
Es difícil reflexionar sobre obviedades que están resueltas por escrito desde hace 3750 años, en el famoso Código de Hammurabi, un rey de la antigua Mesopotamia, y que rigen en 193 de los 194 países que existen hoy.
Pero hagamos otro intento de cordura, porque la Argentina se diluye, convertida en una especie de Narnia del disparate y la decadencia, donde la última distracción semanal para que no se hable de la pobreza y una inflación contenida con cuareterna es chusmear las intimidades de la familia Etchevehere, para ver si tal o cual le hizo algo a la hermana del ex ministro de Agricultura de Cambiemos.
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Quienes así se distraen tranquilos en sus domicilios -propios o alquilados- no se dan cuenta de que lo que está en juego no es un campo que no les pertenece ni afecta, propiedad de una familia accidentalmente famosa, a la que no conocían.
Lo que está es juego es su propio derecho a seguir tranquilos en su propia casa.
En Inglaterra se dice hace siglos que “el frío y el viento pueden entrar en cualquier casa, pero el rey no: para que lo haga, debe ordenarlo un juez”.
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Claro: allá no existen los todopoderosos líderes de las “organizaciones sociales”, que en la Argentina deciden qué es de quién y cuándo, sin que ninguno de los tres carísimos, enormes y superpoblados poderes del Estado hagan algo.
Por ejemplo, los que se entretienen en esta domiciliaria sanitaria viendo los avatares de las tomas deberían preocuparse de que quien les alquila el lugar donde viven no sea amigo de algún “graboiso”, porque quizás se le meta en su casa y no lo deje volver a entrar, alegando por ejemplo que no le paga el alquiler en tiempo y forma, o que ha cambiado algo de la casa sin permiso, o lo que sea.
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A la inversa, si el televidente distraído por los avatares usurpadores es dueño de su casa, debe rezar cuando la deja sola, porque si alguna banda se mete en su hogar y cuando vuelve no lo dejan entrar alegando algún derecho fundado en un papel cualquiera, ningún poder público lo amparará.
Esto no es nuevo: quien esto escribe estuvo diez años –sí, diez- para expulsar okupas de la casa de un cliente en San Telmo, algo que pasa en infinidad de casos, en todas las jurisdicciones.
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El tema es que ahora lo naturalizamos y algunos comunicadores que deseducan a una población con escuelas cerradas, en vez de dejar bien clarito el elemental “lo tuyo es tuyo”, que rige a la humanidad desde antes de bajar de los árboles, se dedican a confundir todo, elucubrando si una coheredera aparentemente vendedora de su cuotaparte tiene derecho a recuperar la posesión, sin importar el detalle de que para resolver ese y cualquier conflicto humano no están las tropas graboisianas sino el Poder Judicial.
¿Cómo volvemos al mundo civilizado si ninguno de los tres poderes hace algo que nos recoloque en el siglo XXI?
La policía no actúa con excusas pueriles o por miedo a que los echen, algunos jueces por miedo o ignorancia escriben dislates, los gobernantes acusan a los dueños de countries y hasta el Presidente se desentiende, alegando que son “problemas de ricos” que algunos kirchneristas explicaron que están fuera del concepto de gente y ni hablar del de ciudadanos.
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Esto empezó a poco de 2003, y desde entonces cualquier líder sindical, y hasta un presidente, sitiaron empresas privadas como si fuesen tropas de asalto medievales.
Estamos afuera del mundo. Asumámoslo y veamos como recuperar nuestros valores de siempre.
Estas locuras no pasan en ningún lado sin que todo el peso de la ley caiga sobre quienes violan las leyes.
El kirchnerismo parece no haberse enterado que su vocación dominadora por tenerlo todo será estéril, si lo hacen en un país sin orden, porque en ese des-orden su poder será un des-poder.
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Durarán su período constitucional, pero terminarán mal.
Y nosotros con ellos.
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