pero no sabe que en la Argentina los jueces tienen el inconcebible privilegio de no pagar Ganancias, por lo que la presión fiscal para ellos es una abstracción inimaginable. Además, cobran sueldos altísimos, aumentados al 2% anual a moneda constante, pagados de impuestos que para mantenerlos así, deben subirse y subirse y subirse. De esa manera podrán siempre tener acreditados el último día del mes esos sueldos, o sus jubilaciones del 100% móvil o las pensiones a sus viudas del 80% móvil. ¿Cómo pedir a esos jueces que dicten fallos contra la voracidad fiscal de la que ellos son co-beneficiarios privilegiados?

¿Tenemos esperanza? Sí: las elecciones de 2021, en las que podremos votar una nueva política, distinta a la que hacen los parásitos de siempre, con sus laderos escondidos bajo las sábanas, incluyendo a los que llegan como opositores que no se oponen a nada y siguen callados.

No pidamos “que se vayan todos” porque no lo harán.

Solo se irán si ganamos con nuestros votos. Por eso: ¡¡¡vamos todos!!!

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