El lunes a la noche me enteré del fallecimiento de Gregorio Badeni. Gracias a la generosidad de Carlos Laplacette, quien por entonces era su socio, tuve la oportunidad de trabajar dos años en su estudio. Allí terminé de redondear mi formación como “abogado junior” e hice mis primeras armas en el litigio constitucional.
Esa etapa fue fundamental para mí. Badeni era un abogado serio y obsesivo. Recuerdo cuando me pidió que armara una demanda para un caso. La revisó mil veces y en todas y cada una de ellas, su comentario era: “Y esto que decís, ¿cómo lo vas a probar?”. Tuve que pensar tanto sobre la prueba que, a partir de ahí, cada vez que escribo una demanda, lo escucho diciéndome: “¿Cómo lo vas a probar?”.
Badeni también tenía la costumbre de pasar por mi oficina y, haciéndose el tonto, me preguntaba por un expediente. Casi siempre me agarraba: yo no tenía la menor idea del estado del expediente y le daba alguna respuesta genérica, que él desbarataba con un detallado manejo del caso.
Además de ser hincha de Boca, le gustaban los perros y me regaló un cachorro de su propio perro, que yo, a su vez, le regalé a mi mamá.
Por supuesto, Badeni tenía una ideología muy distinta a la mía. Jamás me hizo sentir incómodo por esa circunstancia. Una vez tuvimos una pequeña discusión sobre el concepto de identidad de género, que él rechazaba. Todos sus comentarios fueron mesurados y dichos con altura.
Tampoco le tenía miedo al debate. Cuando se discutió la “Democratización de la Justicia”, organizamos desde la Asociación Gremial Docente (AGD) de la Facultad de Derecho una charla debate entre Badeni y Javier de Luca. Badeni aceptó encantado la invitación.
Sobre la AGD, una anécdota divertida: cuando con la Lista Naranja ganamos las elecciones en Derecho por primera vez, yo ni le había contado que era candidato. Pero el día de las elecciones, uno de los compañeros de la Lista lo vio y le dijo: “Dr. Badeni, ¿no lo quiere votar a Caminos?”. Badeni accedió inmediatamente, sin preguntar nada. Y nunca tampoco me comentó nada después. Lo hizo por pura generosidad. La misma generosidad con la cual, al enterarse de que yo estaba afiliado al Partido Socialista, me regaló un retrato de Alfredo Palacios que había pertenecido a Segundo Linares Quintana, su suegro y uno de los grandes maestros del constitucionalismo argentino, que había sido amigo de Palacios.
Badeni era, además, coherente. Lo vi rechazar casos porque, si los aceptaba, iba a tener que defender posturas inconsistentes con las que él había sostenido como doctrinario. Una actitud que más de un juez-doctrinario debería emular. En la vida pública, Badeni defendió muchas posturas que yo rechazo completamente. Nada de eso borra su enorme calidad profesional ni su don de gente. Con él, se va una parte de nuestro derecho.
Lamento mucho su fallecimiento, sobre todo en esta circunstancia que impedirá que sus deudos y amigos puedan despedirlo adecuadamente. El consuelo, si es que lo hay ante algo así, es que somos muchos los que mantendremos el recuerdo de Gregorio Badeni y, en la medida de lo posible, transmitiremos esa memoria a aquellos que nos sucederán.
El autor es abogado y profesor de derecho constitucional en la Universidad de Buenos Aires
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