Con la rendición incondicional de Japón, hace 75 años finalizaba la Segunda Guerra Mundial


En una cálida y nublada mañana, un día como hoy hace exactamente 75 años, se firmó a bordo del buque USS Missouri, anclado en la bahía de Tokio el Acta de Rendición del Imperio del Japón. Tras el lanzamiento por Estados Unidos de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki (6 y 9 de agosto) y la declaración de guerra por parte de la URSS (8 de agosto), Japón no tuvo más remedio que aceptar la situación y comenzar a negociar urgentemente la paz con los Aliados. Éstos no aceptaron otros términos que no fuesen la rendición incondicional de todas las Fuerzas Armadas japonesas dondequiera que se hallasen. El breve documento final, de apenas ocho párrafos, fue redactado por el Departamento de Guerra de Estados Unidos y aprobado por el presidente Truman.

A las 09:04 del 2 de septiembre de 1945 fue firmado por los representantes japoneses y unos minutos más tarde por el general Douglas MacArthur, Comandante Supremo de las Fuerzas Aliadas en el Pacífico. Con aquel acto se puso punto final definitivo a la Segunda Guerra Mundial ya que Alemania e Italia se habían rendido unos meses antes. El Eje dejaba de ser una pesadilla para el mundo, la libertad resurgía nuevamente.

Tres cuartos de siglo después de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki su estallido sigue causando controversia entre los historiadores, dando lugar a preguntas cuyas respuestas son aún hoy para varios estudiosos, inciertas. ¿Era realmente imprescindible que Estados Unidos las utilizara? ¿Fueron estas herramientas la verdadera causa de la rendición de Japón, como señala la versión más convencional del relato o hubo otros motivos que le llevaron a la capitulación?

El 6 de agosto de 1945 Estados Unidos lanzó la primera bomba en Hiroshima y el 9, la segunda en Nagasaki. No obstante hacía meses que Japón en la práctica había perdido la guerra pero eso no quería decir que la paz estuviera cerca puesto que los japoneses aspiraban a la rendición en unos términos difícilmente aceptables para los Aliados. La guerra por lo tanto continuaba y en esas circunstancias la gran preocupación estadounidense era tener que afrontar una invasión terrestre en la que su ejército pagaría un precio altísimo en vidas humanas.

Esa fue la razón por la que el presidente Harry Truman decidió utilizar las bombas atómicas sobre dos ciudades hasta entonces relativamente poco castigadas por la aviación estadounidense. La estrategia era que el ataque causara tal shock entre la población y los mandatarios nipones que no hubiera otra salida que presentar la rendición incondicional.

El enorme costo en vidas humanas inocentes causado por la nueva arma, puesta a punto solo unas semanas antes, se vería justificado por el objetivo de evitar una matanza aún mayor en caso de que los norteamericanos llevaran a cabo la invasión terrestre. Y así fue: Japón anunció su rendición el 15 de agosto, cuando en la famosa alocución por radio, el Emperador Hirohito confirmaba la capitulación refiriéndose a una “nueva y cruel bomba”. Un discurso, por otra parte, con un mensaje tan difícil de asimilar por la población nipona y en un lenguaje tan extraordinariamente formal que causó graves problemas de interpretación. Recordemos que Hirohito había nacido en 1901 y condujo a Japón a la Segunda Guerra Mundial con la particularidad de ser el primer Emperador en siglos cuya madre biológica era la esposa oficial del anterior Emperador.

Pero al margen de la interpretación tradicional de los hechos hay otra lectura sobre los sucesos de esos días y de los meses previos a Hiroshima y Nagasaki, realizada por una corriente de historiadores donde señalan que las bombas atómicas no fueron la causa de la rendición o que al menos no fueron la única. Los bombardeos convencionales sobre Japón causaron en otras ciudades desastres parecidos e incluso mayores a Hiroshima y Nagasaki. Para argumentarlo sostienen que la devastación a la que fueron sometidas estas dos ciudades fue ciertamente enorme pero paradójicamente el número de víctimas causadas por las bombas atómicas fue de una magnitud comparable a los terribles bombardeos convencionales realizados sobre la mayoría de las grandes ciudades niponas como vimos y en especial sobre Tokio. Desde que en 1944 los bombarderos estratégicos B-29 estadounidenses pudieron despegar de Saipán, el espacio aéreo japonés había quedado a merced de los norteamericanos ya que Estados Unidos mantuvo desde ese año la superioridad aérea total.

En el peor de los ataques contra la capital nipona en marzo de 1945, una tormenta de bombas incendiarias acabó con la vida de aproximadamente 100.000 personas, cifra superior a las muertes directas en cada una de las dos ciudades castigadas por la bomba atómica. Las imágenes aéreas de Tokio tras la catástrofe, en realidad no difieren mucho de las de Hiroshima y Nagasaki. En cierta forma lo que sostienen estos historiadores es que los japoneses difícilmente podían sentirse impresionados por una tragedia que en realidad se repetía en todo el país desde finales de 1944 en forma de bombardeos convencionales. De hecho, se sabe que los estadounidenses tuvieron problemas para buscar objetivos para sus bombas atómicas porque quedaban ya muy pocas ciudades por arrasar.

