Dos meses de prisión efectiva (que pueden ser tranquilamente tres) equivale a la condena por un hecho leve. Podríamos decir, entonces, que cada uno de nosotros tiene en su poder un vale por un delito menor que vence después de la cuarentena.

El confinamiento podía servirnos para pensar en nosotros mismos, evaluarnos, hacer un balance y todos esos lugares comunes sobre las oportunidades que tenemos para estar con nosotros sin otra compañía, sin que nadie nos distraiga de esa fructífera experiencia. Ahora bien, no se encuentra en el protocolo (estamos llenos de protocolos) de autoanálisis de la salud mental (hágalo usted mismo) la alternativa de que el ciudadano en cuestión esté cansado de él mismo, y necesite muchas compañías, libros, música, papeles para ordenar o romper, películas y series para, justamente, dejar de pensar en sí mismo, achicar el agua para que no se escape por el agujero de la pandemia, y pueda seguir a flote, en equilibrio, aunque sea de una manera precaria.

“Trátelos como conviene, como se trata al viento: procurando irle a favor”, dice Sabino Colque, desde las admirables páginas de Presagio de Carnaval, escrito por Liliana Bodoc.

Después de dos meses descubrí que esta es la forma de tratar a la cuarentena, yéndole a favor. Todo intento de rebelarnos contra ella está destinado al fracaso.

Pasamos por muchos estados de ánimo desde que el aislamiento social, preventivo y obligatorio empezara el 20 de marzo. Sorpresa, estupefacción, tristeza, desilusión, enojo, añoranza, depresión, ira, adaptación, resiliencia, hasta llegar a la implacable resignación. No todos experimentamos los mismos síntomas y no siempre en ese orden, pero más o menos así se vive este inolvidable período de nuestra existencia.

La cuarentena, tiene, sin embargo, algunas ventajas. Nos permite dejar de ver gente a la que no deseamos encontrar, sin tener que poner excusas. Si alguno de ellos o ellas nos llama, podemos usar una muy buena: perdoname, estoy en un zoom (o una call, como el lector prefiera o considere más cool) con la gente del laburo, te llamo o escribo después. Listo, San se acabó. A la inversa, si de verdad estamos en un zoom (o call), y la charla es entre pares, podemos salir un momento aduciendo una llamada familiar impostergable, cuando la conversación se torna densa, o en los primeros diez minutos en que todos controlan que el micrófono esté prendido, o no tengan una luz arriba de la cabeza o, incluso como me tocó hace poco, la cámara invertida que nos deja ver el termo del mate (en el mejor de los casos).

En una situación como esta, tampoco gastamos nafta, cubiertas del auto, cuello de las camisas, suela de los zapatos, tintorería, crema de afeitar, peine, perfume (ojalá no hay disminuido el consumo de jabón), cosméticos, tintura, peluquería, etcétera. Me olvidaba, tampoco gastamos saliva en hablar tonterías.

En fin, las consecuencias de la aparición de este virus nos cambiarán la vida, como todos los panelistas de la televisión auguran, pero será la cuarentena la que permanecerá en nuestra memoria como una experiencia única y esperamos que irrepetible. Pero eso es el futuro, mientras dure será mejor que nos amiguemos con ella, que no tratemos de tironearla ya que se quedará donde está, que intentemos, entonces, con el consejo de Sabino Colque: vayámosle a favor.