
Se suele decir que el primer mandamiento de la economía es reconocer que los recursos son escasos, y que el primer mandamiento de la política es ignorar el primer mandamiento de la economía. Mientras que en economía se parte de reconocer que no es posible hacer todo lo que queremos, el arte de la política consiste en prometer lo imposible. Argentina es caso paradigmático de esta falta de realismo económico. Ya sabemos en qué termina prometer lo imposible: inflación, crisis cambiarias, pobreza estructura, expropiaciones, y también en crisis de deuda. Todo lo que Argentina ha experimentado en los últimos 70 años.
Lamentablemente, pero sin que sea sorpresa, el Gobierno insiste en repetir los mismos errores que llevaron al país a la actual crisis de deuda. Nos presentaron al ministro Martín Guzmán como un experto en deuda que iba a enseñarle al mundo como negociar un canje. Sin embargo, tras una escasa aceptación a su oferta de canje el Gobierno ha caído nuevamente en default. Historia repetida: en sólo los últimos 20 años la Argentina ha defaulteado su deuda en tres ocasiones. Un triste récord que debería generar vergüenza en lugar de motivar la característica épica nacionalista en los políticos de turno. Sin embargo, en temas económicos Argentina es el mundo del revés.
Un default se da cuando un país tiene más deuda de la que puede pagar. Un país tiene una deuda que no puede pagar cuando tiene un déficit que no puede financiar. Y un déficit que no se puede financiar es fruto de un estado más grande del que se puede sostener. El problema de la deuda no se soluciona con un canje exitoso, sino reformando el Estado de modo tal que el mismo sea sostenible.
La solución al problema de la deuda no requiere de complejos planes económicos. El problema no es la dificultad de encontrar una elusiva fórmula económica que solucione los desequilibrios macro del país. El problema de la deuda se soluciona con voluntad política. Hay que reconocer que el tamaño del Estado es insostenible y llevar adelante reformas estructurales de fondo. La situación es similar a la del médico que prescribe dieta y ejercicio a un paciente que no tiene la voluntad de hacer los deberes. Tarde o temprano, a la economía como al paciente, la realidad les pasa factura. La responsabilidad es del paciente, no del médico.
Sin embargo, vemos que el Gobierno ignora el problema del sobredimensionamiento del Estado. En los hechos actúa como si los recursos no fuesen escasos. Pide a los acreedores la buena fe de aceptar la quita que sea necesaria, pero sin tocar el gasto público. Por el otro lado, la oposición no parece tener interés en mover una agenda de reformas estructurales que lleven a una solución de fondo. Ni la combinación de un nuevo default con la actual pandemia parece ser suficiente para despertar a la dirigencia política.
Argentina es como un Titanic que choca repetidamente con un iceberg. Luego de cada choque cambia de capitán, pero no de curso. Eventualmente vuelve a chocar con un iceberg. Cambian los gobiernos, partidos, e ideologías, pero el problema de fondo sigue siendo el mismo. Lamentablemente, la actual crisis económica se perfila a ser otra de las tantas oportunidades perdidas. El Gobierno debe entender que evitar el default no es suficiente. Guste o no, es necesario revisar el tamaño del Estado.
El autor es profesor en la Metropolitan State University of Denver, EEUU, y en la UCEMA
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