Armando Ribas siempre tenía un artículo escrito explicando la situación del mundo y del país que adoptó y amó sin reservas, Argentina. Nunca dejó de soñar con que volviera a destacarse como el milagro de libertad que fue después de la organización nacional y la Constitución de 1853. Entendía a Alberdi en toda su dimensión como pocos. Explicaba con conocimiento profundo las raíces filosóficas de la línea liberal que va de la Revolución Gloriosa a la independencia de los Estados Unidos, con su máxima expresión en el prolífico pensamiento de sus padres fundadores. Insistía una y otra vez con diferenciar esa tradición del horror colectivista de la Revolución Francesa. Pero también podía analizar los acontecimientos económicos con solvencia conceptual y rigor técnico reconocido. Era un seguidor consistente de David Hume. Por eso para él no había un Occidente, había por lo menos dos. A ese asunto le dedicó su último libro La falacia de la civilización occidental y uno anterior llamado Quién es occidente.

Todo lo dejó escrito, así que el que no tuvo el gusto de tratarlo lo puede conocer todavía a través de sus magníficos libros. Otros de sus títulos son El Príncipe y el Principito: ética, libertad y estado, Entre la libertad y la servidumbre, Cuba entre la independencia y la libertad, dedicado a su país de nacimiento, Propiedad, fuente de libertad, Crisis bancarias y convertibilidad y Argentina 1810-1880 en el que analiza con gran realismo cómo las incipientes Provincias del Río de la Plata logró transformar su caos y luchas intestinas en un país próspero y faro de oleadas de inmigrantes por entender la capacidad transformadora de la libertad.

Armando fue diputado, compartiendo banca con Álvaro Alsogaray y fue de los que hicieron posible que una década después la Argentina aceptara reformas liberales que por un tiempo pareció que la volverían a encauzar en su camino. Cuando fue el momento de la política no dudó en meterse en el barro a hacer lo que había que hacer. Lo hizo del lado de las ideas, los principios y los valores, nunca de la pequeñez que no existía para él. Siempre con pasión. Nunca intentó ser diplomático. No le preocupaba la popularidad de lo que tenía que decir, no hacía cálculos de lo que convenía sostener. El lanzaba su verdad al ruedo para que la tomara quién quisiera.

Fue becario de la Fundación Friedrich A. von Hayek, profesor de Ciencias Políticas en la Escuela Superior de Economía y Administración de Empresas (ESEADE), en Argentina y la Universidad Fransico Marroquin, En Guatemala. Fue miembro del staff del Fondo Monetario Internacional y también y economista-jefe de la Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericanas (FIEL). Se recibió de abogado en la Universidad de Santo Tomás de Villanueva, La Habana y Master en Derecho Comparado en la Southern Methodist University y Doctor en Derecho por Columbia University

Con su inigualable dotes fue un gran periodista de opinión, aunque él no aceptaría este apelativo. En sus programa “Sin Fronteras” que hacía con Malú Kikuchi en el recordado canal P+E, un gran bastión de libertad que fue cerrado por molestar al poder de turno, se paraba frente a la cámara para hacer un análisis en profundidad y decir lo que fuera necesario, pero siempre de manera constructiva, sobre lo que ocurría en el país. Hay que destacar como desde su tribuna nunca ahorró una crítica al atropello institucional y a la arbitrariedad de los gobiernos kirchneristas que tanto miedo le daba a otras personas y que le daba pantalla a las voces cuestionadoras que la TV abierta evitaba mostrar para mantener la buena voluntad del oficialismo de turno. En ese mismo programa me invitó a participar como columnista a partir del año 2000 y lo tengo entre mis mejores recuerdos de la vida, además de haberla marcado.

Ese espacio era un intercambio de ideas permanente con él, en los cortes, yendo hacia el canal o volviendo a casa en su auto. Todo el tiempo estaba conversando sobre lo trascendente, comparando, recordando la historia, vinculando los acontecimientos con las corrientes de pensamiento político y explicando por qué una idea estaba equivocada una y otra vez lo mismo. Fue un afectuoso mentor para mí. Amando siempre tuvo razón.

Mientras me doy cuenta de que esto es una despedida me cuesta bastante seguir. Armando seguirá vivo impreso en la memoria de cada uno de los que trataron con él, su familia, en los muchísimos que disfrutamos de su amistad a lo largo de toda América y Europa.

También de sus lectores posiblemente por las generaciones que vendrán. No pasó sin más por la vida, la vivió con ganas. Se fue también un poeta sensible, un cantante empedernido. Un tipo singular, buenísima persona, intelectualmente enorme y honesto como pocos.