Tsuyoshi Hasgawa, nacido en Japón pero nacionalizado estadounidense, añade que aunque forzar la rendición fuera el objetivo norteamericano, hay que tener en cuenta que la alta cantidad de fallecidos no tenía el mismo impacto para los norteamericanos que para los nipones ya que estos últimos querían una rendición en términos favorables y sobre todo, preservar el sistema político. De hecho sostiene que la principal prioridad de las élites gubernamentales japonesas era mantener la arquitectura del poder político y prioritariamente, la figura del Emperador. En este contexto, la pérdida de vidas humanas tenía una importancia relativa ya que la preocupación de ese gobierno en todo caso, era evitar un levantamiento popular que pusiera fin al régimen.


Aunque si bien es cierto que Tokio veía la guerra perdida desde hacía tiempo, aspiraban a una paz negociada que salvara justamente esa estructura de poder. A su favor jugaba el hecho de que aún poseían una fuerza militar muy considerable en China, en el estado títere de Manchuria conquistado años atrás. Esa era su clave fundamental para lograr un acuerdo a través de la mediación de los soviéticos, con quienes no estaban en guerra, todavía…

Pero el 8 de agosto, la URSS atacó a los japoneses en China en una campaña en que infligiría grandes pérdidas pero que, por encima de todo, cerraba el camino trazado por la diplomacia nipona. La noticia del ataque fue considerada un enorme revés en Tokio, hasta el punto que varios historiadores revisionistas consideran que fue la invasión soviética la que precipitó la capitulación y no las bombas atómicas. De hecho, en un discurso dirigido al ejército después de su alocución en la radio, este fue el factor mencionado como fundamental por Hirohito.

Samuel Walker, autor de varios libros sobre el uso de la fuerza atómica en aquellos tiempos, se sitúa en un punto intermedio: ni Hiroshima y Nagasaki, por una parte, ni la invasión soviética, por otra, justifican por sí solas la rendición japonesa sino que más bien ambos factores se sumaron y empujaron a los sectores menos duros del régimen a pedir la paz en circunstancias desfavorables. En esta línea de acción, algunos analistas creen que fue la declaración de guerra de la URSS, el 8 de agosto de 1945, la que precipitó la rendición.

¿Entonces, es válido el argumento de que Estados Unidos quiso evitar la enorme cantidad de soldados fallecidos que supondría la invasión de Japón –en principio prevista para noviembre de 1945- y que por eso lanzó las bombas ? En opinión de Walker, sí y no. No se trata de que Truman quisiera evitar esa invasión en sí misma, sino que simple y llanamente quería terminar la guerra cuanto antes, porque el solo hecho de mantener los frentes abiertos representó en el mes de julio, un período con muy pocos combates, una sangría de 3.000 militares muertos.

La segunda pregunta sería si causó el uso de la bomba atómica un debate moral profundo en el gobierno estadounidense. En realidad creemos que no, que el debate se produjo después. Truman quería evitar más fallecimientos de soldados norteamericanos y su razonamiento fue que si tenían la bomba ¿por qué no usarla?. “Si con ello –decía el Presidente- podía ahorrar la muerte de 10.000 soldados de EE.UU. no había dudas, si eran 1.000, tampoco”.

Otra duda muy debatida por los historiadores es si era realmente necesario lanzar las dos bombas sobre núcleos habitados y si no hubiera sido posible otro tipo de demostración de fuerza, teniendo en cuenta incluso que algunos informes destacaron las desventajas del uso de los artefactos letales contra población civil.

Fukishimo Yoshida y Frank von Hippel, especialistas en política nuclear, se han planteado por qué Estados Unidos no realizó una explosión en un lugar deshabitado pero bien visible desde algún núcleo urbano japonés. La respuesta también es incierta, aunque la realidad contiene una pista fundamental: Hiroshima y Nagasaki marcaron el camino de la posterior guerra fría y transmitieron el mensaje de que Estados Unidos no solo disponía de esas armas, sino fundamentalmente que estaba dispuesto a usarlas.

Finalmente, estamos convencidos de que el lanzamiento de las dos bombas atómicas constituyó la herramienta idónea para que el tercer país del Eje que faltaba rendirse, lo hiciera también incondicionalmente. Con la firma de la capitulación en el USS Missouri terminaba el sueño demencial de Adolfo Hitler, seguido por Benito Mussolini, ambos en Europa y con la posterior adhesión tardía del régimen japonés. Culminaba la amnesia irracional, intoxicada de mesianismos delirantes que aniquiló a millones de hombres y mujeres de todo el mundo, incluido el execrable holocausto de la Alemania nazi, profunda llaga infligida a la humanidad toda.

Es cierto que con la finalización de la Segunda Guerra Mundial se instaló en la mitad del viejo continente un régimen perverso tan condenable como el nacional-socialismo y que tiñó de rojo a varios países que quedaron sojuzgados detrás de la cortina de hierro, liberados del comunismo cuarenta y cinco años después con la caída del Muro de Berlín. Sin embargo, debemos resaltar que gracias a la decisión y firmeza de los Estados Unidos se puso fin definitivo a este conflicto mundial ya que se encendió en esa calurosa mañana del 2 de septiembre de 1945 el faro que ilumina con diáfana y potente claridad el oscuro canal que enfrenta desde tiempos inmemoriales a la civilización de la barbarie, a la libertad del totalitarismo.

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