
En el Instituto Patria nunca se apaga la luz. Los papeles van y vienen. Tipean y tuitean. Necesitan leyes y decretos y juicios políticos. Van por la Constitución, la Corte Suprema, el jefe de los Fiscales, los jueces que la investigan, los fiscales molestos, los defensores oficiales, los peritos atrevidos, los arrepentidos confesos. En la mira están Google por el affaire “ladrona de la nación”, y el Presidente anterior y sus hijos.
Van por todo y contra todos. Ojo por ojo no es justicia. Es venganza. Es destrucción. Es la instauración del nuevo orden imaginado desde el hielo patagónico.
El prestigioso abogado manda a planchar con almidón sus inmaculadas camisas. Ahora sí va a cambiar la Corte para que avancen sus pedidos de nulidad. Quizás algún día le den un cargo vitalicio. Su colega, sigiloso y con la prosapia de haber juzgado a los militares asesinos, sabe usar el bisturí legal. No deja ni cicatrices, ni manchas. El tercero, una vaca sagrada multimillonaria y locadora de prostíbulos, confiesa que hay que cambiar la Constitución.
El mayordomo senador corre de un lado a otro con carpetas. Esas que siempre les gustaron tanto. Arman causas judiciales contra disidentes. Conectan X con Y dando forma a un relato verosímil aunque falso. Buscan un servicial denunciante. Solícito un viejo columnista dominical escribe un artículo con épica justiciera y pompa de cotillón. Por la noche encienden la máquina de mentiras en medios oficiales y oficialistas, en radios militantes y en plataformas sin lectores. Alistan trolls y bots en redes sociales. Aparecen voceros de plastilina.
La reina del hielo trabaja para su absolución. Día y noche. No descansa. Necesita recuperar el botín. Si no puede implementar el plan macabro por las buenas, lo hará por las malas.
En marzo, la pandemia fue la excusa que necesitaba. Confinaron con diatribas diabólicas y paternalistas a la nación entera. Quebraron el ánimo de millones de personas y destruyeron miles y miles de empleos y empresas. A los que osaron preguntarse si detrás de esto no había algo más que una cuarentena los vilipendiaron, los humillaron y les auguraron ser agentes de contagio y muerte. Desde el atril gastado, fueron tildados de odiadores, confundidos y gritones.
A pesar de todo, la última defensa resiste. Y no se cansa.
El equipo del poder juega en toda la cancha pero está disperso y nervioso. Sus jugadores son bastante torpes. El tiempo vuela. Repiten jugadas viejas que todos conocen. No marcan. La caprichosa es esquiva.
El adversario emerge silencioso y preciso. La defensa sale jugando de menor a mayor. Parece Holanda ´74. Sobra talento individual y juegan colectivamente. Empujan juntos. Se relevan. No se enciman. Son elegantes y prolijos. Respetan al rival y no lo insultan. No lo pisan cuando está en el suelo. Acatan las reglas del juego y las decisiones del árbitro sin hacer pucherito y sin vomitar maldiciones.
La ciudadanía activa es la última defensa de la democracia republicana. Con su expresión masiva, permanente y resiliente viene a decir que no pasarán. No lo permitirán. Sólo se juega con las reglas previstas. Ese es el contrato y hay que respetarlo y hacerlo respetar. El mensaje es claro y va dirigido a todos los equipos que compiten por el título.
Vivan, cantan, aplauden. Saben por qué y para qué están ahí. Nunca lo habían tenido tan claro. Ven a otros y se sienten acompañados. Son muchos. Juntos están en la aventura de custodiar lo que costó tanto conseguir. Construyen identidad. Hay entendimiento con solo mirarse. Es una nueva subcultura. Comparten valores, historias y sacrificios. No se compran, ni se venden.
Ella lo sabe. Su plan de destrucción no prevalecerá frente a la convicción, el tesón y la esperanza de la ciudadanía empoderada. En las calles, en los balcones, al costado de las rutas, en las ciudades, en los conurbanos y en el campo, en los esteros y los glaciares, en la Cordillera y el altiplano, en las cataratas y el delta, late fuerte la última defensa de la democracia republicana. Los más viejos ya no van solos. Van de la mano de sus hijos y sus nietos. Con la bandera, con Belgrano y con San Martín. Es el grito de libertad. La Patria no es un instituto. No es nadie y somos todos. Es la dignidad, estúpides.
La autora es politóloga (UBA-LSE). Fue diputada nacional y titular de la Oficina Anticorrupción
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