
Si bien del 2001 al 2003 se dio lo que se entiende estrictamente por crisis de representación, tras la debacle económica y el consiguiente estallido social, la desconexión entre la gente y la dirigencia política, que está en la base del problema, persiste en modo latente y de expandida fobia a la política y los políticos; sencillamente porque sus resultados, desde la recuperación de la Democracia para acá, han sido mayormente ruinosos.
Varios factores concurren a sedimentar el fenómeno, que contrasta patéticamente con el conjunto de potencialidades con las que todavía cuenta el país, los estándares sociales del pasado o los habituales y excepcionales desempeños individuales de repercusión global, en cualquier disciplina o arte que queramos tomar.
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Por lo visto, se trata de un tremendo desajuste entre esas capacidades y el plano donde se deben articular sinérgicamente, lo que vale a decir que se la pifia muy mal al momento de la organización colectiva y ahí es donde queda al desnudo la responsabilidad de la política.
En primer lugar, porque se encapsula corporativistamente. Adoptando la competencia propia del sistema democrático como un juego cerrado, del que la Sociedad Civil es mera espectadora y a la que, como en un show televisivo, sólo le cabe votar a quien se debería quedar con el “premio”. Una especie de representación teatralizada de la representación, en la que la actual modalidad de funcionarios relatores de los problemas, que ellos tendrían que solucionar, encaja perfecto.
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Segundo, porque más allá de algunas credenciales temáticas, se ha dejado de lado toda vertebración programática en términos de proyecto de país pujante. El espíritu fundacional de los grandes partidos ha prescripto para sus agentes más avezados, incluso para varios que se fueron dando portazos, mientras se resignan a cómo viene la división de la economía internacional y el rol que supuestamente nos toca: un impresionante intercambio desigual, preferentemente con China.
La celebrada frase de un otrora industrial y ferviente industrialista, hoy devenido en efector del oficialismo, de que “Argentina tiene que venderle al mundo más fideos que trigo” es más que demostrativa del minimalismo productivo. Lo que implica, en el fondo, renunciar a cómo crear trabajo a gran escala, para dar un combate cierto a los crecientes 41% de pobreza y 11% de indigencia.
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Esos números, tan terribles como los de la pandemia, jalonan el tercer factor. De cómo se relaciona la pauperización general con el funcionamiento de la política. A más marginalidad, menor condición socioeconómica y menos batería de recursos simbólicos de las clases bajas para construir representación propia o, siquiera, interpelar a los que la detentan. Resultante obligada: mayor dependencia de la asistencia estatal, clientelización, y subordinación expectante a los antojos gubernamentales.
Cuarto, la llamada “grieta”. Oficialismo y oposición, o la más destacada de ella, reproducen el tipo de competencia que los llevó a ganar elecciones, sin atender lo que los llevó a fracasar en tanto gobierno. Demonización mutuamente referida, con todo el arsenal de diatribas ideológicas y exageraciones históricas “ad hoc”; pero de autocrítica nada, cero. Y de vocación real de diálogo, multilateralismo, consenso y cogestión, tampoco. En conclusión, una dinámica que no le sirve a nadie más que a los que se sirven de ella.
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El autor es politólogo y docente en la UBA
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