
Alberto Fernández está sobrepasado. Siente presiones en su frente interno, se conocen declaraciones que no han pasado por su filtro, se toman decisiones que el Jefe de Estado no ha consentido; figuras periféricas del peronismo montan un ventilador que lanza declaraciones y proposiciones contradictorias. También aflora un espíritu de revancha contra la Justicia, críticas a la Corte Suprema y la anulación de juicios que perjudicaban a los que rodearon hasta 2015 a Cristina Fernández por sospechas de corrupción masiva. Todo muy mal.
Esto se da en un contexto de agotamiento físico y psicológico de la población por más de 100 días de restricciones y cuarentena.
Las promesas que no se cumplen y la incertidumbre se suma a una la crisis económica que colapsa mientras el Presidente se muestra en televisión más canoso y con algún gesto de desánimo. Alberto no acierta: no ha cerrado con los bonistas acreedores ni ha lanzado la menor perspectiva de un modesto plan económico. Sabe, además que tendrá que dejar sus huellas digitales disponiendo la continuación del encierro hasta que llegue el calor en octubre. Quizás noviembre, quizás diciembre.
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Más o menos como está pasando en el hemisferio norte, en Europa un poco a medias y no en Estados Unidos donde la peste ha arrasado a la población desprotegiéndola con millones de despidos, violencia y protestas populares antiracistas y un presidente que parece ciego e irresponsable.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) no ha dejado sospechas. Su titular declaró: “El fin de la pandemia ni siquiera está cerca”. El ministro de Salud local, el sanitarista Ginés González García, afirmó ante la ansiedad de la población: “No sabemos si la cuarentena sigue más allá de julio. La verdad es que todo es muy difícil de predecir”.
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En definitiva y mucho más que nunca, estamos en manos del destino.
Esos mismos funcionarios de la salud descartaron durante los primeros dos meses de este año el peligro y, además, elaboraron informes contradictorios. Acertaron sólo en no forjar teorías conspirativas ni incrementaron prejuicios. Ampliaron la infraestructura sanitaria tan descuidada en las últimas décadas y se quedaron expectantes acerca del funcionamiento del manejo de la peste en otros países.
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Entre nosotros, Alberto Fernández se plegó al prejuicio de los cristinistas ortodoxos que encuentra en el periodismo su chivo emisario. La culpa sería, según el Ejecutivo, del periodismo que “siembra el desánimo”.
Es ya un clásico en la Argentina en la que manda Cristina Fernández detrás de las cortinas, como pasa en otros países con gobiernos populistas y autoritarios, la idea de “matar al mensajero”. El periodismo, dicen, no estaría reflejando la “verdadera” realidad, en el mismo momento en que el Gobierno debería verse en el espejo para saber que hay una extrema fatiga popular.
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No debería consolarse con algunas consultoras de opinión que detallan que pese a todo la sociedad lo sigue apoyando al Presidente. Es un añejo y peligroso “relato” que se arrastra desde la gestión de Néstor Kirchner, acentuado con altavoces durante el conflicto con el campo por la Resolución 125.
Pero el Presidente es un hombre inteligente y formado intelectualmente (aunque algunos consideran que no conoce la Constitución y se maneja a través de la arbitrariedad de los DNU); sabe que este tedio con vaciamiento de los bolsillos y un parate sin rumbo termina con muchos menos votos a la hora de las elecciones.
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Se está jugando su futuro político y el de los que lo rodean. Por cada día sin producción nacional se pierden 715 millones de dólares. En definitiva el país habría “quemado” desde marzo cerca de 70.000 millones de dólares como consecuencia de un gobierno que camina a ciegas.
Esta brecha quiere ser aprovechada por el ministro de Desarrollo Productivo, Matías Kulfas, para manejar publicidad que demostraría que el país produce. Pero la verdad es otra. Es en el AMBA, no en las provincias, donde está radicado el 40 por ciento de la población patria y donde se forja el 50 por ciento del Producto Bruto Interno. Encuestas fabriles determinan que en ese punto geográfico, sobre 1.300 empresas fabriles, sólo pudieron funcionar con normalidad un tercio del total.
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Casi el 70 por ciento del total de plantas no funcionó o sólo pudo hacerlo de manera parcial. En el rubro construcción apenas el 35 por ciento de las obras se mantienen desde marzo. Con otro detalle negro: entre abril y mayo “rebotaron” cheques sin fondo por 58.000 millones de pesos.
Para el resto del mundo los académicos internacionales pregonan una recuperación parcial, lenta. Agregan que habrá que actuar rápido antes que la feroz crisis no dé lugar a ideologías extremistas entre los desocupados, como ocurrió en las crisis del siglo XX.
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Los economistas argentinos son más contundentes y nada ocultan: en nuestro caso, cuando todo termine, conviviremos con un colapso y es posible, no seguro, que el gobierno se incline por pedir ayuda de vuelta al Fondo Monetario Internacional porque no tiene muchos salvavidas.
Las pandemias
La salud total de la población sigue descuidada y el gobierno no ve la otra pandemia, además de la económica: la psicológica. No hay respaldo ni a los profesionales ni a los pacientes, muchos de los cuales cargan cuadros severos de depresión por lo cotidiano y la falta de horizontes.
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Alberto Fernández ha privilegiado la labor de los infectólogos, pero se olvidó de escuchar otras voces y sugerencias. Ha sido la Iglesia Católica la que, a través del Presidente del Episcopado, viene golpeando la mesa y exponiendo las consecuencias del hambre y la desocupación.
Pide una “mesa grande” de técnicos, profesionales y políticos de diferentes partidos para alumbrar la oscuridad. No es una solicitud mesiánica sino algo práctico y democrático. Lo mismo intentó hacer la Iglesia después de la fractura económica fenomenal del 2001 y el 2002. En ese momento se llegó a un nivel de pobreza del 50 por ciento de la población. Es el mismo índice que se pronostica para el próximo tiempo.
Una encuesta de la Universidad de Buenos Aires demostró que el 70 por ciento de los entrevistados teme contraer el COVID 19 y hasta un 51 por ciento se creyó infectado. Es el miedo colectivo. Frente a ello no alcanzan todos los fondos del Estado que se están usando para que llegue comida a los barrios marginales y puedan cobrar íntegramente el sueldo los que están en relación de dependencia. Todo tiene un límite que no se supera con devociones populistas. Tanta emisión promete una inflación desbordante y sospechas de corrupción.
Si en medio de este panorama se empiezan a cobrar cuentas políticas, o se busca culpables a tientas y a ciegas, la crisis se potenciará sin límite alguno.
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